Pactar por pactar

“Puro teatro; falsedad bien ensayado, estudiado simulacro”. La canción de La Lupe parece escrita para describir la proposición no de ley que PP y PSOE presentarán este jueves en el Congreso y que ambas partes han dado en llamar con pompa indisimulada un “pacto por Europa”. No es sólo por el formato elegido (las proposiciones no de ley son bonitos brindis al sol sin consecuencia política alguna) ni la primera parte del contenido (una vaga lista de demandas que Mariano Rajoy ya tenía previsto defender en la UE y que, en su mayor parte, la Unión ya tiene previsto aprobar). Lo más chusco del acuerdo es que en él PP y PSOE piden nada menos que “asegurar un alto nivel de protección social, proteger los derechos laborales y fomentar los servicios públicos como la educación y la sanidad”. Si esta demanda no es una burla a los ciudadanos, no sé qué lo será.

Las razones por las que PSOE y PP se entregan a esta ceremonia son previsibles: creen que a falta de contenido el pacto es, en sí mismo, una solución. No para la sociedad, por supuesto, pero sí para ellos. Calculan, espoleados por los medios de comunicación que forman parte del establishment,  que pactar es la única manera de salir del agujero de descrédito en el que ellos mismos se han precipitado. Pactar por pactar, con independencia del contenido, porque lo importante, creen, es que los ciudadanos piquen el anzuelo de que los dos grandes partidos están haciendo algo para resolver los problemas.

Puede que lo consigan. Aunque tengo la impresión, entre inquietante y esperanzadora, de que los ciudadanos ya están mirando en otra dirección.

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Hay una manera de poner fin a todo esto

Cuando estalló la crisis nos vendieron un escenario inevitable: todo lo que está pasando, así como lo que hay que hacer para solucionarlo, se rige por leyes que escapan a nuestro control. El sistema ha colapsado y, nos han hecho creer, la única manera de arreglarlo es reducir el peso de lo público (no me gusta el término austeridad; oculta las verdaderas intenciones de los partidarios de la docrina del shock).

Los ciudadanos no somos inocentes; compramos ese discurso. Con resignación, pero lo compramos. Nos creímos culpables de lo que estaba pasando: que no se puede gastar lo que no se tiene, que vivimos por encima de nuestras posibilidades. Apretamos los dientes y aceptamos las explicaciones de nuestros gobernantes porque nos resultaba más fácil mirar para otro lado que enfrentar la realidad. Somos buenos haciendo eso: ya ocurrió cuando las cosas iban bien y nos negamos a ver nubarrones tan evidentes como la burbuja inmobiliaria. ¡Qué demonios!, a nadie le gusta ser un aguafiestas…

Es verdad que, desde que todo empezó, nos hemos movilizado con una intensidad nunca vista desde la transición. Salimos a la calle a protestar por el recorte de los sueldos públicos, por la banalización del despido, por la destrucción de la sanidad y de la educación (los dos pilares de la igualdad, el tejido estructural de la democracia). Pronto saldremos a defender las pensiones y lo haremos con energía aunque, seguramente, cansados ya de tanta manifestación aparentemente inútil, lo hagamos ya sin esperanza.

La protesta no ha dado pie a la violencia. Es un milagro para el que casi nadie tiene explicación. Y una ventaja, sin duda, porque a la vista de nuestra historia no parece un camino muy prometedor, especialmente si existen alternativas.

Si nada de eso funciona, ¿qué nos queda entonces?

Hay una manera de poner fin a todo esto. Una bomba atomica en poder de la gente, tal y como acertadamente la definió en el último programa de Salvados el exministro José María Maravall: el voto de los ciudadanos. Un arma definitiva para enfrentar a los políticos corruptos y a los banqueros incívicos. Una forma de ponerles fuera del sistema y hacerles ver que no son nadie sin la sociedad, que la refundación del sistema, la transformación de la democracia representativa en una democracia participativa, es tan inevitable como imprescindible.

Tenemos el arma, los votos, y se avecina además la ocasión perfecta. Dentro de un año los ciudadanos de España (y los del conjunto de la Unión Europea) podrán decir alto y claro si quieren seguir como hasta ahora, jugando con una baraja marcada, o si, por el contrario, es hora de cambiar las reglas del juego.

Hay que aprovechar esta oportunidad porque, como recordaba Ignacio Sánchez-Cuenca en un celebrado artículo publicado por infoLibre. “No deja de ser curioso que la gente dirija sus quejas a los partidos y a las instituciones españolas, cuando buena parte del problema reside más arriba, en las reglas de funcionamiento del euro y en las políticas que marcan los países del norte”. Dentro de un año toca precisamente votar en el ámbito donde está el origen de buena pare de la crisis que estamos sufriendo.

Esta vez, además, no valen excusas: la circunscripción única, en el caso de España, garantiza una representatividad política muy superior a la de unas elecciones legislativas, en las que el voto de las minorías se diluye en 52 provincias y favorece a los partidos mayoritarios. Esta vez también habrá Ley d’Hondt, es verdad, pero sus consecuencias sobre las minorías serán mucho más matizadas.

Tampoco debería funcionar la coartada del voto pendular al que durante treinta años se han acogida PP y PSOE, porque ambos partidos han demostrado ser parte del problema. Aplican las mismas soluciones, así que no cabe esperar que ninguno de ellos obtenga el beneficio de la duda. Es verdad que los conservadores interpretan sin prejuicios su papel de brazo armado del sistema y que a los socialistas a veces se les nota la mala conciencia. Pero al final, a la hora de la verdad, las consecuencias de sus acciones son tremendamente parecidas.

Por eso no extraña en absoluto que en la sociedad haya empezado a echar raíces un anhelo de transformación.  Como afirmaba José Juan Toharia hace pocos días en en el blog que Metroscopia tiene en El País, “una amplia mayoría (70%) anhela la aparición de nuevos partidos o formaciones políticas, perdida ya —al parecer— la esperanza de que los actuales logren regenerarse y funcionar de forma distinta a como lo están haciendo. Por otro lado, también siete de cada diez españoles (…) creen que lo mejor que los distintos movimientos ciudadanos (como 15-M, PAH, y las mareas ciudadanas) pueden ahora hacer es constituirse en formaciones políticas y disputar los votos a los actuales partidos”.

Los movimientos sociales, así como las formaciones políticas no contaminadas por el acartonamiento del sistema (entre las que destaca muy especialmente Izquierda Unida), tienen un año para fraguar alternativas capaces de poner patas arriba el sistema. Hace falta que alguien abra las ventanas del edificio común porque el aire es irrespirable. Es una tarea histórica.

El bipartidismo tiene que entender que no va a salir de esta sin cambiar el sistema político. Y si no lo entiende por si mismo, hay que hacérselo entender en las proximas elecciones europeas. Sólo si PP y PSOE reciben un mensaje definitivo por parte de los ciudadanos entenderán que el modelo político del que han vivido durante 30 años ya no sirve. Y que es imprescindible llevar a cabo una verdadera transición democrática basada en la transparencia, el control público, la división de poderes, la participación ciudadana, el fin de los privilegios, la separación iglesia-Estado…

Las encuestas (la de El País de este domingo, sin ir más lejos) demuestran que para un 52% de los ciudadanos las próximas elecciones europeas son “muy o bastante importantes”.

Salir a la calle está bien y es importante seguir haciéndolo, mostrarle al Gobierno (y a las instituciones en general) que la sociedad no se resigna. Pero después hay que votar porque esa es la única manera definitiva de echarlos del sistema. Tan sólo haced un ejercicio de imaginación, da igual lo inverosímil que os parezca: imaginad un país en el que las decisiones políticas y sociales no dependan ni del PP ni del PSOE, al menos no en exclusiva. Ahora abrid los ojos.

Tenemos los medios y tenemos la oportunidad. Aprovechémoslos. Es la hora de sentar las bases de un país nuevo.

Se acabó el tiempo de los disfraces

La moderación no está hecha para las crisis económicas. Los justos medios, el posibilismo, la navegación previsible siguiendo la ruta trazada por los poderes económicos que realmente deciden, no son compatibles con la desesperanza, el desempleo de millones de personas, la pobreza creciente y la destrucción de las redes públicas de atención social. Tampoco, por supuesto, con la corrupción. Así que no es de extrañar que corran malos tiempos para las medias tintas, para los políticos huidizos y para aquellos especializados en amagar y no dar.

Es por eso que el PSOE se hunde e Izquierda Unida crece. Pero también ese es el motivo por el que en el Partido Popular aumenta la estupefacción ante la cada vez más evidente incapacidad de Mariano Rajoy para hacer frente a una situación económica que le supera. El precedente de su antecesor en el cargo, José Luis Rodríguez Zapatero, devorado por los acontecimientos, se aparece como un fantasma a los dirigentes del PP, conscientes de que se acerca la mitad de la legislatura sin que haya señales de luz al final del túnel. Y los barones territoriales, especialmente los que tienen mando en plaza, están aún más nerviosos porque la parálisis de Rajoy, la política de esperar y ver si escampa, amenaza con dejarles a la intemperie cuando vuelvan a celebrarse elecciones autonómicas.

Ese es el caldo de cultivo desde el que hay que entender la estrategia de Esperanza Aguirre y de José María Aznar. Más allá de su voluntad (y de sus posibilidades reales) de organizar una revuelta contra Rajoy, ambos dirigentes son un síntoma de lo que se avecina. Un pulso entre la derecha pura y dura y la tibia política-del-sentido-común que representa el actual presidente del Gobierno. El neoliberalismo más ortodoxo pide paso para hacerse con el control del PP antes de que sea demasiado tarde y las elecciones de 2015 barran del mapa el bipartidismo. Se acaba el tiempo de los disfraces.

El triunfo del 15M

Hoy habrá quien diga que el 15M ha perdido la batalla. Que se ha desinflado. Que no le quedan fuerzas para seguir movilizándose. Que sus seguidores se han agotado para nada, porque la situación de España en estos momentos es mucho peor que hace dos años, cuando la gente tomó las calles y exigió un cambio.

Será, como poco, una conclusión apresurada. Primero, porque sólo se puede llegar a ella si se piensa que el potencial de transformación social de los indignados estaba en la ocupación del espacio público y no en un profundo cambio en la mentalidad de los ciudadanos. A algunos parece que les gustaría que el 15M siguiese acampado en Sol. Y que el movimiento hubiese desembocado en una utópica versión de la Christiania danesa muy del gusto de turistas bienintencionados. Si así fuese, para ellos sería todo mucho más fácil, acostumbrados como están a pensar que la democracia representativa es la única posible.

Pero están en un error. El éxito de 15M nunca ha dependido de su capacidad de ocupar calles y plazas sino de la consolidación del cambio que desde hace dos años se está produciendo en la forma de pensar del conjunto de la sociedad española. Sin el 15M no es posible explicar que el sistema político nacido de la transición esté boqueando, incapaz de resolver desde los problemas sociales a la asfixiante corrupción.

¿Quieren saber dónde está el éxito del 15M? Pueden verlo en las encuestas de intención de voto que este domingo han publicado El País y El Mundo. La muerte del bipartidismo es una victoria de los indignados. Su discurso ha sido asumido por el conjunto de los ciudadanos, cada vez menos dispuestos a volver a confiar en PP y PSOE. Se puede ver en el ascenso de la izquierda, representada por IU, en la aceptación creciente (y a mi modo de ver peligroso) del discurso neocentralista de UPyD y en el auge de formaciones alternativas como Equo.

Los partidos tradicionales despreciaron al 15M porque no se tradujo de forma automática al sistema electoral, no tuvo consecuencias directas en los resultados de las elecciones locales ni en las generales de 2011. Veremos si siguen pensando lo mismo cuando los pronósticos de las encuestas dejen de ser hipótesis sociológicas y se traduzcan en un inmenso voto de castigo contra el PP y el PSOE en las elecciones europeas del próximo año. Tal vez entonces, cuando se vean superados por los acontecimientos, terminen por entender qué significaba el grito de “No nos representan”.

La indignidad de Feijóo

Por si las fotos de Alberto Núñez Feijóo publicadas por El País con el contrabandista y narcotraficante Marcial Dorado no fuesen suficientemente graves, el presidente de la Xunta parece empeñado en empeorar la situación con explicaciones que ofenden el sentido común.

Primero insinúa que fue un pecadillo de juventud, porque en aquel entonces apenas tenía… 34 años. Sí, han leído bien, 34 añazos y una carrera política de altura de la mano de José Manuel Romay Beccaría. Su mal sentido para las amistades no le impedía, al parecer, ocupar el número dos de la Consellería de Sanidade de la Xunta ni hacerse cargo del desaparecido Insalud cuando José María Aznar ganó sus primeras elecciones.

Después, asegura que Dorado no había sido condenado todavía por narcotráfico. Que hubiera sido detenido en dos ocasiones por contrabando de tabaco, la segunda de ellas en el marco de la sonada Operación Nécora, debió parecerle un detalle menor. Como si en Galicia no hubiese muerto definitivamente la comprensión de los años ochenta con los importadores del Winston de batea. Además, alega, pese a que los periódicos se ocupaban con frecuencia de los turbios negocios de Dorado, a él le habían dicho que “ya no se dedicaba al contrabando”.

Si fuese verdad, no se lo pierdan, Feijóo sería la única persona de Galicia que no sabía de los negocios ilegales del contrabandista. O miente o no dice la verdad. Como le ocurría a Mato con el Jaguar de su marido, al hoy presidente de la Xunta no se le ocurrió  preguntarse, siquiera para sus adentros, de dónde salían los yates, las mansiones y los viajes. Cuánta ingenuidad.

Pensarán quienes acaben de caerse de un guindo que Feijóo es un tipo de buen talante, incapaz de pensar mal de los demás. Que sinceramente creía que se trataba de un probo empresario injustamente tratado por la prensa y por ese juez con nombre de rey mago que ya sabemos todos cómo ha acabado. Pues quienes acepten ese discurso, que sepan que el mismo Feijóo al que ahora todo esto le parece normal, pidió la dimisión de Anxo Quintana en la campaña que le dio la Presidencia de la Xunta en 2009 por unas fotos en las que el líder nacionalista salia en la cubierta del yate de un conocido empresario de la construcción.

Quien no tuvo piedad, ni pudor, ni escrúpulos para pedir la cabeza de Quintana quiere ahora comprensión para él. Pues no la va a tener. Conservará la Presidencia, eso seguro, porque no piensa dimitir. Pero ya ha perdido la dignidad.   

El imperio de la superstición

No es para echar cohetes, la verdad. Lo que tenemos, más allá de doscientos años de ilustración, es un Estado sumiso ante la última teocracia de Europa que insiste en validar la investidura de su presidente ante la estatua de un hombre crucificado. Un Estado no confesional que, no nos engañemos, se permite el lujo de prohibir una modesta manifestación contra el imperio de la superstición.

Dice la Delegación del Gobierno que constituye una “provocación”. Sí así fuera, ¿no lo serían también los pasos que durante varios días invaden las calles con su imaginería bizarra y su celebración de la sangre? ¿No deberían atenderse también los derechos de quienes podemos sentirnos “provocados” por la exhibición pública de la ignorancia científica y la aclamación del ocultismo?

Me dirán que es una tradición, como las fallas o el cocido. Y lo aceptaré en esos términos. Será, eso sí, cuando deje de enseñarse en las escuelas y de usarse para engrasar privilegios desde la administración. La religión debe tener tanto sitio en la enseñanza y en las instituciones españolas como la astrología. Y no me digan que no hace daño a nadie: someterse a la rendición intelectual del creacionismo es mucho más fácil si antes aceptamos, por la buenas,.la política de mantillas y las reverencias ante la cabeza visible de una iglesia que discrimina a las mujeres, gobierna de forma autoritaria su país y protege a los pederastas.

Dentro del barril

Hay tres cosas que el PSOE debería evitar si quiere volver a jugar algún día un papel relevante en esto de la política. Son sencillas; no es necesario organizar conferencias políticas ni reuniones de alto nivel para llevarlas a la práctica. A lo mejor no evita que sigan perdiendo votos, pero al menos hará que se sientas más cómodos cuando se levanten por las mañanas.

  1. No escuchar a los militantes. Esto es feo, muy feo. Un partido que teme oír la voz de sus bases no puede llamarse a sí mismo democrático. Que la preocupación de la Ejecutiva sea cortar de raíz cualquier intento de convocar primarias demuestra hasta qué punto entienden el ejercicio del poder como una trinchera.
  2. Creer que la credibilidad se fabrica. A ver, que los ciudadanos son más inteligentes que eso. La credibilidad, efectivamente, no llama a la puerta, no se diseña artificialmente, no se compra en floristerías ni se subcontrata a consultorías de moda. La credibilidad se gana cada día pero, ojo, difícilmente se recupera. Y si la has perdido, porque has formado parte de gobiernos que la dilapidaron, lo mejor que puedes hacer es echarte a un lado y no molestar para que otros, sobre los que no pesen hipotecas, puedan construir nuevos liderazgos.
  3. Adaptarse a la demanda. Escríbanlo mil veces, hasta entenderlo: la política no es un mercado en el que sólo importa ganar. Si un partido tiene que encargar sus propuestas a un think tank es que algo muy de fondo no funciona. La peor política nace de quienes defienden lo que creen que la gente quiere escuchar, no lo que debería nacer de las propias convicciones. Crece gracias a quienes se adaptan en busca de apoyo en vez de permanecer fieles al ideario que dicen respaldar. Y engorda con ayuda de dirigentes dispuestos a salir a defender lo mismo y lo contrario, sin pestañear. 

La dirección del PSOE no sabe qué hacer con sus militantes, no tiene credibilidad y no tiene idea de qué proponer a los ciudadanos. El conflicto con los socialistas catalanes y gallegos y el esperpento de Ponferrada son buenos ejemplos de ello.

Queda mucha pendiente. Y Rubalcaba parece cómodo dentro del barril, rodando cuesta abajo sin entender nada y fiándolo todo a llegar entero al fondo del barranco.