Han ganado

Han ganado.

Las declaraciones sobre la seguridad pública, los disturbios, los grupos organizados de ideología antisistema e incluso el debate acerca de la conveniencia de alejar del centro las protestas sociales han hecho desaparecer del espacio público las demandas de los ciudadanos. Ya nadie habla de ellas y eso constituye un gran éxito de los diseñadores del discurso oficial, ese que trata de convencernos de que el Gobierno nos está sacando de la crisis en la que nos metió Zapatero. Nadie debe despistarse, especialmente a pocos meses de unas elecciones. Los ciudadanos pueden haber ganado en las calles, es verdad, pero el Gobierno ha impuesto su discurso haciéndoles invisibles.

En la estrategia del Ejecutivo y sus aliados es imprescindible silenciar el análisis crítico e invisibilizar a los derrotados por la crisis. Y para eso hace falta construir una representación del enemigo, no importa lo inconsistente que sea. Ahí es donde juegan un papel esencial tanto los inmigrantes subsaharianos que cruzan ilegalmente la frontera, a los que Interior siempre describe con rasgos amenazadores, como los antisistema especializados en quemar contenedores. El hecho de que los primeros sean una minoría de la inmigración ilegal en España (casi todos los extranjeros que entran sin permiso en nuestro país siguen haciéndolo por Barajas, aunque ahora se llame Adolfo Suárez) o que la cifra de los segundos sea ridícula en comparación con los millones de ciudadanos que desde hace cuatro años protestan pacíficamente en España es un detalle menor cuando de lo que se trata es de resucitar los atavismos del miedo. Pregunten en la calle a los ciudadanos que se informan por los telediarios: no les hablarán de la crisis ni de sus culpables sino de las amenazas que el Gobierno ha sabido agitar tan bien ante sus ojos.

Han ganado. Y lo saben. Por eso están tan satisfechos.

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De qué va todo esto

La verdad es simple. Podemos saber más o menos de ella, pero no está en su naturaleza adoptar formas diferentes, aunque cada vez más gente crea que hay tantas verdades como puntos de vista (estoy pensando en esos seres humanos estrafalarios que, un día sí y otro también, inundan las cadenas de televisión con entrevistas a pecho descubierto en las que se disponen a contar su verdad, como si hubiese varias). Otra cosa, claro, es que estemos en situación de conocerla. O que sea fácil llegar hasta ella. A menudo es complicado y eso nos hace vulnerables a las medias verdades, imperfectas pero mucho más fáciles, e incluso a la mentira, siempre dispuesta a acomodarse en nuestro interior a poco que relajemos la vigilancia.

Porque es más fácil aceptar lo que parece, sin hacer preguntas, o simplemente dar por bueno lo que más nos conviene porque apuntala los cimientos de nuestras creencias aunque el suelo sobre el que se asienten sean simples arenas movedizas.

La verdad, si fuese asequible, pertenecería al territorio de las cosas blancas o negras que, una vez establecidas, permanecen a salvo del debate. Como la libertad o la solidaridad, dos nociones que nadie sensible a las leyes de la razón puede honestamente discutir.

Lo malo de la verdad es que no suele adoptar el formato de lo indiscutible y, con frecuencia, se pierde en las zonas grises del conocimiento, de la moral o de la razón. Aunque nos sea imprescindible.

De ese asunto va, en el fondo, el periodismo. Y también este blog. Aquí hablaremos de ello, porque la vida está llena de zonas grises, de lugares en los que, a falta de referencias claras, es necesario escarbar en direcciones a menudo opuestas para encontrar una senda que nos dé perspectiva. Y nos haga dueños de nuestro destino.