Después de todo, tal vez no sea mala idea volver a votar

Visto lo visto, con todo lo que hemos aprendido estos cuatro meses acerca de las intenciones de unos y de otros, de sus prioridades y de sus tacticismos, quizá lo mejor que nos puede pasar es que volvamos a las urnas.

Votar para premiar a alguien, si encontramos a quién; pero sobre todo para castigarlos a todos. Conscientes de que, de la medida del castigo, saldrá un retrato más justo de la política española. De la forma en que modulemos la sanción depende la identidad de vencedores y vencidos porque, habiéndolo dado todo en las elecciones del 20D, el futuro en escaños de cada partido depende casi exclusivamente de su capacidad de seguir movilizando a sus votantes en un escenario cargado de reproches y muy mediatizado por los grandes grupos de comunicación.

El PP cree que tocó fondo la última vez que votamos y se frota las manos anticipando una desmovilización general de los partidarios de la oposición, a los que cree presa fácil del desánimo. Confían los de Mariano Rajoy en que las últimas revelaciones que certifican sus estrechos vínculos con la corrupción no van a merecer mayor reproche ciudadano que el que ya sufrieron en diciembre y suponen, miel sobre hojuelas, que si sus adversarios optan por la abstención les saldrán las cuentas para formar gobierno con la ayuda de Ciudadanos.

Pedro Sánchez tendrá, a su vez, que convencer a sus votantes de que siguió la estrategia correcta al elegir a Albert Rivera como pareja de baile (veremos si la demonización de los de los de Pablo Iglesias es suficiente para conseguirlo). Lo más difícil, en cambio, pasa por evitar que la alianza que firmó con el representante de la nueva derecha se convierta en un obstáculo para atraer de nuevo a los socialdemócratas que dejaron de creer en el PSOE y que el 20D votaron a Podemos como la mejor alternativa para fraguar un cambio real en España.

Al otro lado del espejo, Podemos está a expensas de las mismas variables: movilizar a los propios y atraer a los que están en la frontera, en este caso a los votantes socialistas que eventualmente no hayan entendido el matrimonio de conveniencia de Sánchez con el líder de Ciudadanos. La estrategia de Pablo Iglesias sigue siendo hoy la misma que cuando fundó su partido, sustituir al PSOE como fuerza hegemónica de la izquierda, y para hacer eso realidad le siguen faltando votos.

En Ciudadanos, por último, caben todas las hipótesis. De la volatilidad de sus apoyos da idea la caída que sufrió su expectativa de voto en el tramo final de la campaña del 20D cuando Rivera cometió el error de revelar sus intenciones en la formación del Gobierno. Volver a votar será verdaderamente útil para conocer si la gente les premia por su supuesta versatilidad a la hora de llegar a acuerdos o les castiga por ofrecerse a hacer presidente al candidato del PSOE.

Si se repiten las elecciones, el verdadero premio pasa por no recibir un castigo. Ahí nos toca decidir a todos. La ley electoral hará el resto.

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