Martin Baron, las noticias falsas y el germen del fascismo

De las muchas cosas que Martin Baron (Florida, 1954), el editor de The Washington Post, ha dejado dichas durante su estancia en España, la más inquietante es que la verdad haya empezado a ser una cosa secundaria.

Aunque Baron es un gran periodista y tiene una situación de privilegio desde la que observar la realidad, no tuvo inconveniente en reconocer que no tiene todas las respuestas. Y entre los problemas que admitió no saber cómo abordar, más allá de seguir practicando lo que el buen periodismo hace desde su nacimiento (contar la verdad y hacer que suponga una diferencia), destaca cómo combatir las noticias falsas que cada vez con más facilidad se acomodan en la opinión pública y que, en opinión de muchos analistas, han tenido mucho que ver con la victoria electoral de Donald Trump en Estados Unidos.
Los periodistas que se ocupan en el Post del fact checking (el contraste de las afirmaciones de los protagonistas de lo público) nunca han tenido tanto trabajo, bromeó Baron. Lo malo es que la amenaza de la mentira convertida en realidad no se va a resolver exponiendo qué es verdad y qué no lo es porque, en realidad, el problema no es la circulación de noticia falsas sino el creciente número de personas que no están dispuestas a aceptar la verdad por muchas evidencias que se les presenten. Y contra eso el periodismo no tiene nada que hacer.

Esta actitud de una parte de la sociedad, (la decisión de dar prioridad a lo que creen en vez de a lo que saben) está en el origen de todos los integrismos, los dogmas y las ideologías totalitarias que conducen a la humanidad a la catástrofe. Es el germen del fascismo y lo peor que podemos hacer es normalizarla y dejarla crecer porque corremos el riesgo de que se haga mayoritaria.

La democracia está en riesgo. Y es también tarea del periodismo dar la voz de alarma.

'El cuarto estado' (1891-1901), de Giuseppe Pellizza da Volpedo
‘El cuarto estado’ (1891-1901), de Giuseppe Pellizza da Volpedo

Sí, ya sé que no apetece, que lo que de verdad queremos es programar una excursión de fin de semana y volver sin saber siquiera quién ha ganado las elecciones europeas. Lo escucho cada vez con más frecuencia, a medida que se acerca la fecha de las elecciones: cunden el desánimo y la desafección, especialmente entre quienes más se quejan del callejón sin salida en el que se ha convertido la arquitectura institucional española. ¿Para qué votar el 25M? ¿Qué va a cambiar?

¿Quieres más recortes? 

Si la respuesta es afirmativa, quédate en casa. El PP encabeza las encuestas, pero lo hace por la mínima. Eso significa que puede ganar o perder y que la participación ciudadana será la que decida. Se supone, dicen los expertos, que si la gente acude en masa a las urnas Rajoy lo tendrá más difícil. Y que si los ciudadanos prefieren quedarse en casa (o votar en blanco, que queda mejor pero tiene el mismo efecto), el PP tiene muchas más posibilidades de salir victorioso. 

Pero si los electores castigan a Rajoy, el Gobierno va tener que pensarse, y mucho, hasta dónde lleva la segunda fase del programa de recortes que tiene todavía pendiente. 

Claro que si gana (y ahora mismo van ganando en todas las encuestas, conviene recordarlo) nada podrá impedir que completen hasta el final el desmantelamiento del Estado de bienestar.

¿Te gustaría que el PSOE cambiase? 

Si eres de los que creen que hace falta un partido fuerte de izquierdas y que el PSOE, dos años después de la derrota de 2011, no sólo sigue sin entender lo que le ha pasado sino que continúa instalado en el simbolismo progresista, ahora mismo tienes una gran oportunidad de decírselo. Si el PSOE consigue batir al PP aunque sea por la mínima (sí, ya sé que es poco probable pero puede ocurrir), Rubalcaba y los suyos verán reafirmada la estrategia en la que viven desde hace dos años y medio: cambiar un par de cosas para que todo siga igual. Y esperar a que el péndulo de la política, en el que siguen creyendo a pies juntillas, les ayude a perpetuar el turnismo bipartidista.

¿Y si pierde? ¿Qué pasa si el PSOE pierde? Bueno, no sabemos si aprenderá la lección y será capaz de encontrar el camino de la defensa de los valores de donde procede. Pero al menos habrán dejado a un lado el pasado felipista y, si son listos, lo peor del zapaterismo. Y habrá esperanza. Tal vez no para dentro de dos años, pero sí para dentro de seis, que es mucho más de lo que tenemos ahora.

¿Simpatizas con la Europa de la troika?

No, no te gusta. No lo creo (a mí tampoco). Si te gustara no habrías llegado hasta este párrafo y votarías sin dudarlo a PP y PSOE, las dos caras del sistema que nos ha conducido al desempleo, el rescate de la banca y la patrimonialización de la política.

Pero no basta con que no te gusten la Europa de Merkel, los piratas financieros y la dictadura de los mercados. Tienes (tenemos) que hacérselo saber. A todo el mundo, pero especialmente a las instituciones europeas. Puede hacerse el 25M y depende sólo de que los ciudadanos que durante los últimos años se ha movilizado en defensa de sus libertades y de sus derechos transformen la ira expresada en tantas manifestaciones en una papeleta cargada de significado.

Es verdad, reconozcámoslo, que Izquierda Unida tiene muchos defectos. Pero quizá de los tres grandes partidos sea el menos sospechoso de connivencia con quienes nos han llevado a la ruina económica y al derrumbamiento del sistema de derechos sociales. Es por eso que si el 25M IU logra un buen resultado enviará un mensaje nítido a la troika: eso es, por cierto, lo que van a hacer los griegos, hartos de tanta infamia y de tanta injusticia.

Adivinen, por el contrario, qué mensaje estaremos enviando a los mercados si IU se queda a las puertas de un gran resultado y el bipartisimo sigue reinando sin apenas daños. Casi se pueden oír las risas de los banqueros…

¿Hay vida más allá de la política tradicional?

La respuesta a esa pregunta también está en nuestras manos.

Por la derecha todo es, como siempre, más sencillo. La elección se reduce a UPyD, con ventaja parcial en eso de pescar en el río revuelto de la crisis del bipartidismo; Ciudadanos, una fómula de éxito en Cataluña que, sin embargo, está por ver si obtiene el eco que busca en el resto del Estado; y Vox, ese peculiar ensayo de resurreción de la extrema derecha cuya mera existencia no es sino un indicio más de la decandencia de nuestros sistema político.

Vox es también un buen ejemplo de ese clásico de las europeas: la multiplicación de candidaturas oportunistas que desaparecen de inmediato si fracasan en el intento de hacerse con un escaño en Estrasburgo o que lo hacen años más tarde incapaces de construir a su alrededor una estructura política duradera.

Esta vez, como siempre que los votantes tradicionales de los partidos mayoritarios planean quedarse en casa, hay varias de estas listas con posibilidades de asomar la cabeza en el recuento final. También por la izquierda. Se puede votar a Compromís-Equo, Recortes Cero o Podemos (para saber dónde situar al Partido X primero habría que despejar la incógnita).

¿Representan mejor a la izquierda que IU? ¿Serán más capaces a la hora de defender a los trabajadores, los derechos civiles y los servicios públicos? Aquí también está en nuestras manos responder sí o no.

Recuerda que no votar es tan lícito como hacerlo, pero no es inocente. Como tampoco lo es elegir una papeleta u otra, porque en esa elección nos jugamos impulsar los recortes o ponerles freno, renovar la izquierda o contribuir a petrificarla, hacer frente a la troika o aceptar sus designios,  cambiar de raíz el mapa político para forzar una refundación del sistema o perpetuar el bipartidismo.

Puede que para algunos no sea gran cosa, pero a mí me parece mucho.

 

 

Aquí pasou o que pasou

“Aquí pasou o que pasou” (Aquí pasó lo que pasó). La frase la pronunció en sede parlamentaria en Galicia un diputado conservador para explicar, sin más detalles, la revuelta interna que en 1987 tuvo lugar en el Gobierno de la Xunta en un intento de forzar la dimisión del entonces presidente. La expresión hizo fortuna y se incorporó a la cultura popular y política de Galicia como una forma de expresar, en cinco sintéticas palabras, la dimensión autoconclusiva de un acontecimiento de extrema gravedad que se devora a sí mismo sin apenas consecuencias. Un epigrama que expresa, mejor que ningún tratado de filosofía política, la capacidad del sistema de regenerarse digiriendo sus propias contradicciones.

Aquí pasou o que pasou. También en el caso de la marea negra que llenó de chapapote las costas gallegas y puso en evidencia a una administración empeñada en negar la evidencia de lo que estaba pasando, superada por acontecimientos que fue incapaz de prever y que nunca tuvo el valor de asumir la responsabilidad política que le exigían los ciudadanos.

La justicia no ha sido capaz de hallar un culpable. Eso es en sí mismo muy grave, porque lo que sucedió fue de una dimensión extraordinaria. Pero aún si aceptamos como algo inevitable que no haya sido posible encontrar pruebas para condenar penalmente a nadie (lo que resulta en todo caso discutible), lo que no parece de recibo es que los magistrados de la Audiencia se permitan en su fallo elogiar la gestión de la catástrofe. Eso es indigno.

En medio del ruido y de tantas dudas, conviene recordar algunas certezas:

  1. El problema central sigue siendo el tráfico de mercancías peligrosas en el corredor marítimo de Fisterra. Es una evidencia que ni el Gobierno antes ni la Justicia después han podido hacer nada por impedirlo. Una acción internacional coordinada podrá ser capaz de tomar medidas para reducir al mínimo el riesgo de un accidente pero no puede garantizar que no se repita. Cada año navegan frente a Galicia más de 14.000 barcos con mercanías peligrosas: uno cada 40 minutos.
  2. La incapacidad de nuestros políticos a la hora de asumir responsabilidades por la gestión catastrófica del accidente obligó a la sociedad civil a depositar su única esperanza de reparación en la justicia. De ahí la frustración derivada de una sentencia incapaz de hallar en el comportamiento del gobierno reproche penal alguno. Seguramente porque, por mucho que lo que hicieron nuestras autoridades fuese un desastre, no es posible fundar en derecho una condena para castigar una decisión (alejar el barco) si no se puede establecer con certeza y sin lugar a dudas que lo correcto hubiese sido actuar de otra manera (llevarlo a un puerto refugio).
  3. Lo más grave, como señala el fallo judicial, es que a día de hoy seguimos sin contar con un protocolo de actuación debatido y acordado que resuelva el dilema de alejar o abrigar un barco en dificultades cargado de mercancía peligrosa. El debate no puede girar en torno a si un accidente parecido se repetirá; la cuestión crucial es qué haremos cuando ocurra.
  4. La sentencia de la Audiencia basa su decisión en las pruebas presentadas contra los acusados que se sentaban en el banquillo. La pregunta que hay que responder es porqué la justicia española no fue capaz de armar un proceso contra los principales responsables de lo ocurrido: los propietarios del barco, la empresa armadora y la sociedad internacional que certificó que estaba en buenas condiciones para navegar.
  5.  Once años después, lo único que sigue teniendo sentido es el grito de Nunca máis. La indignación social fue entonces la respuesta a la incapacidad de la política a la hora de poner coto a los daños medioambientales y económicos que periódicamente sufre Galicia porque nadie se toma en serio la necesidad de poner freno a la codicia de las petroleras, las navieras y las financieras que se lucran con el mercado de los combustibles fósiles.

La rabia y la indignación reviven en los recuerdos de hace once años. Tal vez la Audiencia no tenga la culpa de no poder condenar a los acusados, pero de lo que no hay ninguna duda es de que no se ha hecho justicia. El chapapote, una vez más, lo ensucia todo.

Dentro del barril

Hay tres cosas que el PSOE debería evitar si quiere volver a jugar algún día un papel relevante en esto de la política. Son sencillas; no es necesario organizar conferencias políticas ni reuniones de alto nivel para llevarlas a la práctica. A lo mejor no evita que sigan perdiendo votos, pero al menos hará que se sientas más cómodos cuando se levanten por las mañanas.

  1. No escuchar a los militantes. Esto es feo, muy feo. Un partido que teme oír la voz de sus bases no puede llamarse a sí mismo democrático. Que la preocupación de la Ejecutiva sea cortar de raíz cualquier intento de convocar primarias demuestra hasta qué punto entienden el ejercicio del poder como una trinchera.
  2. Creer que la credibilidad se fabrica. A ver, que los ciudadanos son más inteligentes que eso. La credibilidad, efectivamente, no llama a la puerta, no se diseña artificialmente, no se compra en floristerías ni se subcontrata a consultorías de moda. La credibilidad se gana cada día pero, ojo, difícilmente se recupera. Y si la has perdido, porque has formado parte de gobiernos que la dilapidaron, lo mejor que puedes hacer es echarte a un lado y no molestar para que otros, sobre los que no pesen hipotecas, puedan construir nuevos liderazgos.
  3. Adaptarse a la demanda. Escríbanlo mil veces, hasta entenderlo: la política no es un mercado en el que sólo importa ganar. Si un partido tiene que encargar sus propuestas a un think tank es que algo muy de fondo no funciona. La peor política nace de quienes defienden lo que creen que la gente quiere escuchar, no lo que debería nacer de las propias convicciones. Crece gracias a quienes se adaptan en busca de apoyo en vez de permanecer fieles al ideario que dicen respaldar. Y engorda con ayuda de dirigentes dispuestos a salir a defender lo mismo y lo contrario, sin pestañear. 

La dirección del PSOE no sabe qué hacer con sus militantes, no tiene credibilidad y no tiene idea de qué proponer a los ciudadanos. El conflicto con los socialistas catalanes y gallegos y el esperpento de Ponferrada son buenos ejemplos de ello.

Queda mucha pendiente. Y Rubalcaba parece cómodo dentro del barril, rodando cuesta abajo sin entender nada y fiándolo todo a llegar entero al fondo del barranco.

 

 

De qué va todo esto

La verdad es simple. Podemos saber más o menos de ella, pero no está en su naturaleza adoptar formas diferentes, aunque cada vez más gente crea que hay tantas verdades como puntos de vista (estoy pensando en esos seres humanos estrafalarios que, un día sí y otro también, inundan las cadenas de televisión con entrevistas a pecho descubierto en las que se disponen a contar su verdad, como si hubiese varias). Otra cosa, claro, es que estemos en situación de conocerla. O que sea fácil llegar hasta ella. A menudo es complicado y eso nos hace vulnerables a las medias verdades, imperfectas pero mucho más fáciles, e incluso a la mentira, siempre dispuesta a acomodarse en nuestro interior a poco que relajemos la vigilancia.

Porque es más fácil aceptar lo que parece, sin hacer preguntas, o simplemente dar por bueno lo que más nos conviene porque apuntala los cimientos de nuestras creencias aunque el suelo sobre el que se asienten sean simples arenas movedizas.

La verdad, si fuese asequible, pertenecería al territorio de las cosas blancas o negras que, una vez establecidas, permanecen a salvo del debate. Como la libertad o la solidaridad, dos nociones que nadie sensible a las leyes de la razón puede honestamente discutir.

Lo malo de la verdad es que no suele adoptar el formato de lo indiscutible y, con frecuencia, se pierde en las zonas grises del conocimiento, de la moral o de la razón. Aunque nos sea imprescindible.

De ese asunto va, en el fondo, el periodismo. Y también este blog. Aquí hablaremos de ello, porque la vida está llena de zonas grises, de lugares en los que, a falta de referencias claras, es necesario escarbar en direcciones a menudo opuestas para encontrar una senda que nos dé perspectiva. Y nos haga dueños de nuestro destino.