Al trasluz

Siguen sin entender nada. El Portal de la Transparencia, que apenas deja ver al trasluz, como con desgana, es un buen ejemplo. Se sienten a salvo, convencidos de estar por encima del populacho y no comprenden que la política es servidumbre, igual que el periodismo. Una tarea cargada de deberes y sin apenas derechos.

Por eso siguen ocultando sus privilegios y sus apaños en una maraña de datos diseñada para ser inextricable, ocultos los unos sobre los otros, a menudo disimulados, las más de las veces escondidos en formatos incompatibles con el deber de informar. Todo para mostrarse a sí mismos lo que no son, verdaderos servidores públicos, en la vana esperanza de convencer a los ciudadanos, antes de las elecciones, de que han aprendido la lección.

Y en esa falta de compromiso con la verdad, esa dificultad casi genética del stablishment español a la hora de interiorizar la verdadera naturaleza del servicio público,está su verdadero talón de Aquiles.

No entienden nada. Y por eso se merecen el tsunami que se avecina. 

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Galgos o podencos

rubalcaba

El debate en el PSOE sobre si es mejor celebrar un congreso extraordinario o convocar elecciones primarias ya no importa. Es verdad que, al margen de los propios afectados, es relevante para politólogos, historiadores y nostálgicos; afecta a la segunda fuerza política española, un partido centenario al que el domingo todavía votaron tres millones y medio de personas. Cuando digo que no importa me refiero a la calle, que les da la espalda desde que sus dirigentes prefirieron atender las razones de Estado en vez del clamor de los ciudadanos. En el mundo real no encontrarán a nadie interesado en saber si los socialistas buscan líder por un sistema de voto indirecto o deciden hacerlo en una elección abierta a los simpatizantes. Es una discusión que no tiene nada que ver con lo cotidiano: el desempleo, la corrupción, la injusticia, la falta de esperanza (por cierto: tiene mucho de paradoja que quien sí ha sabido leer las demandas de los ciudadanos se llame precisamente Pablo Iglesias).

Como si de un boxeador sonado se tratase, el PSOE vuelve a la casilla de salida de noviembre de 2011 sin entender qué le está pasando. El propio Alfredo Pérez Rubalcaba renuncia pero le echa la culpa a José Luis Rodríguez Zapatero. Lo que ha ocurrido, dijo el lunes, es que los ciudadanos aún recuerdan lo mal que lo hizo el último presidente socialista. Como si él no hubiese formado parte de su Gobierno; como si él no tuviese ninguna responsabilidad en el año y medio que lleva como secretario general.

¿Responsabilidad él? No tiene culpa de nada, todo ha sido magnífico, desde la conferencia política al manejo de los tiempos. Tan convencido está de lo bien que lo ha hecho que ha decidido perpetuarse en el mando para garantizar un relevo a la antigua usanza, desde arriba, gobernado por el aparato. Para que Susana Díaz, la presidenta andaluza, se haga con el control del partido en un congreso hecho a medida de la única heredera posible. Así es la lógica sucesoria del felipismo. Y vuelta a empezar.

A la vista de los primeros análisis, ni siquiera es seguro que el PSOE haya despertado del letargo en el que vive sumido desde que aceptó aplicar las políticas de la troika. No lo hizo tras el naufragio de 2011 y nada garantiza que vaya a hacerlo ahora. Aunque haya primarias.

Pase lo que pase, el PSOE se ha quedado sin tiempo. Falta un año para las elecciones municipales y autonómicas y poco más de 18 meses para las generales. Por eso el debate interno recuerda tanto a la discusión de las liebres sobre si sus perseguidores son galgos o podencos. ¿De verdad importa?

Quedarse en casa no es inocente

'El cuarto estado' (1891-1901), de Giuseppe Pellizza da Volpedo
‘El cuarto estado’ (1891-1901), de Giuseppe Pellizza da Volpedo

Sí, ya sé que no apetece, que lo que de verdad queremos es programar una excursión de fin de semana y volver sin saber siquiera quién ha ganado las elecciones europeas. Lo escucho cada vez con más frecuencia, a medida que se acerca la fecha de las elecciones: cunden el desánimo y la desafección, especialmente entre quienes más se quejan del callejón sin salida en el que se ha convertido la arquitectura institucional española. ¿Para qué votar el 25M? ¿Qué va a cambiar?

¿Quieres más recortes? 

Si la respuesta es afirmativa, quédate en casa. El PP encabeza las encuestas, pero lo hace por la mínima. Eso significa que puede ganar o perder y que la participación ciudadana será la que decida. Se supone, dicen los expertos, que si la gente acude en masa a las urnas Rajoy lo tendrá más difícil. Y que si los ciudadanos prefieren quedarse en casa (o votar en blanco, que queda mejor pero tiene el mismo efecto), el PP tiene muchas más posibilidades de salir victorioso. 

Pero si los electores castigan a Rajoy, el Gobierno va tener que pensarse, y mucho, hasta dónde lleva la segunda fase del programa de recortes que tiene todavía pendiente. 

Claro que si gana (y ahora mismo van ganando en todas las encuestas, conviene recordarlo) nada podrá impedir que completen hasta el final el desmantelamiento del Estado de bienestar.

¿Te gustaría que el PSOE cambiase? 

Si eres de los que creen que hace falta un partido fuerte de izquierdas y que el PSOE, dos años después de la derrota de 2011, no sólo sigue sin entender lo que le ha pasado sino que continúa instalado en el simbolismo progresista, ahora mismo tienes una gran oportunidad de decírselo. Si el PSOE consigue batir al PP aunque sea por la mínima (sí, ya sé que es poco probable pero puede ocurrir), Rubalcaba y los suyos verán reafirmada la estrategia en la que viven desde hace dos años y medio: cambiar un par de cosas para que todo siga igual. Y esperar a que el péndulo de la política, en el que siguen creyendo a pies juntillas, les ayude a perpetuar el turnismo bipartidista.

¿Y si pierde? ¿Qué pasa si el PSOE pierde? Bueno, no sabemos si aprenderá la lección y será capaz de encontrar el camino de la defensa de los valores de donde procede. Pero al menos habrán dejado a un lado el pasado felipista y, si son listos, lo peor del zapaterismo. Y habrá esperanza. Tal vez no para dentro de dos años, pero sí para dentro de seis, que es mucho más de lo que tenemos ahora.

¿Simpatizas con la Europa de la troika?

No, no te gusta. No lo creo (a mí tampoco). Si te gustara no habrías llegado hasta este párrafo y votarías sin dudarlo a PP y PSOE, las dos caras del sistema que nos ha conducido al desempleo, el rescate de la banca y la patrimonialización de la política.

Pero no basta con que no te gusten la Europa de Merkel, los piratas financieros y la dictadura de los mercados. Tienes (tenemos) que hacérselo saber. A todo el mundo, pero especialmente a las instituciones europeas. Puede hacerse el 25M y depende sólo de que los ciudadanos que durante los últimos años se ha movilizado en defensa de sus libertades y de sus derechos transformen la ira expresada en tantas manifestaciones en una papeleta cargada de significado.

Es verdad, reconozcámoslo, que Izquierda Unida tiene muchos defectos. Pero quizá de los tres grandes partidos sea el menos sospechoso de connivencia con quienes nos han llevado a la ruina económica y al derrumbamiento del sistema de derechos sociales. Es por eso que si el 25M IU logra un buen resultado enviará un mensaje nítido a la troika: eso es, por cierto, lo que van a hacer los griegos, hartos de tanta infamia y de tanta injusticia.

Adivinen, por el contrario, qué mensaje estaremos enviando a los mercados si IU se queda a las puertas de un gran resultado y el bipartisimo sigue reinando sin apenas daños. Casi se pueden oír las risas de los banqueros…

¿Hay vida más allá de la política tradicional?

La respuesta a esa pregunta también está en nuestras manos.

Por la derecha todo es, como siempre, más sencillo. La elección se reduce a UPyD, con ventaja parcial en eso de pescar en el río revuelto de la crisis del bipartidismo; Ciudadanos, una fómula de éxito en Cataluña que, sin embargo, está por ver si obtiene el eco que busca en el resto del Estado; y Vox, ese peculiar ensayo de resurreción de la extrema derecha cuya mera existencia no es sino un indicio más de la decandencia de nuestros sistema político.

Vox es también un buen ejemplo de ese clásico de las europeas: la multiplicación de candidaturas oportunistas que desaparecen de inmediato si fracasan en el intento de hacerse con un escaño en Estrasburgo o que lo hacen años más tarde incapaces de construir a su alrededor una estructura política duradera.

Esta vez, como siempre que los votantes tradicionales de los partidos mayoritarios planean quedarse en casa, hay varias de estas listas con posibilidades de asomar la cabeza en el recuento final. También por la izquierda. Se puede votar a Compromís-Equo, Recortes Cero o Podemos (para saber dónde situar al Partido X primero habría que despejar la incógnita).

¿Representan mejor a la izquierda que IU? ¿Serán más capaces a la hora de defender a los trabajadores, los derechos civiles y los servicios públicos? Aquí también está en nuestras manos responder sí o no.

Recuerda que no votar es tan lícito como hacerlo, pero no es inocente. Como tampoco lo es elegir una papeleta u otra, porque en esa elección nos jugamos impulsar los recortes o ponerles freno, renovar la izquierda o contribuir a petrificarla, hacer frente a la troika o aceptar sus designios,  cambiar de raíz el mapa político para forzar una refundación del sistema o perpetuar el bipartidismo.

Puede que para algunos no sea gran cosa, pero a mí me parece mucho.

 

 

Hay que cambiar de estrategia

Las movilizaciones del 22-M fueron un enorme éxito desde el punto de vista de la logística y una expresión transparente del malestar acumulado por los ciudadanos durante los últimos cuatro años. La protesta, sin embargo, acabó convertida en un gran fracaso desde el punto de vista de la comunicación y esa es la principal lección que sus impulsores deberían aprender.

La violencia de unos pocos, convenientemente amplificada por el aparato del Estado, incluidos sus medios de comunicación afines, ha acabado por imponerse en el espacio público. También en el de la izquierda. El truco del manifestódromo ha acabado por tapar lo sustancial del malestar social. No iba en serio, claro, pero nos ha tenido convenientemente despistados. 

Echar la culpa al poder de los medios industriales de comunicación conformará a algunos pero no servirá para ganar la batalla social. No hay otro escenario; hay que pelear en él.

Lo ocurrido demuestra que no basta con canalizar el malestar: es imprescindible que su visibilidad lo vuelva contagioso en vez de alimentar la impotencia de quienes creen que todo está perdido y siguen mirando con escepticismo la presencia de los ciudadanos en las calles.

¿Qué hacer, entonces? El camino para conseguirlo no es, desde luego, enzarzarse en el estéril debate sobre la violencia; es imprescindible que la protesta marque nítidamente distancia con los alborotadores y que los expulse no sólo de las manifestaciones, también del debate. El éxito del 15-M no sólo fue el resultado de su capacidad de canalizar las demandas de los ciudadanosl sino de su acierto a la hora de mantener alejados a los violentos y hacer de la expresión pacifica de la contestación un emblema capaz de generar nuevas adhesiones.

La izquierda, y no me refiero en este caso a la izquierda organizada políticamente, haría bien aprendiendo que si quiere ganar la partida a la clase dominante tiene que cambiar de estrategia, expulsar a los violentos y mostrar a la sociedad que sufre la crisis y todavía no se moviliza que el camino es ancho y en él hay sitio para todos.

Han ganado

Han ganado.

Las declaraciones sobre la seguridad pública, los disturbios, los grupos organizados de ideología antisistema e incluso el debate acerca de la conveniencia de alejar del centro las protestas sociales han hecho desaparecer del espacio público las demandas de los ciudadanos. Ya nadie habla de ellas y eso constituye un gran éxito de los diseñadores del discurso oficial, ese que trata de convencernos de que el Gobierno nos está sacando de la crisis en la que nos metió Zapatero. Nadie debe despistarse, especialmente a pocos meses de unas elecciones. Los ciudadanos pueden haber ganado en las calles, es verdad, pero el Gobierno ha impuesto su discurso haciéndoles invisibles.

En la estrategia del Ejecutivo y sus aliados es imprescindible silenciar el análisis crítico e invisibilizar a los derrotados por la crisis. Y para eso hace falta construir una representación del enemigo, no importa lo inconsistente que sea. Ahí es donde juegan un papel esencial tanto los inmigrantes subsaharianos que cruzan ilegalmente la frontera, a los que Interior siempre describe con rasgos amenazadores, como los antisistema especializados en quemar contenedores. El hecho de que los primeros sean una minoría de la inmigración ilegal en España (casi todos los extranjeros que entran sin permiso en nuestro país siguen haciéndolo por Barajas, aunque ahora se llame Adolfo Suárez) o que la cifra de los segundos sea ridícula en comparación con los millones de ciudadanos que desde hace cuatro años protestan pacíficamente en España es un detalle menor cuando de lo que se trata es de resucitar los atavismos del miedo. Pregunten en la calle a los ciudadanos que se informan por los telediarios: no les hablarán de la crisis ni de sus culpables sino de las amenazas que el Gobierno ha sabido agitar tan bien ante sus ojos.

Han ganado. Y lo saben. Por eso están tan satisfechos.

Aquí pasou o que pasou

“Aquí pasou o que pasou” (Aquí pasó lo que pasó). La frase la pronunció en sede parlamentaria en Galicia un diputado conservador para explicar, sin más detalles, la revuelta interna que en 1987 tuvo lugar en el Gobierno de la Xunta en un intento de forzar la dimisión del entonces presidente. La expresión hizo fortuna y se incorporó a la cultura popular y política de Galicia como una forma de expresar, en cinco sintéticas palabras, la dimensión autoconclusiva de un acontecimiento de extrema gravedad que se devora a sí mismo sin apenas consecuencias. Un epigrama que expresa, mejor que ningún tratado de filosofía política, la capacidad del sistema de regenerarse digiriendo sus propias contradicciones.

Aquí pasou o que pasou. También en el caso de la marea negra que llenó de chapapote las costas gallegas y puso en evidencia a una administración empeñada en negar la evidencia de lo que estaba pasando, superada por acontecimientos que fue incapaz de prever y que nunca tuvo el valor de asumir la responsabilidad política que le exigían los ciudadanos.

La justicia no ha sido capaz de hallar un culpable. Eso es en sí mismo muy grave, porque lo que sucedió fue de una dimensión extraordinaria. Pero aún si aceptamos como algo inevitable que no haya sido posible encontrar pruebas para condenar penalmente a nadie (lo que resulta en todo caso discutible), lo que no parece de recibo es que los magistrados de la Audiencia se permitan en su fallo elogiar la gestión de la catástrofe. Eso es indigno.

En medio del ruido y de tantas dudas, conviene recordar algunas certezas:

  1. El problema central sigue siendo el tráfico de mercancías peligrosas en el corredor marítimo de Fisterra. Es una evidencia que ni el Gobierno antes ni la Justicia después han podido hacer nada por impedirlo. Una acción internacional coordinada podrá ser capaz de tomar medidas para reducir al mínimo el riesgo de un accidente pero no puede garantizar que no se repita. Cada año navegan frente a Galicia más de 14.000 barcos con mercanías peligrosas: uno cada 40 minutos.
  2. La incapacidad de nuestros políticos a la hora de asumir responsabilidades por la gestión catastrófica del accidente obligó a la sociedad civil a depositar su única esperanza de reparación en la justicia. De ahí la frustración derivada de una sentencia incapaz de hallar en el comportamiento del gobierno reproche penal alguno. Seguramente porque, por mucho que lo que hicieron nuestras autoridades fuese un desastre, no es posible fundar en derecho una condena para castigar una decisión (alejar el barco) si no se puede establecer con certeza y sin lugar a dudas que lo correcto hubiese sido actuar de otra manera (llevarlo a un puerto refugio).
  3. Lo más grave, como señala el fallo judicial, es que a día de hoy seguimos sin contar con un protocolo de actuación debatido y acordado que resuelva el dilema de alejar o abrigar un barco en dificultades cargado de mercancía peligrosa. El debate no puede girar en torno a si un accidente parecido se repetirá; la cuestión crucial es qué haremos cuando ocurra.
  4. La sentencia de la Audiencia basa su decisión en las pruebas presentadas contra los acusados que se sentaban en el banquillo. La pregunta que hay que responder es porqué la justicia española no fue capaz de armar un proceso contra los principales responsables de lo ocurrido: los propietarios del barco, la empresa armadora y la sociedad internacional que certificó que estaba en buenas condiciones para navegar.
  5.  Once años después, lo único que sigue teniendo sentido es el grito de Nunca máis. La indignación social fue entonces la respuesta a la incapacidad de la política a la hora de poner coto a los daños medioambientales y económicos que periódicamente sufre Galicia porque nadie se toma en serio la necesidad de poner freno a la codicia de las petroleras, las navieras y las financieras que se lucran con el mercado de los combustibles fósiles.

La rabia y la indignación reviven en los recuerdos de hace once años. Tal vez la Audiencia no tenga la culpa de no poder condenar a los acusados, pero de lo que no hay ninguna duda es de que no se ha hecho justicia. El chapapote, una vez más, lo ensucia todo.

El PSOE, a lo suyo

A estas alturas del siglo, ya no es una sorpresa para nadie que el encaje constitucional de los territorios con identidad propia, en especial Cataluña y Euskadi, ha sido un fracaso. Y que el riesgo de que la expresión política de sus ciudadanos articule una mayoría capaz de plantear una secesión es muy alto.

Ante la evidencia de que el modelo actual ya no funciona, la conclusión lógica sería que los partidos que forman la columna vertebral del sistema, PP y PSOE, trataran de encontrar una solución válida para todos. Enrocarse en el diseño constitucional nacido la dictadura no creo yo que vaya a acabar con el independentismo; más bien parece que sólo sirve para alimentar los deseos secesionistas de una parte muy importante de los ciudadanos, sobre todo en el caso de Cataluña.

Negar la evidencia es la estrategia del PP y de su líder, Mariano Rajoy, que en esta materia, como en muchas otras, quiere ganar por agotamiento del adversario. A ver si, con el paso del tiempo, cambia el viento y los catalanes se cansan.

El camino elegido por el PSOE es muy diferente, pero no parece mucho más efectivo. Ahora que están en la oposición amagan con abrazar la causa del federalismo y se disponen a debatir y aprobar una propuesta para solucionar las tensiones territoriales en el que hay de todo menos ideas concretas. ¿Por qué? Porque en realidad la suya no es una oferta para los ciudadanos, para el debate público, es una solución orgánica al problema del PSC, su forma de buscar el encaje del socialismo catalán en el PSOE, no de Cataluña en España.

La ausencia de un modelo federal digno de tal nombre en la propuesta del PSOE demuestra que el socialismo español sigue enredado en sus problemas internos. Y nada hace pensar que vaya a salir a corto plazo de ese círculo envenenado.