Ha pasado un año

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La última portada

Hace un año de cierre del diario Público.

No soy mucho de mitos ni de funerales, pero el tiempo que trabajé en su redacción forma parte del capítulo de mis mejores experiencias haciendo periodismo. Hoy no serán muchos los que recuerden que aquel diario iluminó durante varios años una profesión demasiado acomodada y sacudió –he ahí una de las funciones más importantes de esta profesión– algunos tabúes de una democracia sometida desde hace demasiado tiempo al control de los más poderosos.

Se dirá que no todo fueron aciertos y será verdad. Pero la valentía de aquel diario, su impertinencia a la hora de mirar la realidad y, sobre todo, su compromiso con los valores del periodismo clásico brillan mucho más que los errores. Si se interpela a los ciudadanos, tengo para mí que, sin ser del todo conscientes de ello, serán muchos quienes se reconozcan en la ausencia de ese modelo de periodismo comprometido, sobre todo en estos tiempos de discurso único, de bancos rescatados y seres humanos desahuciados, de derecha rampante, de vientos de transición o, mejor aún, de ruptura. Yo, desde luego, me siento entre quienes lo echan en falta, no sólo como periodista sino, sobre todo, como lector.

Pero ha pasado un año. Y en ese tiempo, un grupo de periodistas decidimos sobreponernos a las ruinas de aquella redacción y no resignarnos a dejar de ejercer el periodismo en el que creemos. Yolanda González, Juan Carlos Ortiz, Manuel Rico, Jesús Maraña y yo mismo hemos trabajado durante meses para dar forma a un nuevo diario, fundado sobre las bases del periodismo tradicional pero blindado a las dependencias de las grandes corporaciones. Un proyecto tejido con los mimbres del universo digital y, gracias a ellos, basado en un compromiso directo con los lectores. Un sitio web al que hemos atraído la complicidad de Edwy Plenel y su diario digital Mediapart, de la editorial Edhasa y de un un grupo de periodistas procedentes del diario El País, de El Mundo y de RTVE con la intención de crear nuestro sueño: un medio capaz de hacer público lo necesario en el que no haya espacio para las concesiones que, cada vez más, emborronan el periodismo que practican los grandes medios de la industria informativa tradicional.

Hace un año de la publicación del último número de Público. Y el azar ha querido que sea ahora, precisamente, dentro de sólo unos días, cuando pongamos a disposición de los lectores infoLibre, el diario digital con el que queremos ganarnos la complicidad de los ciudadanos garantizándoles información libre e independiente, un bien tan imprescindible como escaso en estos días de ruido y de furia.

A infoLibre pertenece, desde ya, este blog. Nos vemos aquí.

Feijóo contra Rajoy

 

(Versión en castellano; a continuación figura la versión en catalán publicada en el diario Ara el 25 de septiembre)

 

El presidente de la Xunta marca drásticas distancias con su jefe de filas para evitar que la ola de descrédito del Gobierno español se lo lleve por delante

 

El sábado ya no quedó ninguna duda. Ese día el presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, uno de los barones conservadores más fieles al jefe del Gobierno de España, evitó salir en la misma foto que Mariano Rajoy. Mientras el inquilino de la Moncloa protagonizaba un mitin en Ourense, él prefería presentar a sus candidatos por la provincia de A Coruña. Perfil bajo frente a prime time. 

Desde que decidió anticipar las elecciones autonómicas al 21 de octubre, el mayor adelanto de la historia democrática gallega, Feijóo huye de Rajoy como de la peste. Sabedor de que los planes del presidente para los próximos meses incluyen nuevos recortes y, seguramente, la solicitud de un rescate a la Unión Europea que certificará el fracaso de su política para hacer frente a la crisis, el candidato del PP a la reelección quiere evitar que la campaña electoral se convierta en un plebiscito sobre los recortes del Gobierno central. Prefiere que el debate se centre en Galicia y, sobre todo, en el recuerdo de los peores momentos del bipartito PSOE-BNG que ocupó la Xunta entre 2005 y 2009. Feijóo es consciente de que su gestión, más allá del factor austeridad, es muy limitada y por eso dirige todo su esfuerzo de campaña a intentar desacreditar la posibilidad de un gobierno alternativo que necesariamente tendría que pasar por una nueva alianza PSOE-BNG en la que, según las encuestas, tal vez habría que hacer hueco a Esquerda Unida, la marca gallega de IU a la que por primera vez se ha sumado un sector del nacionalismo. Un “lío” a tres bandas, repiten los conservadores siempre que tienen ocasión.

El hombre que anticipó las políticas de recortes que luego aplicaría Rajoy en todo el Estado es el mismo que meses antes del estallido de la crisis justificaba el gasto de casi 500 millones de euros en la Cidade da Cultura, una obra gigantesca concebida por Manuel Fraga para seguir la estela del Guggenheim de Bilbao o la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia que sólo se ha completado parcialmente, apenas recibe visitantes y en Galicia se ha convertido en el símbolo del despilfarro. El mismo que ganó las elecciones de 2009 prometiendo crecimiento económico y empleo y que hoy gobierna un territorio en recesión (prácticamente el 1%) y con más paro que nunca. De hecho, la evolución negativa de la economía gallega, sometida al efecto combinado de la austeridad y de la crisis desde mucho antes que el conjunto del Estado, ha hecho desaparecer la ventaja comparativa que tenía Galicia en términos de desempleo: en estos años la tasa de paro aumentó en Galicia un 67%, prácticamente el doble que en España (35%). 

El balance económico es malo y a él al hay que añadir el incumplimiento de su promesa de bajar impuestos, además del visible deterioro de la sanidad y la educación como consecuencia de los recortes. Por eso Feijóo tiene dificultades para que los ciudadanos le crean cuando sostiene que si gana el 21-O, ahora sí, creará empleo. No en vano todo el mundo tiene muy presente que apostó por fusionar las cajas gallegas en un sólo proyecto en un proceso plagado de sombras que ha acabado por contaminar de activos tóxicos todo el sistema financiero gallego. La nueva caja, que el presidente de la Xunta ‘vendía’ como un éxito personal, se asoma ahora a la liquidación.

Con todo, el PP se sabe el partido hegemónico en Galicia. Siempre gana las elecciones y sólo pierde el Gobierno de Galicia cuando no consigue mayoría absoluta. Feijóo es consciente de que lo único que puede privarle de un segundo mandato es que una parte de sus votantes (no tienen que ser muchos; bastaría con una cifra relativamente pequeña) se queden en casa el 21 de octubre. Esa es la razón por la que quiere evitar que la campaña se convierta en un plebiscito sobre Rajoy y agita el fantasma de una Xunta ingobernable con presencia de hasta tres partidos.

Y es también el motivo por el que, en las filas conservadoras, han saltado todas las alarmas con la irrupción en las elecciones del experimento político protagonizado por Mario Conde. El empresario y comentarista de Interconomía, condenado por apropiación indebida y estafa, se presenta bajo las siglas Sociedad Civil y Democracia (SCD) y, aunque es dudoso que consiga alcanzar el 5% exigido para entrar en el Parlamento, sí puede restar al PP una parte de los votos que necesita imperiosamente para continuar en el poder.

Pero la candidatura de Mario Conde no es la única novedad del 21-O en Galicia. Por la izquierda, el BNG se enfrenta a su primera prueba de fuego después de sufrir la escisión de una parte de sus dirigentes, el más notable de los cuales es Xosé Manuel Beiras, el catedrático de Economía que fue su cara visible entre 1987 y 2003. La mayoría de disidentes dejaron el Bloque en enero después de perder la Asamblea Nacional celebrada en Santiago en una votación que confirmó a Guillerme Vázquez como líder de la organización y a Francisco Jorquera, hasta ahora portavoz en el Congreso, como candidato a la Xunta. Sometidos a la urgencia de presentarse a las elecciones, los seguidores de Beiras, que históricamente siempre rechazaron cualquier alianza electoral con fuerzas no exclusivamente gallegas, suscribieron un acuerdo in extremis con Esquerda Unida, la marca gallega de IU. La ‘Syriza gallega’, como ha presentado EU el proyecto, rebautizado como Alternativa Galega de Esquerdas (AGE), ha ce
dido el número uno por A Coruña al propio Beiras en un intento de sumar voto nacionalista al buen resultado que las encuestas ya les auguraban en solitario gracias a la inercia de IU en el conjunto del Estado.

Con todo, la rentabilidad de esta estrategia está por ver, porque algunos estudios de opinión sugieren que la fortaleza del voto nacionalista permitirá al BNG salir de esta situación sin sufrir daños graves. Otras encuestas, sin embargo, como las publicadas a comienzos de septiembre por el diario ‘La Voz de Galicia’, que apoya expresamente a Feijóo, parecen dar la razón a la ‘Syriza gallega’ al situarla en el entorno de los tres escaños. Aunque, globalmente, no mejoraría la influencia de la izquierda ni del nacionalismo, porque ese resultado se produciría a costa del BNG, que pasaría de 12 a nueve diputados, según el mismo estudio. Lo que parece seguro es que AGE (la coalición entre la organización de Cayo Lara y la de Beiras) tendrá sitio en el nuevo Parlamento.

La tercera clave de las elecciones es el Partido dos Socialistas de Galicia (PSdeG). La federación gallega del PSOE presenta como candidato a Pachi Vázquez, un ex conselleiro del bipartito fajado durante años en la lucha política de Ourense, una provincia dominada por el caciquismo desde que se tiene memoria. Vázquez tiene que pelear no sólo contra Feijóo sino contra un partido dividido (sus enfrentamientos con el ex ministro José Blanco y con el alcalde más poderoso de Galicia, Abel Caballero, han condicionado la vida del PSdeG durante los últimos años) y, sobre todo, contra la herencia de Zapatero y la presencia incómoda de su sucesor, Alfredo Pérez Rubalcaba, que está muy lejos de despertar entusiasmo entre los votantes, según todos los estudios de opinión.

Los socialistas gallegos tienen en estos momentos 25 escaños en un Parlamento de 75, por lo que el mejor escenario que manejan es resistir (como mucho perder un diputado) y que la combinación AGE y BNG aporten el resto de los votos que necesitan para gobernar (entre 13 y 14 diputados).

En juego está no sólo el Gobierno de Galicia sino la política de recortes de Rajoy. La solución, el 21 de octubre.

 

 

Los jueces entran en campaña

Como ya ocurrió en las elecciones generales, de nuevo una decisión judicial entra en escena en Galicia en plena campaña electoral levantando toda clase de suspicacias. Hace nueve meses fue la jueza del ‘caso Campeón’ la que, pocos días antes de la votación, envió al Supremo la investigación contra el entonces ministro José Blanco, que se presentaba como cabeza de lista del PSOE por Lugo. Ahora, a un mes de los comicios, otra juez, también de Lugo ha puesto en marcha una operación anticorrupción que afecta a medio centenar de personas, entre las que destaca el alcalde de Ourense, también del PSOE.

La operación, de la que hasta ahora apenas han trascendido datos concretos más allá de las acusaciones de tráfico de influencias, ha puesto patas arriba la campaña.

 

——–

Galícia: Feijóo contra Rajoy

Dissabte ja no en va quedar cap dubte. El president de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, va evitar la foto amb Mariano Rajoy, tot i ser un dels barons del PP que li són més fidels. Mentre l’inquilí de la Moncloa feia un míting a Ourense, el president gallec preferia presentar els seus candidats per la Corunya. Perfil baix davant prime time .

Des que va decidir fixar les eleccions al 21 d’octubre, el màxim avançament de la història democràtica gallega, Feijóo fuig de Rajoy com de la pesta. Sabent que els seus plans per als pròxims mesos inclouen noves retallades i, segurament, un rescat de la UE que certificarà el fracàs de la seva política anticrisi, el candidat a la reelecció vol evitar que la campanya sigui un plebiscit sobre els ajustos de Madrid. Prefereix que el debat se centri en Galícia i, sobretot, en el record dels pitjors moments del bipartit PSOE-BNG, que va governar-la entre el 2005 i el 2009.

Del bipartit a un possible tripartit

Feijóo és conscient que la seva gestió, més enllà del factor austeritat, és molt limitada i per això dirigeix tot l’esforç de campanya a desacreditar un govern alternatiu que, necessàriament, passa per una aliança PSOE-BNG en què, segons les enquestes, potser caldria encabir-hi també Esquerda Unida, la marca gallega d’IU, a la qual s’ha sumat un sector del nacionalisme. Un “embolic” a tres bandes, asseguren els conservadors sempre que poden.

L’home que va anticipar les retallades que després aplicaria Rajoy és el mateix que mesos abans de l’esclat de la crisi justificava gastar-se gairebé 500 milions d’euros en la Cidade da Cultura -una obra gegantina concebuda per Manuel Fraga per seguir l’estela del Guggenheim de Bilbao i la Ciutat de les Arts de València-, que només s’ha completat parcialment, que ben just rep visitants i que ja és una icona del malbaratament gallec.

Qui va guanyar el 2009 prometent creixement governa avui un país en recessió (una caiguda de l’1% de PIB) i amb més atur que mai. L’evolució negativa de l’economia, sotmesa a l’efecte combinat de l’austeritat i la crisi, ha fet desaparèixer l’avantatge comparatiu que tenia Galícia en termes d’atur en el conjunt de l’Estat: la taxa va augmentar a Galícia un 67%, pràcticament el doble que a Espanya (35%).

El balanç econòmic és dolent i s’hi suma l’incompliment de la promesa d’abaixar impostos, a més del deteriorament de la sanitat i l’educació per les retallades. Feijóo té dificultats perquè se’l creguin quan sosté que, si guanya el 21-O, ara sí, crearà ocupació. Tothom té present que va apostar per fusionar les caixes en una de sola. Un procés ple d’ombres que ha acabat per contaminar d’actius tòxics el sistema financer gallec. Nova Caixa Galicia, que el president venia com un èxit personal, ara està nacionalitzada.

Amb tot, el PP se sap hegemònic. Sempre guanya i només perd el govern si no aconsegueix majoria absoluta. Feijóo és conscient que l’únic que pot negar-li un segon mandat és que una petita part dels seus votants es quedin a casa. És la raó per la qual vol evitar que el 21-O sigui un plebiscit sobre Rajoy i agita el fantasma d’una Xunta ingovernable amb el tripartit gallec.

I és també el motiu pel qual, al PP, han saltat les alarmes amb la irrupció de l’experiment polític de Mario Conde. L’empresari i comentarista d’Intereconomía, condemnat per apropiació indeguda i estafa, es presenta amb Societat Civil i Democràcia (SCD) i, encara que és dubtós que entri al Parlament, pot restar al PP part del vots que necessita imperiosament per seguir al poder.

El factor Mario Conde

La candidatura de Conde no és l’única novetat. Per l’esquerra, el BNG s’enfronta a la primera prova de foc després de patir l’escissió d’una part dels seus dirigents, el més notable dels quals és Xosé Manuel Beiras, la cara visible entre el 1987 i el 2003. La majoria de dissidents van deixar el Bloc al gener després de perdre l’assemblea nacional en una votació que va confirmar Guillerme Vázquez com a líder i Francisco Jorquera, el portaveu al Congrés, com a candidat a la Xunta. Sotmesos a la urgència de presentar-se a les eleccions, els seguidors de Beiras, que sempre havien rebutjat aliances amb forces estatals, van subscriure un acord in extremis amb IU. La Syriza gallega, rebatejada com a Alternativa Gallega d’Esquerres (AGE), ha cedit el número u per la Corunya a Beiras en un intent de sumar vot nacionalista al bon resultat que les enquestes ja els auguraven gràcies a la inèrcia d’IU al conjunt de l’Estat.

La rendibilitat d’aquesta estratègia s’ha de veure, perquè algunes enquestes suggereixen que la fortalesa del vot nacionalista permetrà al BNG sortir-ne sense danys greus. Altres enquestes, però, com les recents de La Voz de Galícia , que dóna suport explícit a Feijóo, situen la Syriza gallegaen l’entorn dels tres escons. Globalment no milloraria la influència de l’esquerra ni del nacionalisme, perquè aquest resultat es produiria a costa del BNG, que passaria de 12 a 9 diputats.

La tercera clau és el PSdG. La federació gallega del PSOE presenta Pachi Vázquez, un exconseller del bipartit forjat en la lluita política d’Ourense, una província dominada pel caciquisme des que es té memòria. Vázquez ha de lluitar no només contra Feijóo, sinó contra un partit dividit (els enfrontaments amb l’exministre José Blanco i amb l’alcalde més poderós de Galícia, Abel Caballero, l’han condicionat) i, sobretot, contra l’herència de Zapatero i la presència incòmoda d’Alfredo Pérez Rubalcaba, que és lluny de despertar entusiasme entre els votants.

Els socialistes tenen 25 escons en un Parlament de 75. El millor escenari és resistir (o perdre un diputat) i que la suma d’AGE i BNG aporti la resta dels vots que necessiten per governar (13 o 14 escons més).

Està en joc no només el govern de Galícia sinó la política de retallades de Rajoy. La solució, a les urnes gallegues el 21 d’octubre.

Feijóo contra Rajoy

Feijóo contra Rajoy

 

(Versión en castellano; a continuación figura la versión en catalán publicada en el diario Ara el 25 de septiembre)

 

El presidente de la Xunta marca drásticas distancias con su jefe de filas para evitar que la ola de descrédito del Gobierno español se lo lleve por delante

 

El sábado ya no quedó ninguna duda. Ese día el presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, uno de los barones conservadores más fieles al jefe del Gobierno de España, evitó salir en la misma foto que Mariano Rajoy. Mientras el inquilino de la Moncloa protagonizaba un mitin en Ourense, él prefería presentar a sus candidatos por la provincia de A Coruña. Perfil bajo frente a prime time. 

Desde que decidió anticipar las elecciones autonómicas al 21 de octubre, el mayor adelanto de la historia democrática gallega, Feijóo huye de Rajoy como de la peste. Sabedor de que los planes del presidente para los próximos meses incluyen nuevos recortes y, seguramente, la solicitud de un rescate a la Unión Europea que certificará el fracaso de su política para hacer frente a la crisis, el candidato del PP a la reelección quiere evitar que la campaña electoral se convierta en un plebiscito sobre los recortes del Gobierno central. Prefiere que el debate se centre en Galicia y, sobre todo, en el recuerdo de los peores momentos del bipartito PSOE-BNG que ocupó la Xunta entre 2005 y 2009. Feijóo es consciente de que su gestión, más allá del factor austeridad, es muy limitada y por eso dirige todo su esfuerzo de campaña a intentar desacreditar la posibilidad de un gobierno alternativo que necesariamente tendría que pasar por una nueva alianza PSOE-BNG en la que, según las encuestas, tal vez habría que hacer hueco a Esquerda Unida, la marca gallega de IU a la que por primera vez se ha sumado un sector del nacionalismo. Un “lío” a tres bandas, repiten los conservadores siempre que tienen ocasión.

El hombre que anticipó las políticas de recortes que luego aplicaría Rajoy en todo el Estado es el mismo que meses antes del estallido de la crisis justificaba el gasto de casi 500 millones de euros en la Cidade da Cultura, una obra gigantesca concebida por Manuel Fraga para seguir la estela del Guggenheim de Bilbao o la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia que sólo se ha completado parcialmente, apenas recibe visitantes y en Galicia se ha convertido en el símbolo del despilfarro. El mismo que ganó las elecciones de 2009 prometiendo crecimiento económico y empleo y que hoy gobierna un territorio en recesión (prácticamente el 1%) y con más paro que nunca. De hecho, la evolución negativa de la economía gallega, sometida al efecto combinado de la austeridad y de la crisis desde mucho antes que el conjunto del Estado, ha hecho desaparecer la ventaja comparativa que tenía Galicia en términos de desempleo: en estos años la tasa de paro aumentó en Galicia un 67%, prácticamente el doble que en España (35%). 

El balance económico es malo y a él al hay que añadir el incumplimiento de su promesa de bajar impuestos, además del visible deterioro de la sanidad y la educación como consecuencia de los recortes. Por eso Feijóo tiene dificultades para que los ciudadanos le crean cuando sostiene que si gana el 21-O, ahora sí, creará empleo. No en vano todo el mundo tiene muy presente que apostó por fusionar las cajas gallegas en un sólo proyecto en un proceso plagado de sombras que ha acabado por contaminar de activos tóxicos todo el sistema financiero gallego. La nueva caja, que el presidente de la Xunta ‘vendía’ como un éxito personal, se asoma ahora a la liquidación.

Con todo, el PP se sabe el partido hegemónico en Galicia. Siempre gana las elecciones y sólo pierde el Gobierno de Galicia cuando no consigue mayoría absoluta. Feijóo es consciente de que lo único que puede privarle de un segundo mandato es que una parte de sus votantes (no tienen que ser muchos; bastaría con una cifra relativamente pequeña) se queden en casa el 21 de octubre. Esa es la razón por la que quiere evitar que la campaña se convierta en un plebiscito sobre Rajoy y agita el fantasma de una Xunta ingobernable con presencia de hasta tres partidos.

Y es también el motivo por el que, en las filas conservadoras, han saltado todas las alarmas con la irrupción en las elecciones del experimento político protagonizado por Mario Conde. El empresario y comentarista de Interconomía, condenado por apropiación indebida y estafa, se presenta bajo las siglas Sociedad Civil y Democracia (SCD) y, aunque es dudoso que consiga alcanzar el 5% exigido para entrar en el Parlamento, sí puede restar al PP una parte de los votos que necesita imperiosamente para continuar en el poder.

Pero la candidatura de Mario Conde no es la única novedad del 21-O en Galicia. Por la izquierda, el BNG se enfrenta a su primera prueba de fuego después de sufrir la escisión de una parte de sus dirigentes, el más notable de los cuales es Xosé Manuel Beiras, el catedrático de Economía que fue su cara visible entre 1987 y 2003. La mayoría de disidentes dejaron el Bloque en enero después de perder la Asamblea Nacional celebrada en Santiago en una votación que confirmó a Guillerme Vázquez como líder de la organización y a Francisco Jorquera, hasta ahora portavoz en el Congreso, como candidato a la Xunta. Sometidos a la urgencia de presentarse a las elecciones, los seguidores de Beiras, que históricamente siempre rechazaron cualquier alianza electoral con fuerzas no exclusivamente gallegas, suscribieron un acuerdo in extremis con Esquerda Unida, la marca gallega de IU. La ‘Syriza gallega’, como ha presentado EU el proyecto, rebautizado como Alternativa Galega de Esquerdas (AGE), ha cedido el número uno por A Coruña al propio Beiras en un intento de sumar voto nacionalista al buen resultado que las encuestas ya les auguraban en solitario gracias a la inercia de IU en el conjunto del Estado.

Con todo, la rentabilidad de esta estrategia está por ver, porque algunos estudios de opinión sugieren que la fortaleza del voto nacionalista permitirá al BNG salir de esta situación sin sufrir daños graves. Otras encuestas, sin embargo, como las publicadas a comienzos de septiembre por el diario ‘La Voz de Galicia’, que apoya expresamente a Feijóo, parecen dar la razón a la ‘Syriza gallega’ al situarla en el entorno de los tres escaños. Aunque, globalmente, no mejoraría la influencia de la izquierda ni del nacionalismo, porque ese resultado se produciría a costa del BNG, que pasaría de 12 a nueve diputados, según el mismo estudio. Lo que parece seguro es que AGE (la coalición entre la organización de Cayo Lara y la de Beiras) tendrá sitio en el nuevo Parlamento.

La tercera clave de las elecciones es el Partido dos Socialistas de Galicia (PSdeG). La federación gallega del PSOE presenta como candidato a Pachi Vázquez, un ex conselleiro del bipartito fajado durante años en la lucha política de Ourense, una provincia dominada por el caciquismo desde que se tiene memoria. Vázquez tiene que pelear no sólo contra Feijóo sino contra un partido dividido (sus enfrentamientos con el ex ministro José Blanco y con el alcalde más poderoso de Galicia, Abel Caballero, han condicionado la vida del PSdeG durante los últimos años) y, sobre todo, contra la herencia de Zapatero y la presencia incómoda de su sucesor, Alfredo Pérez Rubalcaba, que está muy lejos de despertar entusiasmo entre los votantes, según todos los estudios de opinión.

Los socialistas gallegos tienen en estos momentos 25 escaños en un Parlamento de 75, por lo que el mejor escenario que manejan es resistir (como mucho perder un diputado) y que la combinación AGE y BNG aporten el resto de los votos que necesitan para gobernar (entre 13 y 14 diputados).

En juego está no sólo el Gobierno de Galicia sino la política de recortes de Rajoy. La solución, el 21 de octubre.

 

 

Los jueces entran en campaña

Como ya ocurrió en las elecciones generales, de nuevo una decisión judicial entra en escena en Galicia en plena campaña electoral levantando toda clase de suspicacias. Hace nueve meses fue la jueza del ‘caso Campeón’ la que, pocos días antes de la votación, envió al Supremo la investigación contra el entonces ministro José Blanco, que se presentaba como cabeza de lista del PSOE por Lugo. Ahora, a un mes de los comicios, otra juez, también de Lugo ha puesto en marcha una operación anticorrupción que afecta a medio centenar de personas, entre las que destaca el alcalde de Ourense, también del PSOE.

La operación, de la que hasta ahora apenas han trascendido datos concretos más allá de las acusaciones de tráfico de influencias, ha puesto patas arriba la campaña.

 

 

Galícia: Feijóo contra Rajoy

Dissabte ja no en va quedar cap dubte. El president de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, va evitar la foto amb Mariano Rajoy, tot i ser un dels barons del PP que li són més fidels. Mentre l’inquilí de la Moncloa feia un míting a Ourense, el president gallec preferia presentar els seus candidats per la Corunya. Perfil baix davant prime time .

Des que va decidir fixar les eleccions al 21 d’octubre, el màxim avançament de la història democràtica gallega, Feijóo fuig de Rajoy com de la pesta. Sabent que els seus plans per als pròxims mesos inclouen noves retallades i, segurament, un rescat de la UE que certificarà el fracàs de la seva política anticrisi, el candidat a la reelecció vol evitar que la campanya sigui un plebiscit sobre els ajustos de Madrid. Prefereix que el debat se centri en Galícia i, sobretot, en el record dels pitjors moments del bipartit PSOE-BNG, que va governar-la entre el 2005 i el 2009.

Del bipartit a un possible tripartit

Feijóo és conscient que la seva gestió, més enllà del factor austeritat, és molt limitada i per això dirigeix tot l’esforç de campanya a desacreditar un govern alternatiu que, necessàriament, passa per una aliança PSOE-BNG en què, segons les enquestes, potser caldria encabir-hi també Esquerda Unida, la marca gallega d’IU, a la qual s’ha sumat un sector del nacionalisme. Un “embolic” a tres bandes, asseguren els conservadors sempre que poden.

L’home que va anticipar les retallades que després aplicaria Rajoy és el mateix que mesos abans de l’esclat de la crisi justificava gastar-se gairebé 500 milions d’euros en la Cidade da Cultura -una obra gegantina concebuda per Manuel Fraga per seguir l’estela del Guggenheim de Bilbao i la Ciutat de les Arts de València-, que només s’ha completat parcialment, que ben just rep visitants i que ja és una icona del malbaratament gallec.

Qui va guanyar el 2009 prometent creixement governa avui un país en recessió (una caiguda de l’1% de PIB) i amb més atur que mai. L’evolució negativa de l’economia, sotmesa a l’efecte combinat de l’austeritat i la crisi, ha fet desaparèixer l’avantatge comparatiu que tenia Galícia en termes d’atur en el conjunt de l’Estat: la taxa va augmentar a Galícia un 67%, pràcticament el doble que a Espanya (35%).

El balanç econòmic és dolent i s’hi suma l’incompliment de la promesa d’abaixar impostos, a més del deteriorament de la sanitat i l’educació per les retallades. Feijóo té dificultats perquè se’l creguin quan sosté que, si guanya el 21-O, ara sí, crearà ocup
ació. Tothom té present que va apostar per fusionar les caixes en una de sola. Un procés ple d’ombres que ha acabat per contaminar d’actius tòxics el sistema financer gallec. Nova Caixa Galicia, que el president venia com un èxit personal, ara està nacionalitzada.

Amb tot, el PP se sap hegemònic. Sempre guanya i només perd el govern si no aconsegueix majoria absoluta. Feijóo és conscient que l’únic que pot negar-li un segon mandat és que una petita part dels seus votants es quedin a casa. És la raó per la qual vol evitar que el 21-O sigui un plebiscit sobre Rajoy i agita el fantasma d’una Xunta ingovernable amb el tripartit gallec.

I és també el motiu pel qual, al PP, han saltat les alarmes amb la irrupció de l’experiment polític de Mario Conde. L’empresari i comentarista d’Intereconomía, condemnat per apropiació indeguda i estafa, es presenta amb Societat Civil i Democràcia (SCD) i, encara que és dubtós que entri al Parlament, pot restar al PP part del vots que necessita imperiosament per seguir al poder.

El factor Mario Conde

La candidatura de Conde no és l’única novetat. Per l’esquerra, el BNG s’enfronta a la primera prova de foc després de patir l’escissió d’una part dels seus dirigents, el més notable dels quals és Xosé Manuel Beiras, la cara visible entre el 1987 i el 2003. La majoria de dissidents van deixar el Bloc al gener després de perdre l’assemblea nacional en una votació que va confirmar Guillerme Vázquez com a líder i Francisco Jorquera, el portaveu al Congrés, com a candidat a la Xunta. Sotmesos a la urgència de presentar-se a les eleccions, els seguidors de Beiras, que sempre havien rebutjat aliances amb forces estatals, van subscriure un acord in extremis amb IU. La Syriza gallega, rebatejada com a Alternativa Gallega d’Esquerres (AGE), ha cedit el número u per la Corunya a Beiras en un intent de sumar vot nacionalista al bon resultat que les enquestes ja els auguraven gràcies a la inèrcia d’IU al conjunt de l’Estat.

La rendibilitat d’aquesta estratègia s’ha de veure, perquè algunes enquestes suggereixen que la fortalesa del vot nacionalista permetrà al BNG sortir-ne sense danys greus. Altres enquestes, però, com les recents de La Voz de Galícia , que dóna suport explícit a Feijóo, situen la Syriza gallegaen l’entorn dels tres escons. Globalment no milloraria la influència de l’esquerra ni del nacionalisme, perquè aquest resultat es produiria a costa del BNG, que passaria de 12 a 9 diputats.

La tercera clau és el PSdG. La federació gallega del PSOE presenta Pachi Vázquez, un exconseller del bipartit forjat en la lluita política d’Ourense, una província dominada pel caciquisme des que es té memòria. Vázquez ha de lluitar no només contra Feijóo, sinó contra un partit dividit (els enfrontaments amb l’exministre José Blanco i amb l’alcalde més poderós de Galícia, Abel Caballero, l’han condicionat) i, sobretot, contra l’herència de Zapatero i la presència incòmoda d’Alfredo Pérez Rubalcaba, que és lluny de despertar entusiasme entre els votants.

Els socialistes tenen 25 escons en un Parlament de 75. El millor escenari és resistir (o perdre un diputat) i que la suma d’AGE i BNG aporti la resta dels vots que necessiten per governar (13 o 14 escons més).

Està en joc no només el govern de Galícia sinó la política de retallades de Rajoy. La solució, a les urnes gallegues el 21 d’octubre.

Cada vez más griegos

Cada vez es más evidente que el PP está fracasando allí donde el PSOE se estrelló. La crisis económica se ha convertido en depresión, el Estado del bienestar se descompone y en vez del final del túnel toma cuerpo la posibilidad de que nos internemos en un abismo todavía peor (nada más elocuente que lo que escribieron estos días Enric González y Paul Krugman).

La consecuencia de esa doble manifestación de impotencia empieza a ser visible en términos de opinión pública y nos acerca día a día a la explosiva situación de Grecia. Y no me refiero a la situación económica, sino a la política. El último CIS redujo el peso del bipartidismo en España (PP+PSOE) al 70,2%, 3,1 puntos porcentuales menos que en las elecciones de noviembre que, por sí mismas, ya supusieron un retroceso de 20 años en la hegemonía de la alternancia. La suma de votos de conservadores y socialistas permanecía firmemente asentada en torno al 80% de los votos desde el año 2000. Pero, desde 2010, ha iniciado un lento pero aparentemente inexorable declive a medida que la identidad de políticas y la ausencia de éxitos en la lucha contra la crisis deterioraba su credibilidad.

Si tomamos como base de análisis la serie mensual de encuestas de intención de voto realizadas por Metroscopia para El País la tendencia no sólo es la misma sino que resulta mucho más acusada. El último sondeo sitúa la intención de voto de PP y PSOE en un raquítico 63%, muy similar a la cifra de abril (61,1%). Los datos revelan claramente el creciente desapego de los ciudadanos hacia los dos grandes partidos que sirven de soporte al sistema. Desde las elecciones de noviembre (73,3%) la suma de PP y PSOE ha bajado al 70% en marzo antes de desplomarse al 61,1% en abril, en plena fiebre de recortes sociales, incremento del paro recesión económica.

España no es Grecia, pero se parece cada vez más. Antes de haber ensayado gobiernos conservadores y socialistas (que a su vez fracasaron en la gestión de la crisis), Nueva Democracia y Pasok también sumaban el 80% de los votos de sus ciudadanos. Ahora están por debajo del 35%.

El asedio griego

No es fácil de aceptar.  

Le preguntamos a los griegos qué opinan, porque somos demócratas y europeos. Gana quien gana y pierde quien pierde. Y, como no nos gusta lo que los ciudadanos han decidido (castigar a los partidos que han aceptado aplicar las políticas de Merkel que están destruyendo el país), ahora concentramos todo el esfuerzo en presionar a Syriza (la Izquierda Unida griega) para que traicione a sus electores y haga exactamente lo contrario de lo que prometió en campaña electoral.

Es decir, la UE, Alemania y toda la eurozona presionan para que en Grecia haya un gobierno contrario a lo que sus ciudadanos han votado. Porque somos muy listos y sabemos mejor que ellos lo que les conviene.

Esa es nuestra forma de entender la democracia. Y es un fraude.

Los pájaros se vuelven contra las escopetas

La incomodidad que el resultado electoral griego ha provocado en los gobiernos de casi toda Europa (y en los poderes financieros a los que sirven) se está traduciendo, cada vez, más, en críticas abiertas a los ciudadanos que se han expresado en las urnas. Claro que, en democracia, la voluntad de los ciudadanos no puede ser el problema, por más que resulte incómoda para quienes, generalmente con escasa legitimidad, están acostumbrados a tomar las decisiones de fondo, esas que nutren el pensamiento único en nombre de los grandes consensos de Estado.

Muchos, gobiernos, corporaciones financieras y medios de comunicación, lamentan la pérdida de peso de los partidos tradicionales, que han pasado de concentrar el 80% de los sufragios a cosechar apenas una tercera parte. Lo de menos, a los ojos de quienes tienen la sartén por el mango, son las causas de ese descrédito. A ellos lo único que les importa es cómo garantizar la pervivencia del sistema de reparto de poderes del que se han beneficiado durante décadas.

Por eso ponen el foco en el auge de los demás partidos y tratan de meter a todos en el mismo saco, comparando lo incomparable, porque nada tienen que ver las posiciones de izquierda de Syriza, homologables con las de Izquierda Unida en España, con las tesis xenófobas y violentas de los neonazis. La preocupación de las formaciones bipartidistas que hasta hace poco se repartían por turnos el poder está justificada. Los pájaros han dejado de huir y se han vuelto contra las escopetas. El cazador, presa del desconcierto, trata de hacer valer las viejas reglas cinegéticas: “Oiga, que los pájaros son el objeto de la caza, no al revés”.

Eso es, precisamente, lo que está pasando Las reglas están cambiando y por eso la política se ha convertido en un fastidio para las corporaciones financieras y sus peones tecnócratas. El miedo les ha llevado a presentar la situación de Grecia como un caos ingobernable. “¿Lo veis?”, tratan de decir. “Era mejor antes, cuando nos limitábamos a cambiar de partido y a hacer la misma política gobernase quien gobernase”. Quieren que añoremos aquello que los ciudadanos griegos acaban, precisamente, de castigar.

Y quieren que lo hagamos porque todos ellos, partidos, corporaciones y tecnócratas temen que la situación se repita en el resto del continente europeo. Por eso es tan importante que reivindiquemos el resultado de las elecciones en Grecia. Porque el debate en toda Europa, ahora mismo, es entre quienes quieren cambiar el sistema económico, porque es injusto, y quienes preferirían transformar el sistema político, porque está empezando a dejar de servir a sus intereses.

Mirar para otro lado

La sobreactuaci??n de algunos medios a la hora de poner el foco sobre el Frente Nacional de Marie le Pen es un buen ejemplo de c??mo, a veces, el periodismo inventa novedades para sobreponerse a lo previsible. El resultado de Le Pen es bueno pero no es nuevo. Su padre ya logr?? convertir, hace a??os, al FN en la tercera fuerza pol??tica de Francia, e incluso logr?? el segundo puesto en la primera vuelta de las presidenciales que acabaron con la carrera pol??tica de Jospin.
Otra cosa es qu?? har??n los votantes del FN el 6 de mayo y si eso va a ayudar o no a Sarkozy. Ah?? s?? hay una noticia. Y tiene mucho m??s que ver con el futuro de Europa que el resultado de la ultraderecha.

En dirección contraria

“El milagro es haber durado tanto cabalgando en dirección contraria. Según las leyes de la física y el manual de uso de este diabólico toro mecánico que es el periodismo actual, deberíamos habernos dejado los morros en el suelo en la primera curva”. La frase es de Javier Vizcaino, uno de los columnistas de referencia del recién desaparecido diario Público, la última y más voluminosa victima de la crisis de la industria periodística. Y resume perfectamente la sensación de los trabajadores del diario y de la inmensa mayoría de sus casi 300.000 lectores después de que, el pasado 24 de febrero, saliese a la venta el número 1.599 del periódico, el último de la edición en papel.

Atrás han quedado cuatro años y casi cinco meses de esfuerzo profesional en el que se han dejado la piel casi 200 profesionales del periodismo capitaneados sucesivamente por Ignacio Escolar, Félix Monteira y Jesús Maraña. Tras ellos, el soporte económico Jaume Roures, un productor de éxito cuya constelación de intereses empresariales gira en torno a Mediapro. Con Público desaparece el intento más serio de innovar en prensa escrita en España de las últimas décadas.

El diario nació declaradamente a la izquierda de El País. Con la voluntad de ser irreverente, de no dejarse nada en el tintero. Tanto a la hora de abordar los contenidos como en el momento de darles forma gráfica, su redacción se propuso desafiar a diario lo establecido, los puntos de vista habituales, las posiciones cómodas. Sin renunciar nunca al rigor informativo, Público se esforzó en ofrecer alimento intelectual a una izquierda huérfana de referentes informativos, aquella que aprendió la transición en los libros de historia y buscaba nuevas referencias morales desde las que combatir a la derecha. Desde ese planteamiento, Público consiguió desde el principio tejer red de complicidades con sus lectores poco común en la prensa española. Una red que tenía mucho que ver con la habilidad de sus máximos responsables a la hora de izar algunas banderas prácticamente abandonadas por la izquierda acomodada. Desde la impunidad de la monarquía a la defensa de la república, pasando por la memoria de la víctimas del franquismo, el grito del 15-M o la denuncia del fraude democrático que supuso la reforma exprés de la Constitución sin consultar a los ciudadanos, por citar solo algunos ejemplos que distinguieron nítidamente a Público del resto de medios de comunicación.

El resultado, en terminos periodísticos, fue sorprendente. Mientras el resto de los periódicos españoles, nacionales y regionales, perdían lectores año tras año, mientras gastaban ingentes recursos en arropar sus ventas con promociones que convierten el producto en un bazar, Público escaló posiciones poco a poco, sin retrocesos, hasta consolidar a finales del año una audiencia de casi 300.000 lectores y desbancar a La Razón como la cuarta cabecera más seguida en en España, sólo por detrás de El País, El Mundo y Abc. Y todo ello, hay que subrayarlo, sin suplementos especiales, con productos culturales (libros y películas) como únicas promociones y renunciando expresamente (fue una de las banderas del diario) a los anuncios de prostitución.

El éxito editorial, sin embargo, no fue acompañado de éxito económico. La intensidad de la crisis, especialmente visible a partir del otoño de 2008, cuando Público tenía apenas un año de vida, le negó el acceso a la cuota los ingresos publicitarios que hubiera conseguido en una situación normal. Los problemas del diario empezaron a hacerse patentes a comienzos de 2011. Ya entonces era evidente que la crisis había achicado el colchón de resistencia de la empresa, diseñado para que el proyecto periodístico aguantase, como mínimo, cinco años. En aquel momento las señales apuntaban a una progresiva recuperación del mercado publicitario. Parecía que, después de tres años de crisis, las cosas empezaban a mejorar. Pero no fue más que un espejismo. A partir del tercer trimestre de 2011 se hizo evidente que el descenso en la que habia entrado la contratación de publicidad no sólo no se iba a corregir sino que seguiría en caída libre. Los planes de ajuste de los periódicos se derrumbaron y todo el mundo se vio obligado a reescribir la hoja de ruta que habían puesto en marcha para navegar en medio de la tormenta.

La inversión global de los anunciantes cayó un 6,5% en 2011, hasta situarse en los 12.061 millones de euros, según las cifras recogidas en el informe anual de Infoadex publicado a finales de febrero, lo que devuelve el volumen de la inversión del sector a niveles de 2003. Y las perspectivas para este año no son buenas. El director del informe, Pedro Villa, advierte que las caídas registradas en los dos primeros meses de 2012 han sido cercanas, en muchos casos, al 20%. El estudio de Infoadex confirma también que la prensa escrita volvió a ceder terreno en 2011, con caídas del 14% y del 4,2% en la inversión publicitaria en diarios y revistas. Internet se consolida como el tercer medio favorito de los anunciantes (tras televisión y prensa) y ya concentra el 16,3% de la inversión total en convencionales, tras crecer un 12,6% en 2011. Según el informe, el volumen de inversión publicitaria fue de 899,2 millones de euros en los medios digitales, lo que representa una mejora del 12,6% con respecto al año anterior. Ha crecido casi un 100% desde 2007, mientras que la inversion publicitaria en los periódicos caía un 50% en el mismo period (de los 1.894,4 millones de 2007 a los 967 de 2011). De seguir a este ritmo, 2012 acabará siendo el primer año en que la publicidad en internet superará a la prensa escrita.

Fue en medio de este contexto desolador que a Público se le acabó el margen. Las dificultades estuvieron a punto de forzar el cierre del periódico en la primavera de 2011. Sólo el buen hacer de su director, Jesús Maraña, en medio del temporal, fue capaz de salvar la situación y abrir una última posibilidad de salvar el periódico. Un plan de viabilidad vinculado a la refinanciación de la deuda y a un durísimo ajuste de la plantilla. La negociación con el comité de empresa se saldó con una treintena de bajas voluntarias incentivadas, en su mayor parte de la redacción. Pero el dinero de los bancos, que también formaba parte del plan, nunca llegó.

En enero ya no había dinero para pagar las nóminas y Mediapubli, ante el riesgo de sufrir un embargo, jugó su última carta: un concurso voluntario de acreedores que le diera margen para seguir buscando una aportación de capital y así asegurase la continuidad de la cabecera. Desde su nacimiento, Roures gastó en torno a 70 millones de euros en el sostenimiento del periódico y se endeudó por al menos otros doce millones. Y dijo basta. O aparecían nuevos socios o tendría que cerrar.

La solicitud de declaración de concurso voluntario de acreedores alegaba tres motivos: “La intensificación de la crisis publicitaria, la profunda transformaci&o
acute;n que está sufriendo el sector de la prensa escrita y las dificultades para acceder a nueva financiación”. El comité de empresa del diario añadió a estos factores una cuarta causa: la “mala gestión de la empresa”.

Las negociaciones no dieron frutos. El 24 de febrero, la empresa confirmó el desenlace. “No ha sido posible lograr esos inversores y por esta razón la compañía se ve obligada, de acuerdo con la administración concursal, a cesar la edición impresa del periódico”. “Han caído otros y, desgraciadamente, continuarán cayendo más”, declaró el propietario de Público. El periódico “funcionaba”, pero, admite, no vio venir “esta crisis, que va a continuar muchos años”. El cierre del papel no alcanza, a fecha de hoy, a la web.

Y ahí que buscar el segundo motivo del fracaso del diario, que ver, precisamente, con internet, y un cambio en el modelo de negocio que nadie ha sabido todavía resolver con éxito. La prueba del nueve es la comparación entre los usuario únicos que ha alcanzado Público.es (5,5 millones) y la audiencia del papel, que según la última oleada del Estudio General de Medio, sumaba 299.698 lectores diarios.

Es necesario tener muy en cuenta esta desproporción. Como subraya el último director de Público, Jesús Maraña, y “una vez asentado que casi nadie está dispuesto a pagar por obtener información y análisis de calidad, las empresas supuestamente periodísticas se marcaron nuevas estrategias suicidas”. Un grave error porque, como él mismo recuerda, hace tiempo que el debate ya no es entre el papel y lo digital. Lo que está en juego es la actividad periodística, que es “lo que verdaderamente corre un serio peligro”, porque nadie, que se sepa, ha sido capaz todavía de “encontrar fórmulas de ingresos que permitan sostener en el mundo digital redacciones capaces de hacer periodismo”, la profesión “que sigue siendo la materia prima de este negocio, como el trigo o el centeno lo son de casi todos los panes”.

El editor, Jaume Roures, señala también el mismo problema. “Teníamos 100.000 lectores en papel y cinco millones de usuarios en Internet. Esa diferencia no es casualidad. El papel tiene un recorrido cada día más corto”, declare poco después de nnunciar el cierre del periódico. “Hoy, con el panorama inundado de iPads no nos hubiérmos planteado sacar un periódico en papel”. “Nos atropelló la crisis económica, se hundió el mercado publicitario y no supimos solucionar el desafío de la web a pesar de tener 5,5 millones de usuarios únicos”, reconoce el subdirector, Manuel Rico. No sirve de Consuelo, pero Rico no tiene ninguna duda: si la publicidad se hubiese mantenido al nivel de antes de la crisis, cuando salió el periódico, Público ya sería retable y seguiría acudiendo a su cita diaria con los lectores.

¿Y la izquierda? Son muchas las voces que también responsabilizan a partidos politicos, sindicatos y organizaciones sociales progresistas de falta de compromiso. Sobre este asunto han hablado también Maraña y Roures. El ultimo director del diario no entra en detalles, pero sí afirma, rotundo, que, “en el complejo universo de la izquierda española, sería deseable una reflexión autocrítica sobre el monolítico panorama mediático”. Roures es más explícito y se queja de la crisis de la propia izquierda, que ha sido incopaz de arropar un diario incómodo para casi todo el mundo, incluidos el PSOE e Izquierda Unida.

“Errores hemos cometido como los cometen todos, pero lo que está en crisis es la información como tal, el propio periodismo, su capacidad de profundidad y de respuesta en esta era en la que todo el mundo se vuelca en lo digital. Público no nació como un negocio”, subraya Roures, “y el hueco que quería crear existe, una información con una base de conocimiento, que nos explique cómo hemos llegado hasta aquí y cómo salimos de aquí, un periodismo que estaba cerca de reivindicaciones como las del 15-M” o de las movilizaciones sociales que arrancaron en Valencia y comienzan a extenderse oor toda España.

Con la desaparición de Público no calla una voz más. Como subrayaron sus trabajadores nada más conocer la noticia del cierre, “supone la pérdida de una voz crítica indispensable para la pluralidad informativa y de pensamiento”. Una plantilla muy identificada con “un punto de vista ideológico que busca denunciar, con rigor y profesionalidad, las injusticias sociales y los efectos de la crisis” en plena recesión económica. Uno de los que mejor ha descrito el significado de Público en el ecosistema informativo español es el periodista norteamericano Jonathan Blitzer. En un artículo reciente publicado por la revista The Nation (Sobre ‘El País’: el futuro no es lo que solía ser), describió el periódico ahora desaparecido como un diario llamado a convertirse en la referencia transformadora de la izquierda en España en la estela del diario de Prisa, que 35 años después de su fundación se ha acomodado al discurso general.

A diferencia de El País, que siempre ha defendido y validado el modelo de la transición española de la dictadura a la democracia, Público ha tenido (tuvo) el valor de abrir la puerta a los conflictos no resueltos de esa misma transición, subraya Blitzer. Público, describe Maraña, “nació con afán de romper algunos moldes en el formato de papel, dispuesto a caminar en paralelo por la revolución digital y, sobre todo, elaborando una materia prima transparente: periodismo honesto, no falsamente neutral ni equidistante, sino comprometido con causas justas desde un progresismo sincero”.

“En cuatro años y medio ha roto ciertos tabúes, ha dadoeco a voces silenciadas por el ruido del discurso único y ha llegado al espacio intergeneracional” de la izquierda. Había en todo ello un punto de desafío, de falta de respeto hacia lo convencional, al pensamiento políticamente correcto. Una etica del trabajo difícil de hallar en un medio al uso. “¿Qué exceso de atrevimiento era ese de tratar de mostrar los trozos prohibidos de la realidad oficial o de prestar a voz a toda suerte de perroflautas, desconformes, tocapelotas y disidentes incluso de sí mismos?”, se pregunta Javier Vizcaíno. “Hasta ahí podíamos llegar. De hecho, hasta ahí hemos llegado”, se responde a sí mismo.

El legado de Público es el de la irreverencia. El de un periódico que fue capaz de desafiar tabúes, de entrar donde nadie quería que se asomasen ojos indiscretos, de hacer las preguntas incómodas. Un testigo impertinente menos en pleno big bang del nuevo thatcherismo español.

(Artículo publicado originalmente en la revista Tempos Novos)

Lecciones del 25M

1. ¿Resiste la izquierda?

El tsunami de la derecha, iniciado en las municipales y autonómicas, ha perdido la mayor parte de su empuje. La marea azul se ha detenido a las puertas de Asturias y Andalucía, desarbolada por las políticas de Mariano Rajoy y, en el caso del Principado, por la experiencia populista de Cascos. Eso no quiere decir, ni mucho menos, que el PSOE se haya rehecho de la catástrofe en la que se ha instalado como partido después de perder todas las elecciones desde 2008. Tampoco anticipa un triunfo de la jornada de huelga general del próximo jueves: el comienzo del descrédito de la derecha no tiene, de momento, más que beneficiarios indirectos (el PSOE está en control de daños). Ni siquiera Izquierda Unida saca partido de parón en seco sufrido por la derecha: su éxito sigue bebiendo del voto que huye de los socialistas.

 
2. ¿Qué dice la izquierda?

El centro de gravedad del voto de izquierdas, el que queda, sigue estando dentro del PSOE pero se ha desplazado claramente hacia Izquierda Unida. Repitámoslo otra vez, por si en el PSOE siguen estando tan eufóricos que no lo ven: el centro de gravedad del voto de izquierdas, el que queda, sigue estando dentro del PSOE pero se ha desplazado claramente hacia Izquierda Unida. La política de la derecha, en España y en toda Europa, está devolviendo, poco a poco, su identidad a la izquierda.

3. ¿Qué significa la alta abstención?

Me encanta cómo la gente se apresura a interpretar las intenciones de los miles de ciudadanos que deciden no acudir a las urnas, cuando la mayoría de ellos ni siquiera tienen, seguramente, intención alguna (yo soy de los que creen que el grueso de los ciudadanos que no acude a votar no lo hace nunca sencillamente porque se siente ajeno a todo el proceso, no en función de una coyuntura específica). En el incremento de la abstención en Asturias y Andalucía nada hay de llamada de atención a los políticos. En el caso andaluz, por ejemplo, es fácil verlo sólo con repasar las cifras de abstención de las autonómicas durante los últimos 25 años: son bajas cuando coinciden con las generales (casi siempre) y altas cuando no (sólo ha pasado tres veces contando el pasado domingo). Las elecciones autonómicas han coincidido con las generales en Andalucía en las cuatro últimas citas, en los años 1996, 2000, 2004 y 2008, mientras que se celebraron por separado en 1982 y 1990. En 1994 coincidieron con las elecciones al Parlamento Europeo, mientras que también fueron junto a las generales en junio de 1986.
Pues bien: la participación del 62,23% se mueve en el entorno de la registrada las dos únicas veces que los andaluces fueron llamados a votar para elegir exclusivamente su Parlamento: el 66,31% en 1982 y el 54,78% en 1990. Cualquier interpretación de la abstención que se limite a comparar las cifras con las generales del 20N está, por tanto, fuera de lugar.

4. ¿Qué debería hacer la izquierda?

Si la izquierda se limita a pensar que con el final del tsunami conservador se han acabado sus problemas, se equivoca. El PSOE (con el permiso de IU) tiene la oportunidad de demostrar que es capaz de hacer las cosas de otra forma y que las promesas de Rubalcaba de los últimos ocho meses no eran la inmensa engañifa electoral que le pareció a la mayoría de los ciudadanos. Si la respuesta a este reto no es adecuada, en términos de prioridades políticas, regeneración democrática, lucha contra la corrupción y transparencia, estarán perdidos. Y los ciudadanos no se lo perdonarán.

 

Perdoádeme se non o entendo

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Perdoádeme se non o entendo.

Como espectador da política galega na distancia, asistín estes días con asombro á culminación do proceso de descomposición que o BNG iniciou hai menos de tres anos, coincidindo coa súa derrota política tras a falida experiencia do Goberno bipartito. Que pasou para que a casa común do nacionalismo galego xa non sirva para abeirar a todo o mundo?

É verdade que hai elementos de xuízo abondo, despois das experiencias dos últimos anos, para soster que a experiencia do BNG como vehículo de expresión política foi un fracaso. A xestión do sorpasso ao PSOE foi incapaz de aproveitar o afundimento do PSOE para consolidar un espazo político maioritario á esquerda do PP. E a actuación no Goberno bipartito estivo lonxe de establecer unha forma de facer política atractiva para novos electores.

É por iso que, a un ano das eleccións autonómicas (hai quen dá por feito que ese prazo se acurtará sensiblemente), tiña a esperanza de que o debate interno no BNG xirase en torno a estas cuestións. E que, ao mesmo tempo, todo o mundo estivese a traballar para construír un discurso alternativo capaz de bater (ou contribuír a bater) a hexemonía insultante do Partido Popular. Vana esperanza.

Lin con atención as propostas que Encontro Irmandiño/Máis Gaiza, dun lado, e Alternativa pola Unidade, por outro, defenderon fai apenas unhas semanas na asemblea nacional do BNG. E por máis que me esforzo, non logro encontrar posicións políticas, económicas ou sociais irreconciliables. Nin sequera diverxentes. Por coincidir, ata defenden enfaticamente a validez do modelo político que arrancou na asemblea de Riazor de 1982. As discrepancias existen, é certo, pero limítanse a aspectos organizativos concretos, todos eles relacionados coa necesidade de garantir o xogo limpo dentro da organización e co modelo para elixir o candidato á Presidencia da Xunta (APU quería primarias de militantes; EI/+G primarias abertas aos cidadáns). Así que debo supoñer que a decisión de EI de abandonar o Bloque non ten que ver coa política e si coa derrota das súas propostas organizativas.

Vaia por diante que a discrepancia neste terreo pode ser (e debe ser, en ocasións), causa abondo para un cisma. O problema é que, neste caso, teño dúbidas de que as propostas organizativas de EI/+G posúan entidade abondo para motivar unha ruptura, polo menos tal e como foron expostas no documento sometido a votación e que acabou rexeitado pola maioría de militantes do Bloque (outra cousa é o que poida esconderse entreliñas: a necesidade de sacudir a organización do dominio da UPG, algo que, de ser necesario, só tería sentido facer democraticamente).

 

Por iso a miña obxección á fractura impulsada por EI non ten que ver co seu dereito a facer o que lles dea a gana. Faltaría máis que non puidesen decidir o seu futuro. O que lamento é que o seu discurso non vaia ás causas. E sobre todo, que aínda non teñan aclarado como pensan cadrar o círculo e facer que o BNG sexa o BNG que eles queren pero fora do BNG.