Los pájaros se vuelven contra las escopetas

La incomodidad que el resultado electoral griego ha provocado en los gobiernos de casi toda Europa (y en los poderes financieros a los que sirven) se está traduciendo, cada vez, más, en críticas abiertas a los ciudadanos que se han expresado en las urnas. Claro que, en democracia, la voluntad de los ciudadanos no puede ser el problema, por más que resulte incómoda para quienes, generalmente con escasa legitimidad, están acostumbrados a tomar las decisiones de fondo, esas que nutren el pensamiento único en nombre de los grandes consensos de Estado.

Muchos, gobiernos, corporaciones financieras y medios de comunicación, lamentan la pérdida de peso de los partidos tradicionales, que han pasado de concentrar el 80% de los sufragios a cosechar apenas una tercera parte. Lo de menos, a los ojos de quienes tienen la sartén por el mango, son las causas de ese descrédito. A ellos lo único que les importa es cómo garantizar la pervivencia del sistema de reparto de poderes del que se han beneficiado durante décadas.

Por eso ponen el foco en el auge de los demás partidos y tratan de meter a todos en el mismo saco, comparando lo incomparable, porque nada tienen que ver las posiciones de izquierda de Syriza, homologables con las de Izquierda Unida en España, con las tesis xenófobas y violentas de los neonazis. La preocupación de las formaciones bipartidistas que hasta hace poco se repartían por turnos el poder está justificada. Los pájaros han dejado de huir y se han vuelto contra las escopetas. El cazador, presa del desconcierto, trata de hacer valer las viejas reglas cinegéticas: “Oiga, que los pájaros son el objeto de la caza, no al revés”.

Eso es, precisamente, lo que está pasando Las reglas están cambiando y por eso la política se ha convertido en un fastidio para las corporaciones financieras y sus peones tecnócratas. El miedo les ha llevado a presentar la situación de Grecia como un caos ingobernable. “¿Lo veis?”, tratan de decir. “Era mejor antes, cuando nos limitábamos a cambiar de partido y a hacer la misma política gobernase quien gobernase”. Quieren que añoremos aquello que los ciudadanos griegos acaban, precisamente, de castigar.

Y quieren que lo hagamos porque todos ellos, partidos, corporaciones y tecnócratas temen que la situación se repita en el resto del continente europeo. Por eso es tan importante que reivindiquemos el resultado de las elecciones en Grecia. Porque el debate en toda Europa, ahora mismo, es entre quienes quieren cambiar el sistema económico, porque es injusto, y quienes preferirían transformar el sistema político, porque está empezando a dejar de servir a sus intereses.

Mirar para otro lado

La sobreactuaci??n de algunos medios a la hora de poner el foco sobre el Frente Nacional de Marie le Pen es un buen ejemplo de c??mo, a veces, el periodismo inventa novedades para sobreponerse a lo previsible. El resultado de Le Pen es bueno pero no es nuevo. Su padre ya logr?? convertir, hace a??os, al FN en la tercera fuerza pol??tica de Francia, e incluso logr?? el segundo puesto en la primera vuelta de las presidenciales que acabaron con la carrera pol??tica de Jospin.
Otra cosa es qu?? har??n los votantes del FN el 6 de mayo y si eso va a ayudar o no a Sarkozy. Ah?? s?? hay una noticia. Y tiene mucho m??s que ver con el futuro de Europa que el resultado de la ultraderecha.

En dirección contraria

“El milagro es haber durado tanto cabalgando en dirección contraria. Según las leyes de la física y el manual de uso de este diabólico toro mecánico que es el periodismo actual, deberíamos habernos dejado los morros en el suelo en la primera curva”. La frase es de Javier Vizcaino, uno de los columnistas de referencia del recién desaparecido diario Público, la última y más voluminosa victima de la crisis de la industria periodística. Y resume perfectamente la sensación de los trabajadores del diario y de la inmensa mayoría de sus casi 300.000 lectores después de que, el pasado 24 de febrero, saliese a la venta el número 1.599 del periódico, el último de la edición en papel.

Atrás han quedado cuatro años y casi cinco meses de esfuerzo profesional en el que se han dejado la piel casi 200 profesionales del periodismo capitaneados sucesivamente por Ignacio Escolar, Félix Monteira y Jesús Maraña. Tras ellos, el soporte económico Jaume Roures, un productor de éxito cuya constelación de intereses empresariales gira en torno a Mediapro. Con Público desaparece el intento más serio de innovar en prensa escrita en España de las últimas décadas.

El diario nació declaradamente a la izquierda de El País. Con la voluntad de ser irreverente, de no dejarse nada en el tintero. Tanto a la hora de abordar los contenidos como en el momento de darles forma gráfica, su redacción se propuso desafiar a diario lo establecido, los puntos de vista habituales, las posiciones cómodas. Sin renunciar nunca al rigor informativo, Público se esforzó en ofrecer alimento intelectual a una izquierda huérfana de referentes informativos, aquella que aprendió la transición en los libros de historia y buscaba nuevas referencias morales desde las que combatir a la derecha. Desde ese planteamiento, Público consiguió desde el principio tejer red de complicidades con sus lectores poco común en la prensa española. Una red que tenía mucho que ver con la habilidad de sus máximos responsables a la hora de izar algunas banderas prácticamente abandonadas por la izquierda acomodada. Desde la impunidad de la monarquía a la defensa de la república, pasando por la memoria de la víctimas del franquismo, el grito del 15-M o la denuncia del fraude democrático que supuso la reforma exprés de la Constitución sin consultar a los ciudadanos, por citar solo algunos ejemplos que distinguieron nítidamente a Público del resto de medios de comunicación.

El resultado, en terminos periodísticos, fue sorprendente. Mientras el resto de los periódicos españoles, nacionales y regionales, perdían lectores año tras año, mientras gastaban ingentes recursos en arropar sus ventas con promociones que convierten el producto en un bazar, Público escaló posiciones poco a poco, sin retrocesos, hasta consolidar a finales del año una audiencia de casi 300.000 lectores y desbancar a La Razón como la cuarta cabecera más seguida en en España, sólo por detrás de El País, El Mundo y Abc. Y todo ello, hay que subrayarlo, sin suplementos especiales, con productos culturales (libros y películas) como únicas promociones y renunciando expresamente (fue una de las banderas del diario) a los anuncios de prostitución.

El éxito editorial, sin embargo, no fue acompañado de éxito económico. La intensidad de la crisis, especialmente visible a partir del otoño de 2008, cuando Público tenía apenas un año de vida, le negó el acceso a la cuota los ingresos publicitarios que hubiera conseguido en una situación normal. Los problemas del diario empezaron a hacerse patentes a comienzos de 2011. Ya entonces era evidente que la crisis había achicado el colchón de resistencia de la empresa, diseñado para que el proyecto periodístico aguantase, como mínimo, cinco años. En aquel momento las señales apuntaban a una progresiva recuperación del mercado publicitario. Parecía que, después de tres años de crisis, las cosas empezaban a mejorar. Pero no fue más que un espejismo. A partir del tercer trimestre de 2011 se hizo evidente que el descenso en la que habia entrado la contratación de publicidad no sólo no se iba a corregir sino que seguiría en caída libre. Los planes de ajuste de los periódicos se derrumbaron y todo el mundo se vio obligado a reescribir la hoja de ruta que habían puesto en marcha para navegar en medio de la tormenta.

La inversión global de los anunciantes cayó un 6,5% en 2011, hasta situarse en los 12.061 millones de euros, según las cifras recogidas en el informe anual de Infoadex publicado a finales de febrero, lo que devuelve el volumen de la inversión del sector a niveles de 2003. Y las perspectivas para este año no son buenas. El director del informe, Pedro Villa, advierte que las caídas registradas en los dos primeros meses de 2012 han sido cercanas, en muchos casos, al 20%. El estudio de Infoadex confirma también que la prensa escrita volvió a ceder terreno en 2011, con caídas del 14% y del 4,2% en la inversión publicitaria en diarios y revistas. Internet se consolida como el tercer medio favorito de los anunciantes (tras televisión y prensa) y ya concentra el 16,3% de la inversión total en convencionales, tras crecer un 12,6% en 2011. Según el informe, el volumen de inversión publicitaria fue de 899,2 millones de euros en los medios digitales, lo que representa una mejora del 12,6% con respecto al año anterior. Ha crecido casi un 100% desde 2007, mientras que la inversion publicitaria en los periódicos caía un 50% en el mismo period (de los 1.894,4 millones de 2007 a los 967 de 2011). De seguir a este ritmo, 2012 acabará siendo el primer año en que la publicidad en internet superará a la prensa escrita.

Fue en medio de este contexto desolador que a Público se le acabó el margen. Las dificultades estuvieron a punto de forzar el cierre del periódico en la primavera de 2011. Sólo el buen hacer de su director, Jesús Maraña, en medio del temporal, fue capaz de salvar la situación y abrir una última posibilidad de salvar el periódico. Un plan de viabilidad vinculado a la refinanciación de la deuda y a un durísimo ajuste de la plantilla. La negociación con el comité de empresa se saldó con una treintena de bajas voluntarias incentivadas, en su mayor parte de la redacción. Pero el dinero de los bancos, que también formaba parte del plan, nunca llegó.

En enero ya no había dinero para pagar las nóminas y Mediapubli, ante el riesgo de sufrir un embargo, jugó su última carta: un concurso voluntario de acreedores que le diera margen para seguir buscando una aportación de capital y así asegurase la continuidad de la cabecera. Desde su nacimiento, Roures gastó en torno a 70 millones de euros en el sostenimiento del periódico y se endeudó por al menos otros doce millones. Y dijo basta. O aparecían nuevos socios o tendría que cerrar.

La solicitud de declaración de concurso voluntario de acreedores alegaba tres motivos: “La intensificación de la crisis publicitaria, la profunda transformaci&o
acute;n que está sufriendo el sector de la prensa escrita y las dificultades para acceder a nueva financiación”. El comité de empresa del diario añadió a estos factores una cuarta causa: la “mala gestión de la empresa”.

Las negociaciones no dieron frutos. El 24 de febrero, la empresa confirmó el desenlace. “No ha sido posible lograr esos inversores y por esta razón la compañía se ve obligada, de acuerdo con la administración concursal, a cesar la edición impresa del periódico”. “Han caído otros y, desgraciadamente, continuarán cayendo más”, declaró el propietario de Público. El periódico “funcionaba”, pero, admite, no vio venir “esta crisis, que va a continuar muchos años”. El cierre del papel no alcanza, a fecha de hoy, a la web.

Y ahí que buscar el segundo motivo del fracaso del diario, que ver, precisamente, con internet, y un cambio en el modelo de negocio que nadie ha sabido todavía resolver con éxito. La prueba del nueve es la comparación entre los usuario únicos que ha alcanzado Público.es (5,5 millones) y la audiencia del papel, que según la última oleada del Estudio General de Medio, sumaba 299.698 lectores diarios.

Es necesario tener muy en cuenta esta desproporción. Como subraya el último director de Público, Jesús Maraña, y “una vez asentado que casi nadie está dispuesto a pagar por obtener información y análisis de calidad, las empresas supuestamente periodísticas se marcaron nuevas estrategias suicidas”. Un grave error porque, como él mismo recuerda, hace tiempo que el debate ya no es entre el papel y lo digital. Lo que está en juego es la actividad periodística, que es “lo que verdaderamente corre un serio peligro”, porque nadie, que se sepa, ha sido capaz todavía de “encontrar fórmulas de ingresos que permitan sostener en el mundo digital redacciones capaces de hacer periodismo”, la profesión “que sigue siendo la materia prima de este negocio, como el trigo o el centeno lo son de casi todos los panes”.

El editor, Jaume Roures, señala también el mismo problema. “Teníamos 100.000 lectores en papel y cinco millones de usuarios en Internet. Esa diferencia no es casualidad. El papel tiene un recorrido cada día más corto”, declare poco después de nnunciar el cierre del periódico. “Hoy, con el panorama inundado de iPads no nos hubiérmos planteado sacar un periódico en papel”. “Nos atropelló la crisis económica, se hundió el mercado publicitario y no supimos solucionar el desafío de la web a pesar de tener 5,5 millones de usuarios únicos”, reconoce el subdirector, Manuel Rico. No sirve de Consuelo, pero Rico no tiene ninguna duda: si la publicidad se hubiese mantenido al nivel de antes de la crisis, cuando salió el periódico, Público ya sería retable y seguiría acudiendo a su cita diaria con los lectores.

¿Y la izquierda? Son muchas las voces que también responsabilizan a partidos politicos, sindicatos y organizaciones sociales progresistas de falta de compromiso. Sobre este asunto han hablado también Maraña y Roures. El ultimo director del diario no entra en detalles, pero sí afirma, rotundo, que, “en el complejo universo de la izquierda española, sería deseable una reflexión autocrítica sobre el monolítico panorama mediático”. Roures es más explícito y se queja de la crisis de la propia izquierda, que ha sido incopaz de arropar un diario incómodo para casi todo el mundo, incluidos el PSOE e Izquierda Unida.

“Errores hemos cometido como los cometen todos, pero lo que está en crisis es la información como tal, el propio periodismo, su capacidad de profundidad y de respuesta en esta era en la que todo el mundo se vuelca en lo digital. Público no nació como un negocio”, subraya Roures, “y el hueco que quería crear existe, una información con una base de conocimiento, que nos explique cómo hemos llegado hasta aquí y cómo salimos de aquí, un periodismo que estaba cerca de reivindicaciones como las del 15-M” o de las movilizaciones sociales que arrancaron en Valencia y comienzan a extenderse oor toda España.

Con la desaparición de Público no calla una voz más. Como subrayaron sus trabajadores nada más conocer la noticia del cierre, “supone la pérdida de una voz crítica indispensable para la pluralidad informativa y de pensamiento”. Una plantilla muy identificada con “un punto de vista ideológico que busca denunciar, con rigor y profesionalidad, las injusticias sociales y los efectos de la crisis” en plena recesión económica. Uno de los que mejor ha descrito el significado de Público en el ecosistema informativo español es el periodista norteamericano Jonathan Blitzer. En un artículo reciente publicado por la revista The Nation (Sobre ‘El País’: el futuro no es lo que solía ser), describió el periódico ahora desaparecido como un diario llamado a convertirse en la referencia transformadora de la izquierda en España en la estela del diario de Prisa, que 35 años después de su fundación se ha acomodado al discurso general.

A diferencia de El País, que siempre ha defendido y validado el modelo de la transición española de la dictadura a la democracia, Público ha tenido (tuvo) el valor de abrir la puerta a los conflictos no resueltos de esa misma transición, subraya Blitzer. Público, describe Maraña, “nació con afán de romper algunos moldes en el formato de papel, dispuesto a caminar en paralelo por la revolución digital y, sobre todo, elaborando una materia prima transparente: periodismo honesto, no falsamente neutral ni equidistante, sino comprometido con causas justas desde un progresismo sincero”.

“En cuatro años y medio ha roto ciertos tabúes, ha dadoeco a voces silenciadas por el ruido del discurso único y ha llegado al espacio intergeneracional” de la izquierda. Había en todo ello un punto de desafío, de falta de respeto hacia lo convencional, al pensamiento políticamente correcto. Una etica del trabajo difícil de hallar en un medio al uso. “¿Qué exceso de atrevimiento era ese de tratar de mostrar los trozos prohibidos de la realidad oficial o de prestar a voz a toda suerte de perroflautas, desconformes, tocapelotas y disidentes incluso de sí mismos?”, se pregunta Javier Vizcaíno. “Hasta ahí podíamos llegar. De hecho, hasta ahí hemos llegado”, se responde a sí mismo.

El legado de Público es el de la irreverencia. El de un periódico que fue capaz de desafiar tabúes, de entrar donde nadie quería que se asomasen ojos indiscretos, de hacer las preguntas incómodas. Un testigo impertinente menos en pleno big bang del nuevo thatcherismo español.

(Artículo publicado originalmente en la revista Tempos Novos)

Lecciones del 25M

1. ¿Resiste la izquierda?

El tsunami de la derecha, iniciado en las municipales y autonómicas, ha perdido la mayor parte de su empuje. La marea azul se ha detenido a las puertas de Asturias y Andalucía, desarbolada por las políticas de Mariano Rajoy y, en el caso del Principado, por la experiencia populista de Cascos. Eso no quiere decir, ni mucho menos, que el PSOE se haya rehecho de la catástrofe en la que se ha instalado como partido después de perder todas las elecciones desde 2008. Tampoco anticipa un triunfo de la jornada de huelga general del próximo jueves: el comienzo del descrédito de la derecha no tiene, de momento, más que beneficiarios indirectos (el PSOE está en control de daños). Ni siquiera Izquierda Unida saca partido de parón en seco sufrido por la derecha: su éxito sigue bebiendo del voto que huye de los socialistas.

 
2. ¿Qué dice la izquierda?

El centro de gravedad del voto de izquierdas, el que queda, sigue estando dentro del PSOE pero se ha desplazado claramente hacia Izquierda Unida. Repitámoslo otra vez, por si en el PSOE siguen estando tan eufóricos que no lo ven: el centro de gravedad del voto de izquierdas, el que queda, sigue estando dentro del PSOE pero se ha desplazado claramente hacia Izquierda Unida. La política de la derecha, en España y en toda Europa, está devolviendo, poco a poco, su identidad a la izquierda.

3. ¿Qué significa la alta abstención?

Me encanta cómo la gente se apresura a interpretar las intenciones de los miles de ciudadanos que deciden no acudir a las urnas, cuando la mayoría de ellos ni siquiera tienen, seguramente, intención alguna (yo soy de los que creen que el grueso de los ciudadanos que no acude a votar no lo hace nunca sencillamente porque se siente ajeno a todo el proceso, no en función de una coyuntura específica). En el incremento de la abstención en Asturias y Andalucía nada hay de llamada de atención a los políticos. En el caso andaluz, por ejemplo, es fácil verlo sólo con repasar las cifras de abstención de las autonómicas durante los últimos 25 años: son bajas cuando coinciden con las generales (casi siempre) y altas cuando no (sólo ha pasado tres veces contando el pasado domingo). Las elecciones autonómicas han coincidido con las generales en Andalucía en las cuatro últimas citas, en los años 1996, 2000, 2004 y 2008, mientras que se celebraron por separado en 1982 y 1990. En 1994 coincidieron con las elecciones al Parlamento Europeo, mientras que también fueron junto a las generales en junio de 1986.
Pues bien: la participación del 62,23% se mueve en el entorno de la registrada las dos únicas veces que los andaluces fueron llamados a votar para elegir exclusivamente su Parlamento: el 66,31% en 1982 y el 54,78% en 1990. Cualquier interpretación de la abstención que se limite a comparar las cifras con las generales del 20N está, por tanto, fuera de lugar.

4. ¿Qué debería hacer la izquierda?

Si la izquierda se limita a pensar que con el final del tsunami conservador se han acabado sus problemas, se equivoca. El PSOE (con el permiso de IU) tiene la oportunidad de demostrar que es capaz de hacer las cosas de otra forma y que las promesas de Rubalcaba de los últimos ocho meses no eran la inmensa engañifa electoral que le pareció a la mayoría de los ciudadanos. Si la respuesta a este reto no es adecuada, en términos de prioridades políticas, regeneración democrática, lucha contra la corrupción y transparencia, estarán perdidos. Y los ciudadanos no se lo perdonarán.

 

Perdoádeme se non o entendo

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Perdoádeme se non o entendo.

Como espectador da política galega na distancia, asistín estes días con asombro á culminación do proceso de descomposición que o BNG iniciou hai menos de tres anos, coincidindo coa súa derrota política tras a falida experiencia do Goberno bipartito. Que pasou para que a casa común do nacionalismo galego xa non sirva para abeirar a todo o mundo?

É verdade que hai elementos de xuízo abondo, despois das experiencias dos últimos anos, para soster que a experiencia do BNG como vehículo de expresión política foi un fracaso. A xestión do sorpasso ao PSOE foi incapaz de aproveitar o afundimento do PSOE para consolidar un espazo político maioritario á esquerda do PP. E a actuación no Goberno bipartito estivo lonxe de establecer unha forma de facer política atractiva para novos electores.

É por iso que, a un ano das eleccións autonómicas (hai quen dá por feito que ese prazo se acurtará sensiblemente), tiña a esperanza de que o debate interno no BNG xirase en torno a estas cuestións. E que, ao mesmo tempo, todo o mundo estivese a traballar para construír un discurso alternativo capaz de bater (ou contribuír a bater) a hexemonía insultante do Partido Popular. Vana esperanza.

Lin con atención as propostas que Encontro Irmandiño/Máis Gaiza, dun lado, e Alternativa pola Unidade, por outro, defenderon fai apenas unhas semanas na asemblea nacional do BNG. E por máis que me esforzo, non logro encontrar posicións políticas, económicas ou sociais irreconciliables. Nin sequera diverxentes. Por coincidir, ata defenden enfaticamente a validez do modelo político que arrancou na asemblea de Riazor de 1982. As discrepancias existen, é certo, pero limítanse a aspectos organizativos concretos, todos eles relacionados coa necesidade de garantir o xogo limpo dentro da organización e co modelo para elixir o candidato á Presidencia da Xunta (APU quería primarias de militantes; EI/+G primarias abertas aos cidadáns). Así que debo supoñer que a decisión de EI de abandonar o Bloque non ten que ver coa política e si coa derrota das súas propostas organizativas.

Vaia por diante que a discrepancia neste terreo pode ser (e debe ser, en ocasións), causa abondo para un cisma. O problema é que, neste caso, teño dúbidas de que as propostas organizativas de EI/+G posúan entidade abondo para motivar unha ruptura, polo menos tal e como foron expostas no documento sometido a votación e que acabou rexeitado pola maioría de militantes do Bloque (outra cousa é o que poida esconderse entreliñas: a necesidade de sacudir a organización do dominio da UPG, algo que, de ser necesario, só tería sentido facer democraticamente).

 

Por iso a miña obxección á fractura impulsada por EI non ten que ver co seu dereito a facer o que lles dea a gana. Faltaría máis que non puidesen decidir o seu futuro. O que lamento é que o seu discurso non vaia ás causas. E sobre todo, que aínda non teñan aclarado como pensan cadrar o círculo e facer que o BNG sexa o BNG que eles queren pero fora do BNG.

El político de la desmesura

Se despojó del traje de franquista con la naturalidad de quien decide cambiar las ropas de cazador por el atuendo de cóctel. Pero que nadie se confunda: no porque hubiese dejado de creer en la caza del zorro, sino porque lo suyo siempre fue habilidad por adaptarse a las circunstancias. Manuel Fraga Iribarne fue ministro de Franco como podía haberlo sido de Breznev. Nadie en la política española representa mejor que él la adicción al poder, la dolencia de quienes divinizan la autoridad por encima de cualquier otra cosa. Fraga amaba el poder, mucho más que la política. La política es un instrumento de transformación social que a él no le interesaba demasiado, más allá de proporcionarle las herramientas para mantenerse a flote a lo largo de la historia. La política es cambio y él nunca quiso cambiar nada. Por eso fue capaz de adaptarse para sobrevivir primero al franquismo, que se moría, y después a la política nacional, que nunca le quiso. El ministro de Franco se transmutó en galleguista en una pirueta exagerada, incluso para sus propios cánones, que le devolvió los oropeles de la jerarquía y le permitió degustar de nuevo las mieles de la dominación, aunque fuese sólo a escala reducida y en una tierra destruida por años de emigración, desprecio y resignación.
Estos días sus hagiógrafos subrayan las virtudes del prócer e incluso muchos de quienes lo sufrieron se esfuerzan en hallar en el pintoresquismo del personaje un asidero desde el que glosar su figura.
Es verdad que hay tantos fragas como experiencias se hayan tenido con él. Está el Fraga teórico, el constitucionalista (capaz de defender la legitimidad de las leyes fundamentales del Movimiento) que ha acabado por anidar en el imaginario de la política estatal. Está el Fraga de los periodistas sometidos a su cólera y hoy, para sorpresa de muchos, (aparentemente) nostálgicos de sus titulares. Y está el Fraga real, el del hombre sometido a la responsabilidad de tomar decisiones y que, durante catorce años, en Galicia se mostró más preocupado por el poder que por el servicio público. El Fraga de los mil gaiteiros en las tomas de posesión, la imitación de estadista que se paseó por medio mundo (de la Cuba de Castro a la Libia de Gadafi y el Irán de los ayatolás) rodeado de un séquito de escoltas, palmeros a sueldo de la Xunta y un enjambre de periodistas forzados a glosar sus hazañas. Ningún otro presidente alardeó como él de recorrer más kilómetros al año, se jactó de trabajar más horas o presumió de haber escrito más libros. El Fraga que construyó en Galicia un régimen autoritario basado en la adulación, que rompió los consensos básicos de la autonomía para asegurar su propia hegemonía y su perpetuación en el poder y que pagó generosamente durante años el silencio de periódicos, televisiones y emisoras de radio para garantizar un discurso único tejido de alabanzas y bordado de sumisión. El mismo Fraga que miró para otro lado mientras muchos, en su entorno más inmediato, levantaban fortunas de la nada gracias a generosos contratos públicos.
Mañana lo entierran en Perbes. Pero en Galicia hace tiempo que su legado es bien visible desde casi cualquier punto de la ciudad de Santiago. Se alza en una colina en forma de edificio descomunal, muy del gusto de un político inclinado hacia al exceso, bautizada como la Cidade da Cultura. Un mausoleo desproporcionado que ha costado cientos de millones de euros a una de las comunidades más necesitadas de España y al que se llega (paradojas de la política entendida como representación, justo lo que a él más le gustaba) a través de la calle Manuel Fraga Iribarne. Una avenida en medio del monte Gaiás sin otra cosa que maleza más allá de las aceras y que conduce a un edificio inútil y vacío. Una desmesura tan grande como su necesidad de perpetuarse.

El político de la desmesura

Se despojó del traje de franquista con la naturalidad de quien decide cambiar las ropas de cazador por el atuendo de cóctel. Pero que nadie se confunda: no porque hubiese dejado de creer en la caza del zorro, sino porque lo suyo siempre fue habilidad por adaptarse a las circunstancias. Manuel Fraga Iribarne fue ministro de Franco como podía haberlo sido de Breznev. Nadie en la política española representa mejor que él la adicción al poder, la dolencia de quienes divinizan la autoridad por encima de cualquier otra cosa. Fraga amaba el poder, mucho más que la política. La política es un instrumento de transformación social que a él no le interesaba demasiado, más allá de proporcionarle las herramientas para mantenerse a flote a lo largo de la historia. La política es cambio y él nunca quiso cambiar nada. Por eso fue capaz de adaptarse para sobrevivir primero al franquismo, que se moría, y después a la política nacional, que nunca le quiso. El ministro de Franco se transmutó en galleguista en una pirueta exagerada, incluso para sus propios cánones, que le devolvió los oropeles de la jerarquía y le permitió degustar de nuevo las mieles de la dominación, aunque fuese sólo a escala reducida y en una tierra destruida por años de emigración, desprecio y resignación.
Estos días sus hagiógrafos subrayan las virtudes del prócer e incluso muchos de quienes lo sufrieron se esfuerzan en hallar en el pintoresquismo del personaje un asidero desde el que glosar su figura.
Es verdad que hay tantos fragas como experiencias se hayan tenido con él. Está el Fraga teórico, el constitucionalista (capaz de defender la legitimidad de las leyes fundamentales del Movimiento) que ha acabado por anidar en el imaginario de la política estatal. Está el Fraga de los periodistas sometidos a su cólera y hoy, para sorpresa de muchos, (aparentemente) nostálgicos de sus titulares. Y está el Fraga real, el del hombre sometido a la responsabilidad de tomar decisiones y que, durante catorce años, en Galicia se mostró más preocupado por el poder que por el servicio público. El Fraga de los mil gaiteiros en las tomas de posesión, la imitación de estadista que se paseó por medio mundo (de la Cuba de Castro a la Libia de Gadafi y el Irán de los ayatolás) rodeado de un séquito de escoltas, palmeros a sueldo de la Xunta y un enjambre de periodistas forzados a glosar sus hazañas. Ningún otro presidente alardeó como él de recorrer más kilómetros al año, se jactó de trabajar más horas o presumió de haber escrito más libros. El Fraga que construyó en Galicia un régimen autoritario basado en la adulación, que rompió los consensos básicos de la autonomía para asegurar su propia hegemonía y su perpetuación en el poder y que pagó generosamente durante años el silencio de periódicos, televisiones y emisoras de radio para garantizar un discurso único tejido de alabanzas y bordado de sumisión. El mismo Fraga que miró para otro lado mientras muchos, en su entorno más inmediato, levantaban fortunas de la nada gracias a generosos contratos públicos.
Mañana lo entierran en Perbes. Pero en Galicia hace tiempo que su legado es bien visible desde casi cualquier punto de la ciudad de Santiago. Se alza en una colina en forma de edificio descomunal, muy del gusto de un político inclinado hacia al exceso, bautizada como la Cidade da Cultura. Un mausoleo desproporcionado que ha costado cientos de millones de euros a una de las comunidades más necesitadas de España y al que se llega (paradojas de la política entendida como representación, justo lo que a él más le gustaba) a través de la calle Manuel Fraga Iribarne. Una avenida en medio del monte Gaiás sin otra cosa que maleza más allá de las aceras y que conduce a un edificio inútil y vacío. Una desmesura tan grande como su necesidad de perpetuarse.

Un debate que no lo es

Del debate de hoy entre Alfredo Pérez Rubalcaba y Mariano Rajoy lo que más me sorprende es el aplauso de los medios de comunicación. Nunca entenderé porqué celebramos un espectáculo pactado en el que ni hay intercambio de ideas ni contraste de pareceres (los equipos de ambos candidatos así lo han pactado) ni tampoco, por supuesto, asomo de periodismo (son los partidos los que marcan el temario y el ritmo). Somos una sociedad tan papanatas que copiamos formalmente los debates pero no nos molestamos en prestar atención a su estructura. Y después (atentos) aún dedicaremos espacio a quejarnos amarga y sesudamente porque el resultado no ha estado a la altura de lo que esperábamos.

 

La tormenta

Dice Enric González que el enemigo es el jefe. No sé cómo será en su periódico; en el mío no sucede eso. Ni siquiera en el peor de los momentos. Tampoco comparto la tesis de quienes, cuando hablamos de la crisis del periodismo, tienden a focalizar el problema en el empresario, al que atribuimos la torpeza de no  ver que su verdadero capital es la gente, los periodistas que trabajan para él.  Sé que a menudo es así. Pero, con todo, no estoy seguro de que podamos hablar en esos supuestos de crisis del periodismo, en todo caso únicamente de crisis del periodismo de calidad. Un empresario del mundo de la comunicación que prescinde de los buenos periodistas para hacer su producto sólo conseguirá perder posiciones en el mercado y, por muchos beneficios que engorden su cuenta de resultados, acabará por perder su negocio. Ese era, sin duda, la norma de este sector hasta hace apenas dos años. Una actitud que debilitó la calidad del periodismo y, de paso, las condiciones de trabajo de los que lo hacemos.

 

Es un problema grave, por supuesto. Pero a mí me inquieta aún más otro que se me antoja mayor: la crisis económica y el cambio de paradigma que está provocando como consecuencia del hundimiento del mercado publicitario. Lo que está en juego, ahora sí, no es la calidad del periodismo, es la actividad periodística en sí misma. La industria de la comunicación ya no es capaz de generar recursos económicos suficientes. La reducción de los ingresos, mucho más que la caída de las ventas (que no es tan grave ni, desde luego, tan general) ya no sólo amenaza los beneficios de las empresas, como ocurría hasta ahora, sino su viabilidad como negocio sostenible. Dicho de otro modo: la cosa ya no consiste en una batalla entre explotados y explotadores: el barco se hunde con todos a bordo. Y nada hace pensar que se trate de una tormenta pasajera..

Así la cosas, me cuesta no sentir vértigo cuando Enric Ginzález casi se felicita de la desaparición de la parte industrial del proceso porque “toda la gracia está en el oficio” y celebra que se acerque “una época en la que el periodista será él mismo, expuesto a la intemperie, a solas con sus propios compromisos y sus propios errores”.

Pues bien: la intemperie ha llegado. Y no entiendo en qué va a beneficiar a los lectores el frío que vamos a pasar.

Batalla perdida

El PSOE quiere presentarse en plena campaña haciendo ver que la gestión de José Luis Rodríguez Zapatero durante los dos últimos años ha sido una ocurrencia ajena a los socialistas en la que ellos no tuvieron arte ni parte: intentan tomar distancia de la herencia de estos años como si el propio Alfredo Pérez Rubalcaba no formase parte de ella. Perdidas las elecciones por anticipado, el candidato socialista trata ahora de ajustar el resultado ventilando la pelea electoral en el terreno de la credibilidad. La suya contra la de Mariano Rajoy. El buen comunicador (y hombre de izquierdas de toda la vida, aunque hasta pocos meses nos lo hubiese ocultado) frente al candidato de la agenda oculta y la ambigüedad calculada.

Sin embargo, Rubalcaba también tiene perdida esa batalla. En política cuentan más las percepciones que los conceptos y por mucho que los mensajes del aspirante socialista sean racionalmente más consistentes que los de su adversario (sobre ese particular caben pocas dudas), la profundidad de la crisis económica y la agónica sensación de que todo lo que ocurre es consecuencia de la gestión del PSOE van a ser determinantes para que los ciudadanos entreguen a Rajoy el cheque en blanco que pide desde hace meses.  La gente ya no está en el terreno de la reflexión, va a votar desde las entrañas, y ahí Rubalcaba sólo es una prolongación de Zapatero.