El cotilleo no es periodismo

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Lo que define el periodismo no es el hecho de contar cosas. En ese campo caben desde la literatura a la dialéctica y ninguna de las dos tienen que ver, por necesidad, con la verdad. Esa es la razón por la que me resisto a considerar el cotilleo un género periodístico. No lo es, del mismo modo que la sanación tampoco puede catalogarse como una rama de la medicina. Lo que algunos hacen en los programas del corazón no es periodismo; es cotilleo, y por eso quienes lo ejercen sólo pueden se calificados como cotillas.

(La imagen es, huelga decirlo, de Norman Rockwell)


Los cotillas, tengan o no una licenciatura en periodismo, bellas artes, derecho o ingeniería genética, son cotillas, no periodistas. Si quisieran serlo, tendrían que ejercer como tales, y eso supondría cumplir los principios del periodismo (Kovach y Rosenstiel; Los elementos del periodismo, 2003). La lista es larga, pero en ese caso basta con citar dos de ellos:
1. La primera obligación del periodismo es la verdad. Contar chismes no tiene nada que ver con la verdad; tiene que ver con hechos no necesariamente ciertos con los que “generalmente se pretende indisponer a unas personas con otras” o simplemente murmurar o maledecir. Así que en esos programas ni hay periodistas ni se ejecer el periodismo: hay cotillas y se murmura.
2. La esencia del periodismo es la disciplina de la verificación. Los cotillas no comprueban lo que dicen porque requiere esfuerzo y eso les distrae de su objetivo principal: denigrar a otras personas. Si algo les caracteriza es precisamente su falta de rigor. Esa es su verdadera naturaleza.
La demanda de Telma Ortiz puede que esté mal planteada pero tiene todo el sentido del mundo. La invasión de la intimidad, hasta lo más nimio, y el acoso callejero no son prácticas que se puedan sostener con argumentos periodísticos y, desde luego, no tienen nada que ver ni con la libertad de expresión ni con el derecho a la información. Los cotillas que tratan de justificarlas se agarran al periodismo en busca de una legitimidad de la que carecen. Por eso es tan importante que los periodistas denuncien a los cotillas y, si los tribunales no disponen de las herramientas que necesitan para poner coto a los desmanes del chismorreo, salgan en defensa de las reformas legales necesarias para devolver los payasos al circo, de donde nunca deberían haber salido.

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