El imperio de la superstición

No es para echar cohetes, la verdad. Lo que tenemos, más allá de doscientos años de ilustración, es un Estado sumiso ante la última teocracia de Europa que insiste en validar la investidura de su presidente ante la estatua de un hombre crucificado. Un Estado no confesional que, no nos engañemos, se permite el lujo de prohibir una modesta manifestación contra el imperio de la superstición.

Dice la Delegación del Gobierno que constituye una “provocación”. Sí así fuera, ¿no lo serían también los pasos que durante varios días invaden las calles con su imaginería bizarra y su celebración de la sangre? ¿No deberían atenderse también los derechos de quienes podemos sentirnos “provocados” por la exhibición pública de la ignorancia científica y la aclamación del ocultismo?

Me dirán que es una tradición, como las fallas o el cocido. Y lo aceptaré en esos términos. Será, eso sí, cuando deje de enseñarse en las escuelas y de usarse para engrasar privilegios desde la administración. La religión debe tener tanto sitio en la enseñanza y en las instituciones españolas como la astrología. Y no me digan que no hace daño a nadie: someterse a la rendición intelectual del creacionismo es mucho más fácil si antes aceptamos, por la buenas,.la política de mantillas y las reverencias ante la cabeza visible de una iglesia que discrimina a las mujeres, gobierna de forma autoritaria su país y protege a los pederastas.

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