El triunfo del 15M

Hoy habrá quien diga que el 15M ha perdido la batalla. Que se ha desinflado. Que no le quedan fuerzas para seguir movilizándose. Que sus seguidores se han agotado para nada, porque la situación de España en estos momentos es mucho peor que hace dos años, cuando la gente tomó las calles y exigió un cambio.

Será, como poco, una conclusión apresurada. Primero, porque sólo se puede llegar a ella si se piensa que el potencial de transformación social de los indignados estaba en la ocupación del espacio público y no en un profundo cambio en la mentalidad de los ciudadanos. A algunos parece que les gustaría que el 15M siguiese acampado en Sol. Y que el movimiento hubiese desembocado en una utópica versión de la Christiania danesa muy del gusto de turistas bienintencionados. Si así fuese, para ellos sería todo mucho más fácil, acostumbrados como están a pensar que la democracia representativa es la única posible.

Pero están en un error. El éxito de 15M nunca ha dependido de su capacidad de ocupar calles y plazas sino de la consolidación del cambio que desde hace dos años se está produciendo en la forma de pensar del conjunto de la sociedad española. Sin el 15M no es posible explicar que el sistema político nacido de la transición esté boqueando, incapaz de resolver desde los problemas sociales a la asfixiante corrupción.

¿Quieren saber dónde está el éxito del 15M? Pueden verlo en las encuestas de intención de voto que este domingo han publicado El País y El Mundo. La muerte del bipartidismo es una victoria de los indignados. Su discurso ha sido asumido por el conjunto de los ciudadanos, cada vez menos dispuestos a volver a confiar en PP y PSOE. Se puede ver en el ascenso de la izquierda, representada por IU, en la aceptación creciente (y a mi modo de ver peligroso) del discurso neocentralista de UPyD y en el auge de formaciones alternativas como Equo.

Los partidos tradicionales despreciaron al 15M porque no se tradujo de forma automática al sistema electoral, no tuvo consecuencias directas en los resultados de las elecciones locales ni en las generales de 2011. Veremos si siguen pensando lo mismo cuando los pronósticos de las encuestas dejen de ser hipótesis sociológicas y se traduzcan en un inmenso voto de castigo contra el PP y el PSOE en las elecciones europeas del próximo año. Tal vez entonces, cuando se vean superados por los acontecimientos, terminen por entender qué significaba el grito de “No nos representan”.

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La indignidad de Feijóo

Por si las fotos de Alberto Núñez Feijóo publicadas por El País con el contrabandista y narcotraficante Marcial Dorado no fuesen suficientemente graves, el presidente de la Xunta parece empeñado en empeorar la situación con explicaciones que ofenden el sentido común.

Primero insinúa que fue un pecadillo de juventud, porque en aquel entonces apenas tenía… 34 años. Sí, han leído bien, 34 añazos y una carrera política de altura de la mano de José Manuel Romay Beccaría. Su mal sentido para las amistades no le impedía, al parecer, ocupar el número dos de la Consellería de Sanidade de la Xunta ni hacerse cargo del desaparecido Insalud cuando José María Aznar ganó sus primeras elecciones.

Después, asegura que Dorado no había sido condenado todavía por narcotráfico. Que hubiera sido detenido en dos ocasiones por contrabando de tabaco, la segunda de ellas en el marco de la sonada Operación Nécora, debió parecerle un detalle menor. Como si en Galicia no hubiese muerto definitivamente la comprensión de los años ochenta con los importadores del Winston de batea. Además, alega, pese a que los periódicos se ocupaban con frecuencia de los turbios negocios de Dorado, a él le habían dicho que “ya no se dedicaba al contrabando”.

Si fuese verdad, no se lo pierdan, Feijóo sería la única persona de Galicia que no sabía de los negocios ilegales del contrabandista. O miente o no dice la verdad. Como le ocurría a Mato con el Jaguar de su marido, al hoy presidente de la Xunta no se le ocurrió  preguntarse, siquiera para sus adentros, de dónde salían los yates, las mansiones y los viajes. Cuánta ingenuidad.

Pensarán quienes acaben de caerse de un guindo que Feijóo es un tipo de buen talante, incapaz de pensar mal de los demás. Que sinceramente creía que se trataba de un probo empresario injustamente tratado por la prensa y por ese juez con nombre de rey mago que ya sabemos todos cómo ha acabado. Pues quienes acepten ese discurso, que sepan que el mismo Feijóo al que ahora todo esto le parece normal, pidió la dimisión de Anxo Quintana en la campaña que le dio la Presidencia de la Xunta en 2009 por unas fotos en las que el líder nacionalista salia en la cubierta del yate de un conocido empresario de la construcción.

Quien no tuvo piedad, ni pudor, ni escrúpulos para pedir la cabeza de Quintana quiere ahora comprensión para él. Pues no la va a tener. Conservará la Presidencia, eso seguro, porque no piensa dimitir. Pero ya ha perdido la dignidad.