Hay que cambiar de estrategia

Las movilizaciones del 22-M fueron un enorme éxito desde el punto de vista de la logística y una expresión transparente del malestar acumulado por los ciudadanos durante los últimos cuatro años. La protesta, sin embargo, acabó convertida en un gran fracaso desde el punto de vista de la comunicación y esa es la principal lección que sus impulsores deberían aprender.

La violencia de unos pocos, convenientemente amplificada por el aparato del Estado, incluidos sus medios de comunicación afines, ha acabado por imponerse en el espacio público. También en el de la izquierda. El truco del manifestódromo ha acabado por tapar lo sustancial del malestar social. No iba en serio, claro, pero nos ha tenido convenientemente despistados. 

Echar la culpa al poder de los medios industriales de comunicación conformará a algunos pero no servirá para ganar la batalla social. No hay otro escenario; hay que pelear en él.

Lo ocurrido demuestra que no basta con canalizar el malestar: es imprescindible que su visibilidad lo vuelva contagioso en vez de alimentar la impotencia de quienes creen que todo está perdido y siguen mirando con escepticismo la presencia de los ciudadanos en las calles.

¿Qué hacer, entonces? El camino para conseguirlo no es, desde luego, enzarzarse en el estéril debate sobre la violencia; es imprescindible que la protesta marque nítidamente distancia con los alborotadores y que los expulse no sólo de las manifestaciones, también del debate. El éxito del 15-M no sólo fue el resultado de su capacidad de canalizar las demandas de los ciudadanosl sino de su acierto a la hora de mantener alejados a los violentos y hacer de la expresión pacifica de la contestación un emblema capaz de generar nuevas adhesiones.

La izquierda, y no me refiero en este caso a la izquierda organizada políticamente, haría bien aprendiendo que si quiere ganar la partida a la clase dominante tiene que cambiar de estrategia, expulsar a los violentos y mostrar a la sociedad que sufre la crisis y todavía no se moviliza que el camino es ancho y en él hay sitio para todos.

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