La indignidad de Feijóo

Por si las fotos de Alberto Núñez Feijóo publicadas por El País con el contrabandista y narcotraficante Marcial Dorado no fuesen suficientemente graves, el presidente de la Xunta parece empeñado en empeorar la situación con explicaciones que ofenden el sentido común.

Primero insinúa que fue un pecadillo de juventud, porque en aquel entonces apenas tenía… 34 años. Sí, han leído bien, 34 añazos y una carrera política de altura de la mano de José Manuel Romay Beccaría. Su mal sentido para las amistades no le impedía, al parecer, ocupar el número dos de la Consellería de Sanidade de la Xunta ni hacerse cargo del desaparecido Insalud cuando José María Aznar ganó sus primeras elecciones.

Después, asegura que Dorado no había sido condenado todavía por narcotráfico. Que hubiera sido detenido en dos ocasiones por contrabando de tabaco, la segunda de ellas en el marco de la sonada Operación Nécora, debió parecerle un detalle menor. Como si en Galicia no hubiese muerto definitivamente la comprensión de los años ochenta con los importadores del Winston de batea. Además, alega, pese a que los periódicos se ocupaban con frecuencia de los turbios negocios de Dorado, a él le habían dicho que “ya no se dedicaba al contrabando”.

Si fuese verdad, no se lo pierdan, Feijóo sería la única persona de Galicia que no sabía de los negocios ilegales del contrabandista. O miente o no dice la verdad. Como le ocurría a Mato con el Jaguar de su marido, al hoy presidente de la Xunta no se le ocurrió  preguntarse, siquiera para sus adentros, de dónde salían los yates, las mansiones y los viajes. Cuánta ingenuidad.

Pensarán quienes acaben de caerse de un guindo que Feijóo es un tipo de buen talante, incapaz de pensar mal de los demás. Que sinceramente creía que se trataba de un probo empresario injustamente tratado por la prensa y por ese juez con nombre de rey mago que ya sabemos todos cómo ha acabado. Pues quienes acepten ese discurso, que sepan que el mismo Feijóo al que ahora todo esto le parece normal, pidió la dimisión de Anxo Quintana en la campaña que le dio la Presidencia de la Xunta en 2009 por unas fotos en las que el líder nacionalista salia en la cubierta del yate de un conocido empresario de la construcción.

Quien no tuvo piedad, ni pudor, ni escrúpulos para pedir la cabeza de Quintana quiere ahora comprensión para él. Pues no la va a tener. Conservará la Presidencia, eso seguro, porque no piensa dimitir. Pero ya ha perdido la dignidad.   

El imperio de la superstición

No es para echar cohetes, la verdad. Lo que tenemos, más allá de doscientos años de ilustración, es un Estado sumiso ante la última teocracia de Europa que insiste en validar la investidura de su presidente ante la estatua de un hombre crucificado. Un Estado no confesional que, no nos engañemos, se permite el lujo de prohibir una modesta manifestación contra el imperio de la superstición.

Dice la Delegación del Gobierno que constituye una “provocación”. Sí así fuera, ¿no lo serían también los pasos que durante varios días invaden las calles con su imaginería bizarra y su celebración de la sangre? ¿No deberían atenderse también los derechos de quienes podemos sentirnos “provocados” por la exhibición pública de la ignorancia científica y la aclamación del ocultismo?

Me dirán que es una tradición, como las fallas o el cocido. Y lo aceptaré en esos términos. Será, eso sí, cuando deje de enseñarse en las escuelas y de usarse para engrasar privilegios desde la administración. La religión debe tener tanto sitio en la enseñanza y en las instituciones españolas como la astrología. Y no me digan que no hace daño a nadie: someterse a la rendición intelectual del creacionismo es mucho más fácil si antes aceptamos, por la buenas,.la política de mantillas y las reverencias ante la cabeza visible de una iglesia que discrimina a las mujeres, gobierna de forma autoritaria su país y protege a los pederastas.

Dentro del barril

Hay tres cosas que el PSOE debería evitar si quiere volver a jugar algún día un papel relevante en esto de la política. Son sencillas; no es necesario organizar conferencias políticas ni reuniones de alto nivel para llevarlas a la práctica. A lo mejor no evita que sigan perdiendo votos, pero al menos hará que se sientas más cómodos cuando se levanten por las mañanas.

  1. No escuchar a los militantes. Esto es feo, muy feo. Un partido que teme oír la voz de sus bases no puede llamarse a sí mismo democrático. Que la preocupación de la Ejecutiva sea cortar de raíz cualquier intento de convocar primarias demuestra hasta qué punto entienden el ejercicio del poder como una trinchera.
  2. Creer que la credibilidad se fabrica. A ver, que los ciudadanos son más inteligentes que eso. La credibilidad, efectivamente, no llama a la puerta, no se diseña artificialmente, no se compra en floristerías ni se subcontrata a consultorías de moda. La credibilidad se gana cada día pero, ojo, difícilmente se recupera. Y si la has perdido, porque has formado parte de gobiernos que la dilapidaron, lo mejor que puedes hacer es echarte a un lado y no molestar para que otros, sobre los que no pesen hipotecas, puedan construir nuevos liderazgos.
  3. Adaptarse a la demanda. Escríbanlo mil veces, hasta entenderlo: la política no es un mercado en el que sólo importa ganar. Si un partido tiene que encargar sus propuestas a un think tank es que algo muy de fondo no funciona. La peor política nace de quienes defienden lo que creen que la gente quiere escuchar, no lo que debería nacer de las propias convicciones. Crece gracias a quienes se adaptan en busca de apoyo en vez de permanecer fieles al ideario que dicen respaldar. Y engorda con ayuda de dirigentes dispuestos a salir a defender lo mismo y lo contrario, sin pestañear. 

La dirección del PSOE no sabe qué hacer con sus militantes, no tiene credibilidad y no tiene idea de qué proponer a los ciudadanos. El conflicto con los socialistas catalanes y gallegos y el esperpento de Ponferrada son buenos ejemplos de ello.

Queda mucha pendiente. Y Rubalcaba parece cómodo dentro del barril, rodando cuesta abajo sin entender nada y fiándolo todo a llegar entero al fondo del barranco.

 

 

De qué va todo esto

La verdad es simple. Podemos saber más o menos de ella, pero no está en su naturaleza adoptar formas diferentes, aunque cada vez más gente crea que hay tantas verdades como puntos de vista (estoy pensando en esos seres humanos estrafalarios que, un día sí y otro también, inundan las cadenas de televisión con entrevistas a pecho descubierto en las que se disponen a contar su verdad, como si hubiese varias). Otra cosa, claro, es que estemos en situación de conocerla. O que sea fácil llegar hasta ella. A menudo es complicado y eso nos hace vulnerables a las medias verdades, imperfectas pero mucho más fáciles, e incluso a la mentira, siempre dispuesta a acomodarse en nuestro interior a poco que relajemos la vigilancia.

Porque es más fácil aceptar lo que parece, sin hacer preguntas, o simplemente dar por bueno lo que más nos conviene porque apuntala los cimientos de nuestras creencias aunque el suelo sobre el que se asienten sean simples arenas movedizas.

La verdad, si fuese asequible, pertenecería al territorio de las cosas blancas o negras que, una vez establecidas, permanecen a salvo del debate. Como la libertad o la solidaridad, dos nociones que nadie sensible a las leyes de la razón puede honestamente discutir.

Lo malo de la verdad es que no suele adoptar el formato de lo indiscutible y, con frecuencia, se pierde en las zonas grises del conocimiento, de la moral o de la razón. Aunque nos sea imprescindible.

De ese asunto va, en el fondo, el periodismo. Y también este blog. Aquí hablaremos de ello, porque la vida está llena de zonas grises, de lugares en los que, a falta de referencias claras, es necesario escarbar en direcciones a menudo opuestas para encontrar una senda que nos dé perspectiva. Y nos haga dueños de nuestro destino.

La honestidad de mirar al pasado

Quienes hoy opinan con alegría colonial sobre la Venezuela de la corrupción, de la delincuencia, de la debilidad de las instituciones democráticas, de la pobreza o de cómo el chavismo ha malgastado los recursos que genera el petróleo, deberían tener la honestidad de mirar un poco más atrás. A la época en la que Venezuela estaba gobernada por un sistema bipartidista rendido a la oligarquía, la misma que ahora celebra con champán la muerte del presidente. Un modelo que no supo (o no quiso) construir una sociedad moderna a partir de la democracia más antigua de América Latina.

Carlos Andrés Pérez, del lado supuestamente socialdemócrata, y Rafael Caldera, desde la orilla conservadora, son los mejores exponentes de las dos caras de un sistema que durante años ignoró las necesidades de la sociedad venezolana. Ninguno de ellos entendió lo que estaba pasando, a pesar de las señales evidentes que bajaban de los cerros.

Entender a Hugo Chávez (sus luces y sus sombras) y, sobre todo, comprender su respaldo popular, exige examinar ese pasado (algunos en España, por cierto, deberían darse cuenta de que aquí pasa algo de lo mismo: el desgaste irreversible de un modelo político que sólo puede conducir a la ruptura).

Lo demás es pura y simple demagogia.

Ha pasado un año

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La última portada

Hace un año de cierre del diario Público.

No soy mucho de mitos ni de funerales, pero el tiempo que trabajé en su redacción forma parte del capítulo de mis mejores experiencias haciendo periodismo. Hoy no serán muchos los que recuerden que aquel diario iluminó durante varios años una profesión demasiado acomodada y sacudió –he ahí una de las funciones más importantes de esta profesión– algunos tabúes de una democracia sometida desde hace demasiado tiempo al control de los más poderosos.

Se dirá que no todo fueron aciertos y será verdad. Pero la valentía de aquel diario, su impertinencia a la hora de mirar la realidad y, sobre todo, su compromiso con los valores del periodismo clásico brillan mucho más que los errores. Si se interpela a los ciudadanos, tengo para mí que, sin ser del todo conscientes de ello, serán muchos quienes se reconozcan en la ausencia de ese modelo de periodismo comprometido, sobre todo en estos tiempos de discurso único, de bancos rescatados y seres humanos desahuciados, de derecha rampante, de vientos de transición o, mejor aún, de ruptura. Yo, desde luego, me siento entre quienes lo echan en falta, no sólo como periodista sino, sobre todo, como lector.

Pero ha pasado un año. Y en ese tiempo, un grupo de periodistas decidimos sobreponernos a las ruinas de aquella redacción y no resignarnos a dejar de ejercer el periodismo en el que creemos. Yolanda González, Juan Carlos Ortiz, Manuel Rico, Jesús Maraña y yo mismo hemos trabajado durante meses para dar forma a un nuevo diario, fundado sobre las bases del periodismo tradicional pero blindado a las dependencias de las grandes corporaciones. Un proyecto tejido con los mimbres del universo digital y, gracias a ellos, basado en un compromiso directo con los lectores. Un sitio web al que hemos atraído la complicidad de Edwy Plenel y su diario digital Mediapart, de la editorial Edhasa y de un un grupo de periodistas procedentes del diario El País, de El Mundo y de RTVE con la intención de crear nuestro sueño: un medio capaz de hacer público lo necesario en el que no haya espacio para las concesiones que, cada vez más, emborronan el periodismo que practican los grandes medios de la industria informativa tradicional.

Hace un año de la publicación del último número de Público. Y el azar ha querido que sea ahora, precisamente, dentro de sólo unos días, cuando pongamos a disposición de los lectores infoLibre, el diario digital con el que queremos ganarnos la complicidad de los ciudadanos garantizándoles información libre e independiente, un bien tan imprescindible como escaso en estos días de ruido y de furia.

A infoLibre pertenece, desde ya, este blog. Nos vemos aquí.

Feijóo contra Rajoy

 

(Versión en castellano; a continuación figura la versión en catalán publicada en el diario Ara el 25 de septiembre)

 

El presidente de la Xunta marca drásticas distancias con su jefe de filas para evitar que la ola de descrédito del Gobierno español se lo lleve por delante

 

El sábado ya no quedó ninguna duda. Ese día el presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, uno de los barones conservadores más fieles al jefe del Gobierno de España, evitó salir en la misma foto que Mariano Rajoy. Mientras el inquilino de la Moncloa protagonizaba un mitin en Ourense, él prefería presentar a sus candidatos por la provincia de A Coruña. Perfil bajo frente a prime time. 

Desde que decidió anticipar las elecciones autonómicas al 21 de octubre, el mayor adelanto de la historia democrática gallega, Feijóo huye de Rajoy como de la peste. Sabedor de que los planes del presidente para los próximos meses incluyen nuevos recortes y, seguramente, la solicitud de un rescate a la Unión Europea que certificará el fracaso de su política para hacer frente a la crisis, el candidato del PP a la reelección quiere evitar que la campaña electoral se convierta en un plebiscito sobre los recortes del Gobierno central. Prefiere que el debate se centre en Galicia y, sobre todo, en el recuerdo de los peores momentos del bipartito PSOE-BNG que ocupó la Xunta entre 2005 y 2009. Feijóo es consciente de que su gestión, más allá del factor austeridad, es muy limitada y por eso dirige todo su esfuerzo de campaña a intentar desacreditar la posibilidad de un gobierno alternativo que necesariamente tendría que pasar por una nueva alianza PSOE-BNG en la que, según las encuestas, tal vez habría que hacer hueco a Esquerda Unida, la marca gallega de IU a la que por primera vez se ha sumado un sector del nacionalismo. Un “lío” a tres bandas, repiten los conservadores siempre que tienen ocasión.

El hombre que anticipó las políticas de recortes que luego aplicaría Rajoy en todo el Estado es el mismo que meses antes del estallido de la crisis justificaba el gasto de casi 500 millones de euros en la Cidade da Cultura, una obra gigantesca concebida por Manuel Fraga para seguir la estela del Guggenheim de Bilbao o la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia que sólo se ha completado parcialmente, apenas recibe visitantes y en Galicia se ha convertido en el símbolo del despilfarro. El mismo que ganó las elecciones de 2009 prometiendo crecimiento económico y empleo y que hoy gobierna un territorio en recesión (prácticamente el 1%) y con más paro que nunca. De hecho, la evolución negativa de la economía gallega, sometida al efecto combinado de la austeridad y de la crisis desde mucho antes que el conjunto del Estado, ha hecho desaparecer la ventaja comparativa que tenía Galicia en términos de desempleo: en estos años la tasa de paro aumentó en Galicia un 67%, prácticamente el doble que en España (35%). 

El balance económico es malo y a él al hay que añadir el incumplimiento de su promesa de bajar impuestos, además del visible deterioro de la sanidad y la educación como consecuencia de los recortes. Por eso Feijóo tiene dificultades para que los ciudadanos le crean cuando sostiene que si gana el 21-O, ahora sí, creará empleo. No en vano todo el mundo tiene muy presente que apostó por fusionar las cajas gallegas en un sólo proyecto en un proceso plagado de sombras que ha acabado por contaminar de activos tóxicos todo el sistema financiero gallego. La nueva caja, que el presidente de la Xunta ‘vendía’ como un éxito personal, se asoma ahora a la liquidación.

Con todo, el PP se sabe el partido hegemónico en Galicia. Siempre gana las elecciones y sólo pierde el Gobierno de Galicia cuando no consigue mayoría absoluta. Feijóo es consciente de que lo único que puede privarle de un segundo mandato es que una parte de sus votantes (no tienen que ser muchos; bastaría con una cifra relativamente pequeña) se queden en casa el 21 de octubre. Esa es la razón por la que quiere evitar que la campaña se convierta en un plebiscito sobre Rajoy y agita el fantasma de una Xunta ingobernable con presencia de hasta tres partidos.

Y es también el motivo por el que, en las filas conservadoras, han saltado todas las alarmas con la irrupción en las elecciones del experimento político protagonizado por Mario Conde. El empresario y comentarista de Interconomía, condenado por apropiación indebida y estafa, se presenta bajo las siglas Sociedad Civil y Democracia (SCD) y, aunque es dudoso que consiga alcanzar el 5% exigido para entrar en el Parlamento, sí puede restar al PP una parte de los votos que necesita imperiosamente para continuar en el poder.

Pero la candidatura de Mario Conde no es la única novedad del 21-O en Galicia. Por la izquierda, el BNG se enfrenta a su primera prueba de fuego después de sufrir la escisión de una parte de sus dirigentes, el más notable de los cuales es Xosé Manuel Beiras, el catedrático de Economía que fue su cara visible entre 1987 y 2003. La mayoría de disidentes dejaron el Bloque en enero después de perder la Asamblea Nacional celebrada en Santiago en una votación que confirmó a Guillerme Vázquez como líder de la organización y a Francisco Jorquera, hasta ahora portavoz en el Congreso, como candidato a la Xunta. Sometidos a la urgencia de presentarse a las elecciones, los seguidores de Beiras, que históricamente siempre rechazaron cualquier alianza electoral con fuerzas no exclusivamente gallegas, suscribieron un acuerdo in extremis con Esquerda Unida, la marca gallega de IU. La ‘Syriza gallega’, como ha presentado EU el proyecto, rebautizado como Alternativa Galega de Esquerdas (AGE), ha ce
dido el número uno por A Coruña al propio Beiras en un intento de sumar voto nacionalista al buen resultado que las encuestas ya les auguraban en solitario gracias a la inercia de IU en el conjunto del Estado.

Con todo, la rentabilidad de esta estrategia está por ver, porque algunos estudios de opinión sugieren que la fortaleza del voto nacionalista permitirá al BNG salir de esta situación sin sufrir daños graves. Otras encuestas, sin embargo, como las publicadas a comienzos de septiembre por el diario ‘La Voz de Galicia’, que apoya expresamente a Feijóo, parecen dar la razón a la ‘Syriza gallega’ al situarla en el entorno de los tres escaños. Aunque, globalmente, no mejoraría la influencia de la izquierda ni del nacionalismo, porque ese resultado se produciría a costa del BNG, que pasaría de 12 a nueve diputados, según el mismo estudio. Lo que parece seguro es que AGE (la coalición entre la organización de Cayo Lara y la de Beiras) tendrá sitio en el nuevo Parlamento.

La tercera clave de las elecciones es el Partido dos Socialistas de Galicia (PSdeG). La federación gallega del PSOE presenta como candidato a Pachi Vázquez, un ex conselleiro del bipartito fajado durante años en la lucha política de Ourense, una provincia dominada por el caciquismo desde que se tiene memoria. Vázquez tiene que pelear no sólo contra Feijóo sino contra un partido dividido (sus enfrentamientos con el ex ministro José Blanco y con el alcalde más poderoso de Galicia, Abel Caballero, han condicionado la vida del PSdeG durante los últimos años) y, sobre todo, contra la herencia de Zapatero y la presencia incómoda de su sucesor, Alfredo Pérez Rubalcaba, que está muy lejos de despertar entusiasmo entre los votantes, según todos los estudios de opinión.

Los socialistas gallegos tienen en estos momentos 25 escaños en un Parlamento de 75, por lo que el mejor escenario que manejan es resistir (como mucho perder un diputado) y que la combinación AGE y BNG aporten el resto de los votos que necesitan para gobernar (entre 13 y 14 diputados).

En juego está no sólo el Gobierno de Galicia sino la política de recortes de Rajoy. La solución, el 21 de octubre.

 

 

Los jueces entran en campaña

Como ya ocurrió en las elecciones generales, de nuevo una decisión judicial entra en escena en Galicia en plena campaña electoral levantando toda clase de suspicacias. Hace nueve meses fue la jueza del ‘caso Campeón’ la que, pocos días antes de la votación, envió al Supremo la investigación contra el entonces ministro José Blanco, que se presentaba como cabeza de lista del PSOE por Lugo. Ahora, a un mes de los comicios, otra juez, también de Lugo ha puesto en marcha una operación anticorrupción que afecta a medio centenar de personas, entre las que destaca el alcalde de Ourense, también del PSOE.

La operación, de la que hasta ahora apenas han trascendido datos concretos más allá de las acusaciones de tráfico de influencias, ha puesto patas arriba la campaña.

 

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Galícia: Feijóo contra Rajoy

Dissabte ja no en va quedar cap dubte. El president de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, va evitar la foto amb Mariano Rajoy, tot i ser un dels barons del PP que li són més fidels. Mentre l’inquilí de la Moncloa feia un míting a Ourense, el president gallec preferia presentar els seus candidats per la Corunya. Perfil baix davant prime time .

Des que va decidir fixar les eleccions al 21 d’octubre, el màxim avançament de la història democràtica gallega, Feijóo fuig de Rajoy com de la pesta. Sabent que els seus plans per als pròxims mesos inclouen noves retallades i, segurament, un rescat de la UE que certificarà el fracàs de la seva política anticrisi, el candidat a la reelecció vol evitar que la campanya sigui un plebiscit sobre els ajustos de Madrid. Prefereix que el debat se centri en Galícia i, sobretot, en el record dels pitjors moments del bipartit PSOE-BNG, que va governar-la entre el 2005 i el 2009.

Del bipartit a un possible tripartit

Feijóo és conscient que la seva gestió, més enllà del factor austeritat, és molt limitada i per això dirigeix tot l’esforç de campanya a desacreditar un govern alternatiu que, necessàriament, passa per una aliança PSOE-BNG en què, segons les enquestes, potser caldria encabir-hi també Esquerda Unida, la marca gallega d’IU, a la qual s’ha sumat un sector del nacionalisme. Un “embolic” a tres bandes, asseguren els conservadors sempre que poden.

L’home que va anticipar les retallades que després aplicaria Rajoy és el mateix que mesos abans de l’esclat de la crisi justificava gastar-se gairebé 500 milions d’euros en la Cidade da Cultura -una obra gegantina concebuda per Manuel Fraga per seguir l’estela del Guggenheim de Bilbao i la Ciutat de les Arts de València-, que només s’ha completat parcialment, que ben just rep visitants i que ja és una icona del malbaratament gallec.

Qui va guanyar el 2009 prometent creixement governa avui un país en recessió (una caiguda de l’1% de PIB) i amb més atur que mai. L’evolució negativa de l’economia, sotmesa a l’efecte combinat de l’austeritat i la crisi, ha fet desaparèixer l’avantatge comparatiu que tenia Galícia en termes d’atur en el conjunt de l’Estat: la taxa va augmentar a Galícia un 67%, pràcticament el doble que a Espanya (35%).

El balanç econòmic és dolent i s’hi suma l’incompliment de la promesa d’abaixar impostos, a més del deteriorament de la sanitat i l’educació per les retallades. Feijóo té dificultats perquè se’l creguin quan sosté que, si guanya el 21-O, ara sí, crearà ocupació. Tothom té present que va apostar per fusionar les caixes en una de sola. Un procés ple d’ombres que ha acabat per contaminar d’actius tòxics el sistema financer gallec. Nova Caixa Galicia, que el president venia com un èxit personal, ara està nacionalitzada.

Amb tot, el PP se sap hegemònic. Sempre guanya i només perd el govern si no aconsegueix majoria absoluta. Feijóo és conscient que l’únic que pot negar-li un segon mandat és que una petita part dels seus votants es quedin a casa. És la raó per la qual vol evitar que el 21-O sigui un plebiscit sobre Rajoy i agita el fantasma d’una Xunta ingovernable amb el tripartit gallec.

I és també el motiu pel qual, al PP, han saltat les alarmes amb la irrupció de l’experiment polític de Mario Conde. L’empresari i comentarista d’Intereconomía, condemnat per apropiació indeguda i estafa, es presenta amb Societat Civil i Democràcia (SCD) i, encara que és dubtós que entri al Parlament, pot restar al PP part del vots que necessita imperiosament per seguir al poder.

El factor Mario Conde

La candidatura de Conde no és l’única novetat. Per l’esquerra, el BNG s’enfronta a la primera prova de foc després de patir l’escissió d’una part dels seus dirigents, el més notable dels quals és Xosé Manuel Beiras, la cara visible entre el 1987 i el 2003. La majoria de dissidents van deixar el Bloc al gener després de perdre l’assemblea nacional en una votació que va confirmar Guillerme Vázquez com a líder i Francisco Jorquera, el portaveu al Congrés, com a candidat a la Xunta. Sotmesos a la urgència de presentar-se a les eleccions, els seguidors de Beiras, que sempre havien rebutjat aliances amb forces estatals, van subscriure un acord in extremis amb IU. La Syriza gallega, rebatejada com a Alternativa Gallega d’Esquerres (AGE), ha cedit el número u per la Corunya a Beiras en un intent de sumar vot nacionalista al bon resultat que les enquestes ja els auguraven gràcies a la inèrcia d’IU al conjunt de l’Estat.

La rendibilitat d’aquesta estratègia s’ha de veure, perquè algunes enquestes suggereixen que la fortalesa del vot nacionalista permetrà al BNG sortir-ne sense danys greus. Altres enquestes, però, com les recents de La Voz de Galícia , que dóna suport explícit a Feijóo, situen la Syriza gallegaen l’entorn dels tres escons. Globalment no milloraria la influència de l’esquerra ni del nacionalisme, perquè aquest resultat es produiria a costa del BNG, que passaria de 12 a 9 diputats.

La tercera clau és el PSdG. La federació gallega del PSOE presenta Pachi Vázquez, un exconseller del bipartit forjat en la lluita política d’Ourense, una província dominada pel caciquisme des que es té memòria. Vázquez ha de lluitar no només contra Feijóo, sinó contra un partit dividit (els enfrontaments amb l’exministre José Blanco i amb l’alcalde més poderós de Galícia, Abel Caballero, l’han condicionat) i, sobretot, contra l’herència de Zapatero i la presència incòmoda d’Alfredo Pérez Rubalcaba, que és lluny de despertar entusiasme entre els votants.

Els socialistes tenen 25 escons en un Parlament de 75. El millor escenari és resistir (o perdre un diputat) i que la suma d’AGE i BNG aporti la resta dels vots que necessiten per governar (13 o 14 escons més).

Està en joc no només el govern de Galícia sinó la política de retallades de Rajoy. La solució, a les urnes gallegues el 21 d’octubre.

Feijóo contra Rajoy

Feijóo contra Rajoy

 

(Versión en castellano; a continuación figura la versión en catalán publicada en el diario Ara el 25 de septiembre)

 

El presidente de la Xunta marca drásticas distancias con su jefe de filas para evitar que la ola de descrédito del Gobierno español se lo lleve por delante

 

El sábado ya no quedó ninguna duda. Ese día el presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, uno de los barones conservadores más fieles al jefe del Gobierno de España, evitó salir en la misma foto que Mariano Rajoy. Mientras el inquilino de la Moncloa protagonizaba un mitin en Ourense, él prefería presentar a sus candidatos por la provincia de A Coruña. Perfil bajo frente a prime time. 

Desde que decidió anticipar las elecciones autonómicas al 21 de octubre, el mayor adelanto de la historia democrática gallega, Feijóo huye de Rajoy como de la peste. Sabedor de que los planes del presidente para los próximos meses incluyen nuevos recortes y, seguramente, la solicitud de un rescate a la Unión Europea que certificará el fracaso de su política para hacer frente a la crisis, el candidato del PP a la reelección quiere evitar que la campaña electoral se convierta en un plebiscito sobre los recortes del Gobierno central. Prefiere que el debate se centre en Galicia y, sobre todo, en el recuerdo de los peores momentos del bipartito PSOE-BNG que ocupó la Xunta entre 2005 y 2009. Feijóo es consciente de que su gestión, más allá del factor austeridad, es muy limitada y por eso dirige todo su esfuerzo de campaña a intentar desacreditar la posibilidad de un gobierno alternativo que necesariamente tendría que pasar por una nueva alianza PSOE-BNG en la que, según las encuestas, tal vez habría que hacer hueco a Esquerda Unida, la marca gallega de IU a la que por primera vez se ha sumado un sector del nacionalismo. Un “lío” a tres bandas, repiten los conservadores siempre que tienen ocasión.

El hombre que anticipó las políticas de recortes que luego aplicaría Rajoy en todo el Estado es el mismo que meses antes del estallido de la crisis justificaba el gasto de casi 500 millones de euros en la Cidade da Cultura, una obra gigantesca concebida por Manuel Fraga para seguir la estela del Guggenheim de Bilbao o la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia que sólo se ha completado parcialmente, apenas recibe visitantes y en Galicia se ha convertido en el símbolo del despilfarro. El mismo que ganó las elecciones de 2009 prometiendo crecimiento económico y empleo y que hoy gobierna un territorio en recesión (prácticamente el 1%) y con más paro que nunca. De hecho, la evolución negativa de la economía gallega, sometida al efecto combinado de la austeridad y de la crisis desde mucho antes que el conjunto del Estado, ha hecho desaparecer la ventaja comparativa que tenía Galicia en términos de desempleo: en estos años la tasa de paro aumentó en Galicia un 67%, prácticamente el doble que en España (35%). 

El balance económico es malo y a él al hay que añadir el incumplimiento de su promesa de bajar impuestos, además del visible deterioro de la sanidad y la educación como consecuencia de los recortes. Por eso Feijóo tiene dificultades para que los ciudadanos le crean cuando sostiene que si gana el 21-O, ahora sí, creará empleo. No en vano todo el mundo tiene muy presente que apostó por fusionar las cajas gallegas en un sólo proyecto en un proceso plagado de sombras que ha acabado por contaminar de activos tóxicos todo el sistema financiero gallego. La nueva caja, que el presidente de la Xunta ‘vendía’ como un éxito personal, se asoma ahora a la liquidación.

Con todo, el PP se sabe el partido hegemónico en Galicia. Siempre gana las elecciones y sólo pierde el Gobierno de Galicia cuando no consigue mayoría absoluta. Feijóo es consciente de que lo único que puede privarle de un segundo mandato es que una parte de sus votantes (no tienen que ser muchos; bastaría con una cifra relativamente pequeña) se queden en casa el 21 de octubre. Esa es la razón por la que quiere evitar que la campaña se convierta en un plebiscito sobre Rajoy y agita el fantasma de una Xunta ingobernable con presencia de hasta tres partidos.

Y es también el motivo por el que, en las filas conservadoras, han saltado todas las alarmas con la irrupción en las elecciones del experimento político protagonizado por Mario Conde. El empresario y comentarista de Interconomía, condenado por apropiación indebida y estafa, se presenta bajo las siglas Sociedad Civil y Democracia (SCD) y, aunque es dudoso que consiga alcanzar el 5% exigido para entrar en el Parlamento, sí puede restar al PP una parte de los votos que necesita imperiosamente para continuar en el poder.

Pero la candidatura de Mario Conde no es la única novedad del 21-O en Galicia. Por la izquierda, el BNG se enfrenta a su primera prueba de fuego después de sufrir la escisión de una parte de sus dirigentes, el más notable de los cuales es Xosé Manuel Beiras, el catedrático de Economía que fue su cara visible entre 1987 y 2003. La mayoría de disidentes dejaron el Bloque en enero después de perder la Asamblea Nacional celebrada en Santiago en una votación que confirmó a Guillerme Vázquez como líder de la organización y a Francisco Jorquera, hasta ahora portavoz en el Congreso, como candidato a la Xunta. Sometidos a la urgencia de presentarse a las elecciones, los seguidores de Beiras, que históricamente siempre rechazaron cualquier alianza electoral con fuerzas no exclusivamente gallegas, suscribieron un acuerdo in extremis con Esquerda Unida, la marca gallega de IU. La ‘Syriza gallega’, como ha presentado EU el proyecto, rebautizado como Alternativa Galega de Esquerdas (AGE), ha cedido el número uno por A Coruña al propio Beiras en un intento de sumar voto nacionalista al buen resultado que las encuestas ya les auguraban en solitario gracias a la inercia de IU en el conjunto del Estado.

Con todo, la rentabilidad de esta estrategia está por ver, porque algunos estudios de opinión sugieren que la fortaleza del voto nacionalista permitirá al BNG salir de esta situación sin sufrir daños graves. Otras encuestas, sin embargo, como las publicadas a comienzos de septiembre por el diario ‘La Voz de Galicia’, que apoya expresamente a Feijóo, parecen dar la razón a la ‘Syriza gallega’ al situarla en el entorno de los tres escaños. Aunque, globalmente, no mejoraría la influencia de la izquierda ni del nacionalismo, porque ese resultado se produciría a costa del BNG, que pasaría de 12 a nueve diputados, según el mismo estudio. Lo que parece seguro es que AGE (la coalición entre la organización de Cayo Lara y la de Beiras) tendrá sitio en el nuevo Parlamento.

La tercera clave de las elecciones es el Partido dos Socialistas de Galicia (PSdeG). La federación gallega del PSOE presenta como candidato a Pachi Vázquez, un ex conselleiro del bipartito fajado durante años en la lucha política de Ourense, una provincia dominada por el caciquismo desde que se tiene memoria. Vázquez tiene que pelear no sólo contra Feijóo sino contra un partido dividido (sus enfrentamientos con el ex ministro José Blanco y con el alcalde más poderoso de Galicia, Abel Caballero, han condicionado la vida del PSdeG durante los últimos años) y, sobre todo, contra la herencia de Zapatero y la presencia incómoda de su sucesor, Alfredo Pérez Rubalcaba, que está muy lejos de despertar entusiasmo entre los votantes, según todos los estudios de opinión.

Los socialistas gallegos tienen en estos momentos 25 escaños en un Parlamento de 75, por lo que el mejor escenario que manejan es resistir (como mucho perder un diputado) y que la combinación AGE y BNG aporten el resto de los votos que necesitan para gobernar (entre 13 y 14 diputados).

En juego está no sólo el Gobierno de Galicia sino la política de recortes de Rajoy. La solución, el 21 de octubre.

 

 

Los jueces entran en campaña

Como ya ocurrió en las elecciones generales, de nuevo una decisión judicial entra en escena en Galicia en plena campaña electoral levantando toda clase de suspicacias. Hace nueve meses fue la jueza del ‘caso Campeón’ la que, pocos días antes de la votación, envió al Supremo la investigación contra el entonces ministro José Blanco, que se presentaba como cabeza de lista del PSOE por Lugo. Ahora, a un mes de los comicios, otra juez, también de Lugo ha puesto en marcha una operación anticorrupción que afecta a medio centenar de personas, entre las que destaca el alcalde de Ourense, también del PSOE.

La operación, de la que hasta ahora apenas han trascendido datos concretos más allá de las acusaciones de tráfico de influencias, ha puesto patas arriba la campaña.

 

 

Galícia: Feijóo contra Rajoy

Dissabte ja no en va quedar cap dubte. El president de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, va evitar la foto amb Mariano Rajoy, tot i ser un dels barons del PP que li són més fidels. Mentre l’inquilí de la Moncloa feia un míting a Ourense, el president gallec preferia presentar els seus candidats per la Corunya. Perfil baix davant prime time .

Des que va decidir fixar les eleccions al 21 d’octubre, el màxim avançament de la història democràtica gallega, Feijóo fuig de Rajoy com de la pesta. Sabent que els seus plans per als pròxims mesos inclouen noves retallades i, segurament, un rescat de la UE que certificarà el fracàs de la seva política anticrisi, el candidat a la reelecció vol evitar que la campanya sigui un plebiscit sobre els ajustos de Madrid. Prefereix que el debat se centri en Galícia i, sobretot, en el record dels pitjors moments del bipartit PSOE-BNG, que va governar-la entre el 2005 i el 2009.

Del bipartit a un possible tripartit

Feijóo és conscient que la seva gestió, més enllà del factor austeritat, és molt limitada i per això dirigeix tot l’esforç de campanya a desacreditar un govern alternatiu que, necessàriament, passa per una aliança PSOE-BNG en què, segons les enquestes, potser caldria encabir-hi també Esquerda Unida, la marca gallega d’IU, a la qual s’ha sumat un sector del nacionalisme. Un “embolic” a tres bandes, asseguren els conservadors sempre que poden.

L’home que va anticipar les retallades que després aplicaria Rajoy és el mateix que mesos abans de l’esclat de la crisi justificava gastar-se gairebé 500 milions d’euros en la Cidade da Cultura -una obra gegantina concebuda per Manuel Fraga per seguir l’estela del Guggenheim de Bilbao i la Ciutat de les Arts de València-, que només s’ha completat parcialment, que ben just rep visitants i que ja és una icona del malbaratament gallec.

Qui va guanyar el 2009 prometent creixement governa avui un país en recessió (una caiguda de l’1% de PIB) i amb més atur que mai. L’evolució negativa de l’economia, sotmesa a l’efecte combinat de l’austeritat i la crisi, ha fet desaparèixer l’avantatge comparatiu que tenia Galícia en termes d’atur en el conjunt de l’Estat: la taxa va augmentar a Galícia un 67%, pràcticament el doble que a Espanya (35%).

El balanç econòmic és dolent i s’hi suma l’incompliment de la promesa d’abaixar impostos, a més del deteriorament de la sanitat i l’educació per les retallades. Feijóo té dificultats perquè se’l creguin quan sosté que, si guanya el 21-O, ara sí, crearà ocup
ació. Tothom té present que va apostar per fusionar les caixes en una de sola. Un procés ple d’ombres que ha acabat per contaminar d’actius tòxics el sistema financer gallec. Nova Caixa Galicia, que el president venia com un èxit personal, ara està nacionalitzada.

Amb tot, el PP se sap hegemònic. Sempre guanya i només perd el govern si no aconsegueix majoria absoluta. Feijóo és conscient que l’únic que pot negar-li un segon mandat és que una petita part dels seus votants es quedin a casa. És la raó per la qual vol evitar que el 21-O sigui un plebiscit sobre Rajoy i agita el fantasma d’una Xunta ingovernable amb el tripartit gallec.

I és també el motiu pel qual, al PP, han saltat les alarmes amb la irrupció de l’experiment polític de Mario Conde. L’empresari i comentarista d’Intereconomía, condemnat per apropiació indeguda i estafa, es presenta amb Societat Civil i Democràcia (SCD) i, encara que és dubtós que entri al Parlament, pot restar al PP part del vots que necessita imperiosament per seguir al poder.

El factor Mario Conde

La candidatura de Conde no és l’única novetat. Per l’esquerra, el BNG s’enfronta a la primera prova de foc després de patir l’escissió d’una part dels seus dirigents, el més notable dels quals és Xosé Manuel Beiras, la cara visible entre el 1987 i el 2003. La majoria de dissidents van deixar el Bloc al gener després de perdre l’assemblea nacional en una votació que va confirmar Guillerme Vázquez com a líder i Francisco Jorquera, el portaveu al Congrés, com a candidat a la Xunta. Sotmesos a la urgència de presentar-se a les eleccions, els seguidors de Beiras, que sempre havien rebutjat aliances amb forces estatals, van subscriure un acord in extremis amb IU. La Syriza gallega, rebatejada com a Alternativa Gallega d’Esquerres (AGE), ha cedit el número u per la Corunya a Beiras en un intent de sumar vot nacionalista al bon resultat que les enquestes ja els auguraven gràcies a la inèrcia d’IU al conjunt de l’Estat.

La rendibilitat d’aquesta estratègia s’ha de veure, perquè algunes enquestes suggereixen que la fortalesa del vot nacionalista permetrà al BNG sortir-ne sense danys greus. Altres enquestes, però, com les recents de La Voz de Galícia , que dóna suport explícit a Feijóo, situen la Syriza gallegaen l’entorn dels tres escons. Globalment no milloraria la influència de l’esquerra ni del nacionalisme, perquè aquest resultat es produiria a costa del BNG, que passaria de 12 a 9 diputats.

La tercera clau és el PSdG. La federació gallega del PSOE presenta Pachi Vázquez, un exconseller del bipartit forjat en la lluita política d’Ourense, una província dominada pel caciquisme des que es té memòria. Vázquez ha de lluitar no només contra Feijóo, sinó contra un partit dividit (els enfrontaments amb l’exministre José Blanco i amb l’alcalde més poderós de Galícia, Abel Caballero, l’han condicionat) i, sobretot, contra l’herència de Zapatero i la presència incòmoda d’Alfredo Pérez Rubalcaba, que és lluny de despertar entusiasme entre els votants.

Els socialistes tenen 25 escons en un Parlament de 75. El millor escenari és resistir (o perdre un diputat) i que la suma d’AGE i BNG aporti la resta dels vots que necessiten per governar (13 o 14 escons més).

Està en joc no només el govern de Galícia sinó la política de retallades de Rajoy. La solució, a les urnes gallegues el 21 d’octubre.

Cada vez más griegos

Cada vez es más evidente que el PP está fracasando allí donde el PSOE se estrelló. La crisis económica se ha convertido en depresión, el Estado del bienestar se descompone y en vez del final del túnel toma cuerpo la posibilidad de que nos internemos en un abismo todavía peor (nada más elocuente que lo que escribieron estos días Enric González y Paul Krugman).

La consecuencia de esa doble manifestación de impotencia empieza a ser visible en términos de opinión pública y nos acerca día a día a la explosiva situación de Grecia. Y no me refiero a la situación económica, sino a la política. El último CIS redujo el peso del bipartidismo en España (PP+PSOE) al 70,2%, 3,1 puntos porcentuales menos que en las elecciones de noviembre que, por sí mismas, ya supusieron un retroceso de 20 años en la hegemonía de la alternancia. La suma de votos de conservadores y socialistas permanecía firmemente asentada en torno al 80% de los votos desde el año 2000. Pero, desde 2010, ha iniciado un lento pero aparentemente inexorable declive a medida que la identidad de políticas y la ausencia de éxitos en la lucha contra la crisis deterioraba su credibilidad.

Si tomamos como base de análisis la serie mensual de encuestas de intención de voto realizadas por Metroscopia para El País la tendencia no sólo es la misma sino que resulta mucho más acusada. El último sondeo sitúa la intención de voto de PP y PSOE en un raquítico 63%, muy similar a la cifra de abril (61,1%). Los datos revelan claramente el creciente desapego de los ciudadanos hacia los dos grandes partidos que sirven de soporte al sistema. Desde las elecciones de noviembre (73,3%) la suma de PP y PSOE ha bajado al 70% en marzo antes de desplomarse al 61,1% en abril, en plena fiebre de recortes sociales, incremento del paro recesión económica.

España no es Grecia, pero se parece cada vez más. Antes de haber ensayado gobiernos conservadores y socialistas (que a su vez fracasaron en la gestión de la crisis), Nueva Democracia y Pasok también sumaban el 80% de los votos de sus ciudadanos. Ahora están por debajo del 35%.

El asedio griego

No es fácil de aceptar.  

Le preguntamos a los griegos qué opinan, porque somos demócratas y europeos. Gana quien gana y pierde quien pierde. Y, como no nos gusta lo que los ciudadanos han decidido (castigar a los partidos que han aceptado aplicar las políticas de Merkel que están destruyendo el país), ahora concentramos todo el esfuerzo en presionar a Syriza (la Izquierda Unida griega) para que traicione a sus electores y haga exactamente lo contrario de lo que prometió en campaña electoral.

Es decir, la UE, Alemania y toda la eurozona presionan para que en Grecia haya un gobierno contrario a lo que sus ciudadanos han votado. Porque somos muy listos y sabemos mejor que ellos lo que les conviene.

Esa es nuestra forma de entender la democracia. Y es un fraude.