Cinco motivos por los que nadie debería infravalorar la candidatura de Esperanza Aguirre

1. El PP lleva 28 años ganando elecciones en Madrid.

El mismo tiempo que se ha pasado la izquierda perdiéndolas. La última vez que el PP no fue el partido más votado corría el año 1987: había dos Alemanias, Ronald Reagan gobernaba Estados Unidos y Concha García Campoy presentaba los telediarios. Hay quien pensará que la hegemonía de la derecha en Madrid es un fenómeno coyuntural; yo creo que es una expresión ideológica de fondo, una tendencia singular que no cambia de la noche a la mañana. ¿Significa eso que no es posible un cambio político en la capital? En absoluto. Significa que es muy difícil. Porque para cambiar la tendencia es necesario que se produzca una desmovilización del voto de la derecha y al mismo tiempo una expectativa realista de triunfo de la izquierda (de toda la izquierda, desde la mas desvaída hasta la que nunca ha abandonado la bandera de la transformación social).

2. La actitud de los medios de comunicación, al menos los convencionales, que son los que llegan al grueso de los votantes.

Sólo quienes viven en el micromundo limitado de las redes sociales creen que ahí se ganas las elecciones. Es mentira, se ganan en televisión y en las grandes cabeceras de prensa. Y los grandes medios ha adoptado a Esperanza Aguirre como uno de sus iconos favoritos, porque les encantan los happenings, los modelos de escenificación. Y a ella también: está acostumbrada a marcar la agenda y a que todos bailen siguiendo la música que ella toca. Y los medios lo hacen; unos a propósito, por una apuesta política consciente; otros, por gregarismo, fieles creyentes de la religión del mainstream que les hace sentir huérfanos cuando no repiten lo que identifican como el relato común.

3. En la cartelería electoral no hay nadie mas reconocible.

Y ser reconocido cuenta mucho más de lo que parece. El más vale malo conocido que bueno por conocer es una de las reglas de oro de la política convencional. Los electores anteponen su propia experiencia a las expectativas y eso hace que lo nuevo no sea necesariamente un valor, sobre todo si lo antiguo (Aguirre) es diferente de lo actual (Rajoy). Y ahí la candidata del PP a la Alcaldía de Madrid gana por goleada.

4. Cuando el Gobierno se ahoga en el descrédito, el líder de la oposición sale a flote.

Para un candidato es crucial plantar en el inconsciente colectivo la idea de  ser el líder de la oposición, en este caso el político capaz de cambiar de rumbo un país (no hace falta que sea cierto; basta con que la gente se lo crea). Y ahí Aguirre lo está dando todo, en ocasiones de manera sutil, a veces abiertamente, pero siempre desmarcándose del Gobierno y de su mala imagen. Metiendo el dedo en el ojo a Rajoy, convertido en el villano sin carisma del que huyen los votantes de derechas. Con ella el voto del PP no se quedara en casa, votará masivamente, liberado de la mala conciencia que supondría votar por el PP de Mariano Rajoy, que tanto les ha decepcionado. Que Aguirre es otra cosa es un mensaje ganador, aunque no sea verdad, aunque esté lejos de representar algo diferente, aunque sea la responsable política de la corrupción que se ha apoderado del PP en la Comunidad de Madrid.

5. Es verdad que el populismo vende.

Más aun en tiempos de desesperanza, confusión y una sensación cada vez más extendida de que todos son iguales y nada merece la pena. Ahí Aguirre es la reina de todos los populismos. Forma parte de la misma raza que Rita Barberá en Valencia, o de Francisco Vázquez en sus buenos tiempos: políticos expertos en despertar simpatías entre propios y extraños, cautivadores, encantadores de serpientes, maestros en el arte de la seducción. En este terreno, tampoco sus rivales tienen la menor oportunidad, por más que algunos, como Carmona, se esfuercen en transitar la misma senda.

¿Significa todo esto que Esperanza Aguirre va a ganar las elecciones? No necesariamente. Pero sí que tiene todo a su favor para conseguirlo. En un contexto que muchos consideran contracorriente, ella se deja llevar por el río y se mantiene a flote, dispuesta a sobrevivir al derrumbamiento electoral del PP para heredar el trono de la derecha española.

Quedarse en casa no es inocente

'El cuarto estado' (1891-1901), de Giuseppe Pellizza da Volpedo
‘El cuarto estado’ (1891-1901), de Giuseppe Pellizza da Volpedo

Sí, ya sé que no apetece, que lo que de verdad queremos es programar una excursión de fin de semana y volver sin saber siquiera quién ha ganado las elecciones europeas. Lo escucho cada vez con más frecuencia, a medida que se acerca la fecha de las elecciones: cunden el desánimo y la desafección, especialmente entre quienes más se quejan del callejón sin salida en el que se ha convertido la arquitectura institucional española. ¿Para qué votar el 25M? ¿Qué va a cambiar?

¿Quieres más recortes? 

Si la respuesta es afirmativa, quédate en casa. El PP encabeza las encuestas, pero lo hace por la mínima. Eso significa que puede ganar o perder y que la participación ciudadana será la que decida. Se supone, dicen los expertos, que si la gente acude en masa a las urnas Rajoy lo tendrá más difícil. Y que si los ciudadanos prefieren quedarse en casa (o votar en blanco, que queda mejor pero tiene el mismo efecto), el PP tiene muchas más posibilidades de salir victorioso. 

Pero si los electores castigan a Rajoy, el Gobierno va tener que pensarse, y mucho, hasta dónde lleva la segunda fase del programa de recortes que tiene todavía pendiente. 

Claro que si gana (y ahora mismo van ganando en todas las encuestas, conviene recordarlo) nada podrá impedir que completen hasta el final el desmantelamiento del Estado de bienestar.

¿Te gustaría que el PSOE cambiase? 

Si eres de los que creen que hace falta un partido fuerte de izquierdas y que el PSOE, dos años después de la derrota de 2011, no sólo sigue sin entender lo que le ha pasado sino que continúa instalado en el simbolismo progresista, ahora mismo tienes una gran oportunidad de decírselo. Si el PSOE consigue batir al PP aunque sea por la mínima (sí, ya sé que es poco probable pero puede ocurrir), Rubalcaba y los suyos verán reafirmada la estrategia en la que viven desde hace dos años y medio: cambiar un par de cosas para que todo siga igual. Y esperar a que el péndulo de la política, en el que siguen creyendo a pies juntillas, les ayude a perpetuar el turnismo bipartidista.

¿Y si pierde? ¿Qué pasa si el PSOE pierde? Bueno, no sabemos si aprenderá la lección y será capaz de encontrar el camino de la defensa de los valores de donde procede. Pero al menos habrán dejado a un lado el pasado felipista y, si son listos, lo peor del zapaterismo. Y habrá esperanza. Tal vez no para dentro de dos años, pero sí para dentro de seis, que es mucho más de lo que tenemos ahora.

¿Simpatizas con la Europa de la troika?

No, no te gusta. No lo creo (a mí tampoco). Si te gustara no habrías llegado hasta este párrafo y votarías sin dudarlo a PP y PSOE, las dos caras del sistema que nos ha conducido al desempleo, el rescate de la banca y la patrimonialización de la política.

Pero no basta con que no te gusten la Europa de Merkel, los piratas financieros y la dictadura de los mercados. Tienes (tenemos) que hacérselo saber. A todo el mundo, pero especialmente a las instituciones europeas. Puede hacerse el 25M y depende sólo de que los ciudadanos que durante los últimos años se ha movilizado en defensa de sus libertades y de sus derechos transformen la ira expresada en tantas manifestaciones en una papeleta cargada de significado.

Es verdad, reconozcámoslo, que Izquierda Unida tiene muchos defectos. Pero quizá de los tres grandes partidos sea el menos sospechoso de connivencia con quienes nos han llevado a la ruina económica y al derrumbamiento del sistema de derechos sociales. Es por eso que si el 25M IU logra un buen resultado enviará un mensaje nítido a la troika: eso es, por cierto, lo que van a hacer los griegos, hartos de tanta infamia y de tanta injusticia.

Adivinen, por el contrario, qué mensaje estaremos enviando a los mercados si IU se queda a las puertas de un gran resultado y el bipartisimo sigue reinando sin apenas daños. Casi se pueden oír las risas de los banqueros…

¿Hay vida más allá de la política tradicional?

La respuesta a esa pregunta también está en nuestras manos.

Por la derecha todo es, como siempre, más sencillo. La elección se reduce a UPyD, con ventaja parcial en eso de pescar en el río revuelto de la crisis del bipartidismo; Ciudadanos, una fómula de éxito en Cataluña que, sin embargo, está por ver si obtiene el eco que busca en el resto del Estado; y Vox, ese peculiar ensayo de resurreción de la extrema derecha cuya mera existencia no es sino un indicio más de la decandencia de nuestros sistema político.

Vox es también un buen ejemplo de ese clásico de las europeas: la multiplicación de candidaturas oportunistas que desaparecen de inmediato si fracasan en el intento de hacerse con un escaño en Estrasburgo o que lo hacen años más tarde incapaces de construir a su alrededor una estructura política duradera.

Esta vez, como siempre que los votantes tradicionales de los partidos mayoritarios planean quedarse en casa, hay varias de estas listas con posibilidades de asomar la cabeza en el recuento final. También por la izquierda. Se puede votar a Compromís-Equo, Recortes Cero o Podemos (para saber dónde situar al Partido X primero habría que despejar la incógnita).

¿Representan mejor a la izquierda que IU? ¿Serán más capaces a la hora de defender a los trabajadores, los derechos civiles y los servicios públicos? Aquí también está en nuestras manos responder sí o no.

Recuerda que no votar es tan lícito como hacerlo, pero no es inocente. Como tampoco lo es elegir una papeleta u otra, porque en esa elección nos jugamos impulsar los recortes o ponerles freno, renovar la izquierda o contribuir a petrificarla, hacer frente a la troika o aceptar sus designios,  cambiar de raíz el mapa político para forzar una refundación del sistema o perpetuar el bipartidismo.

Puede que para algunos no sea gran cosa, pero a mí me parece mucho.

 

 

Pactar por pactar

“Puro teatro; falsedad bien ensayado, estudiado simulacro”. La canción de La Lupe parece escrita para describir la proposición no de ley que PP y PSOE presentarán este jueves en el Congreso y que ambas partes han dado en llamar con pompa indisimulada un “pacto por Europa”. No es sólo por el formato elegido (las proposiciones no de ley son bonitos brindis al sol sin consecuencia política alguna) ni la primera parte del contenido (una vaga lista de demandas que Mariano Rajoy ya tenía previsto defender en la UE y que, en su mayor parte, la Unión ya tiene previsto aprobar). Lo más chusco del acuerdo es que en él PP y PSOE piden nada menos que “asegurar un alto nivel de protección social, proteger los derechos laborales y fomentar los servicios públicos como la educación y la sanidad”. Si esta demanda no es una burla a los ciudadanos, no sé qué lo será.

Las razones por las que PSOE y PP se entregan a esta ceremonia son previsibles: creen que a falta de contenido el pacto es, en sí mismo, una solución. No para la sociedad, por supuesto, pero sí para ellos. Calculan, espoleados por los medios de comunicación que forman parte del establishment,  que pactar es la única manera de salir del agujero de descrédito en el que ellos mismos se han precipitado. Pactar por pactar, con independencia del contenido, porque lo importante, creen, es que los ciudadanos piquen el anzuelo de que los dos grandes partidos están haciendo algo para resolver los problemas.

Puede que lo consigan. Aunque tengo la impresión, entre inquietante y esperanzadora, de que los ciudadanos ya están mirando en otra dirección.

Hay una manera de poner fin a todo esto

Cuando estalló la crisis nos vendieron un escenario inevitable: todo lo que está pasando, así como lo que hay que hacer para solucionarlo, se rige por leyes que escapan a nuestro control. El sistema ha colapsado y, nos han hecho creer, la única manera de arreglarlo es reducir el peso de lo público (no me gusta el término austeridad; oculta las verdaderas intenciones de los partidarios de la docrina del shock).

Los ciudadanos no somos inocentes; compramos ese discurso. Con resignación, pero lo compramos. Nos creímos culpables de lo que estaba pasando: que no se puede gastar lo que no se tiene, que vivimos por encima de nuestras posibilidades. Apretamos los dientes y aceptamos las explicaciones de nuestros gobernantes porque nos resultaba más fácil mirar para otro lado que enfrentar la realidad. Somos buenos haciendo eso: ya ocurrió cuando las cosas iban bien y nos negamos a ver nubarrones tan evidentes como la burbuja inmobiliaria. ¡Qué demonios!, a nadie le gusta ser un aguafiestas…

Es verdad que, desde que todo empezó, nos hemos movilizado con una intensidad nunca vista desde la transición. Salimos a la calle a protestar por el recorte de los sueldos públicos, por la banalización del despido, por la destrucción de la sanidad y de la educación (los dos pilares de la igualdad, el tejido estructural de la democracia). Pronto saldremos a defender las pensiones y lo haremos con energía aunque, seguramente, cansados ya de tanta manifestación aparentemente inútil, lo hagamos ya sin esperanza.

La protesta no ha dado pie a la violencia. Es un milagro para el que casi nadie tiene explicación. Y una ventaja, sin duda, porque a la vista de nuestra historia no parece un camino muy prometedor, especialmente si existen alternativas.

Si nada de eso funciona, ¿qué nos queda entonces?

Hay una manera de poner fin a todo esto. Una bomba atomica en poder de la gente, tal y como acertadamente la definió en el último programa de Salvados el exministro José María Maravall: el voto de los ciudadanos. Un arma definitiva para enfrentar a los políticos corruptos y a los banqueros incívicos. Una forma de ponerles fuera del sistema y hacerles ver que no son nadie sin la sociedad, que la refundación del sistema, la transformación de la democracia representativa en una democracia participativa, es tan inevitable como imprescindible.

Tenemos el arma, los votos, y se avecina además la ocasión perfecta. Dentro de un año los ciudadanos de España (y los del conjunto de la Unión Europea) podrán decir alto y claro si quieren seguir como hasta ahora, jugando con una baraja marcada, o si, por el contrario, es hora de cambiar las reglas del juego.

Hay que aprovechar esta oportunidad porque, como recordaba Ignacio Sánchez-Cuenca en un celebrado artículo publicado por infoLibre. “No deja de ser curioso que la gente dirija sus quejas a los partidos y a las instituciones españolas, cuando buena parte del problema reside más arriba, en las reglas de funcionamiento del euro y en las políticas que marcan los países del norte”. Dentro de un año toca precisamente votar en el ámbito donde está el origen de buena pare de la crisis que estamos sufriendo.

Esta vez, además, no valen excusas: la circunscripción única, en el caso de España, garantiza una representatividad política muy superior a la de unas elecciones legislativas, en las que el voto de las minorías se diluye en 52 provincias y favorece a los partidos mayoritarios. Esta vez también habrá Ley d’Hondt, es verdad, pero sus consecuencias sobre las minorías serán mucho más matizadas.

Tampoco debería funcionar la coartada del voto pendular al que durante treinta años se han acogida PP y PSOE, porque ambos partidos han demostrado ser parte del problema. Aplican las mismas soluciones, así que no cabe esperar que ninguno de ellos obtenga el beneficio de la duda. Es verdad que los conservadores interpretan sin prejuicios su papel de brazo armado del sistema y que a los socialistas a veces se les nota la mala conciencia. Pero al final, a la hora de la verdad, las consecuencias de sus acciones son tremendamente parecidas.

Por eso no extraña en absoluto que en la sociedad haya empezado a echar raíces un anhelo de transformación.  Como afirmaba José Juan Toharia hace pocos días en en el blog que Metroscopia tiene en El País, “una amplia mayoría (70%) anhela la aparición de nuevos partidos o formaciones políticas, perdida ya —al parecer— la esperanza de que los actuales logren regenerarse y funcionar de forma distinta a como lo están haciendo. Por otro lado, también siete de cada diez españoles (…) creen que lo mejor que los distintos movimientos ciudadanos (como 15-M, PAH, y las mareas ciudadanas) pueden ahora hacer es constituirse en formaciones políticas y disputar los votos a los actuales partidos”.

Los movimientos sociales, así como las formaciones políticas no contaminadas por el acartonamiento del sistema (entre las que destaca muy especialmente Izquierda Unida), tienen un año para fraguar alternativas capaces de poner patas arriba el sistema. Hace falta que alguien abra las ventanas del edificio común porque el aire es irrespirable. Es una tarea histórica.

El bipartidismo tiene que entender que no va a salir de esta sin cambiar el sistema político. Y si no lo entiende por si mismo, hay que hacérselo entender en las proximas elecciones europeas. Sólo si PP y PSOE reciben un mensaje definitivo por parte de los ciudadanos entenderán que el modelo político del que han vivido durante 30 años ya no sirve. Y que es imprescindible llevar a cabo una verdadera transición democrática basada en la transparencia, el control público, la división de poderes, la participación ciudadana, el fin de los privilegios, la separación iglesia-Estado…

Las encuestas (la de El País de este domingo, sin ir más lejos) demuestran que para un 52% de los ciudadanos las próximas elecciones europeas son “muy o bastante importantes”.

Salir a la calle está bien y es importante seguir haciéndolo, mostrarle al Gobierno (y a las instituciones en general) que la sociedad no se resigna. Pero después hay que votar porque esa es la única manera definitiva de echarlos del sistema. Tan sólo haced un ejercicio de imaginación, da igual lo inverosímil que os parezca: imaginad un país en el que las decisiones políticas y sociales no dependan ni del PP ni del PSOE, al menos no en exclusiva. Ahora abrid los ojos.

Tenemos los medios y tenemos la oportunidad. Aprovechémoslos. Es la hora de sentar las bases de un país nuevo.

El triunfo del 15M

Hoy habrá quien diga que el 15M ha perdido la batalla. Que se ha desinflado. Que no le quedan fuerzas para seguir movilizándose. Que sus seguidores se han agotado para nada, porque la situación de España en estos momentos es mucho peor que hace dos años, cuando la gente tomó las calles y exigió un cambio.

Será, como poco, una conclusión apresurada. Primero, porque sólo se puede llegar a ella si se piensa que el potencial de transformación social de los indignados estaba en la ocupación del espacio público y no en un profundo cambio en la mentalidad de los ciudadanos. A algunos parece que les gustaría que el 15M siguiese acampado en Sol. Y que el movimiento hubiese desembocado en una utópica versión de la Christiania danesa muy del gusto de turistas bienintencionados. Si así fuese, para ellos sería todo mucho más fácil, acostumbrados como están a pensar que la democracia representativa es la única posible.

Pero están en un error. El éxito de 15M nunca ha dependido de su capacidad de ocupar calles y plazas sino de la consolidación del cambio que desde hace dos años se está produciendo en la forma de pensar del conjunto de la sociedad española. Sin el 15M no es posible explicar que el sistema político nacido de la transición esté boqueando, incapaz de resolver desde los problemas sociales a la asfixiante corrupción.

¿Quieren saber dónde está el éxito del 15M? Pueden verlo en las encuestas de intención de voto que este domingo han publicado El País y El Mundo. La muerte del bipartidismo es una victoria de los indignados. Su discurso ha sido asumido por el conjunto de los ciudadanos, cada vez menos dispuestos a volver a confiar en PP y PSOE. Se puede ver en el ascenso de la izquierda, representada por IU, en la aceptación creciente (y a mi modo de ver peligroso) del discurso neocentralista de UPyD y en el auge de formaciones alternativas como Equo.

Los partidos tradicionales despreciaron al 15M porque no se tradujo de forma automática al sistema electoral, no tuvo consecuencias directas en los resultados de las elecciones locales ni en las generales de 2011. Veremos si siguen pensando lo mismo cuando los pronósticos de las encuestas dejen de ser hipótesis sociológicas y se traduzcan en un inmenso voto de castigo contra el PP y el PSOE en las elecciones europeas del próximo año. Tal vez entonces, cuando se vean superados por los acontecimientos, terminen por entender qué significaba el grito de “No nos representan”.

La indignidad de Feijóo

Por si las fotos de Alberto Núñez Feijóo publicadas por El País con el contrabandista y narcotraficante Marcial Dorado no fuesen suficientemente graves, el presidente de la Xunta parece empeñado en empeorar la situación con explicaciones que ofenden el sentido común.

Primero insinúa que fue un pecadillo de juventud, porque en aquel entonces apenas tenía… 34 años. Sí, han leído bien, 34 añazos y una carrera política de altura de la mano de José Manuel Romay Beccaría. Su mal sentido para las amistades no le impedía, al parecer, ocupar el número dos de la Consellería de Sanidade de la Xunta ni hacerse cargo del desaparecido Insalud cuando José María Aznar ganó sus primeras elecciones.

Después, asegura que Dorado no había sido condenado todavía por narcotráfico. Que hubiera sido detenido en dos ocasiones por contrabando de tabaco, la segunda de ellas en el marco de la sonada Operación Nécora, debió parecerle un detalle menor. Como si en Galicia no hubiese muerto definitivamente la comprensión de los años ochenta con los importadores del Winston de batea. Además, alega, pese a que los periódicos se ocupaban con frecuencia de los turbios negocios de Dorado, a él le habían dicho que “ya no se dedicaba al contrabando”.

Si fuese verdad, no se lo pierdan, Feijóo sería la única persona de Galicia que no sabía de los negocios ilegales del contrabandista. O miente o no dice la verdad. Como le ocurría a Mato con el Jaguar de su marido, al hoy presidente de la Xunta no se le ocurrió  preguntarse, siquiera para sus adentros, de dónde salían los yates, las mansiones y los viajes. Cuánta ingenuidad.

Pensarán quienes acaben de caerse de un guindo que Feijóo es un tipo de buen talante, incapaz de pensar mal de los demás. Que sinceramente creía que se trataba de un probo empresario injustamente tratado por la prensa y por ese juez con nombre de rey mago que ya sabemos todos cómo ha acabado. Pues quienes acepten ese discurso, que sepan que el mismo Feijóo al que ahora todo esto le parece normal, pidió la dimisión de Anxo Quintana en la campaña que le dio la Presidencia de la Xunta en 2009 por unas fotos en las que el líder nacionalista salia en la cubierta del yate de un conocido empresario de la construcción.

Quien no tuvo piedad, ni pudor, ni escrúpulos para pedir la cabeza de Quintana quiere ahora comprensión para él. Pues no la va a tener. Conservará la Presidencia, eso seguro, porque no piensa dimitir. Pero ya ha perdido la dignidad.   

A sorte non está botada

A sorte das eleccións xerais non está botada, como o PP tratou de facer ver hai un mes na súa convención de Sevilla. Nin moito menos. PSOE e PP demostraron no pasado que, aínda que non resulta doado, é posible dar a volta a enquisas tan tallantes como as que, a día de hoxe, revelan a aparentemente insalvable vantaxe da dereita, especialmente cando aínda falta máis dun ano para a celebración dos comicios.
De que depende? Non dende logo, do resultado das eleccións autonómicas e municipais de maio, como interesadamente trata de facer ver Mariano Rajoy (unha ollada ao histórico das eleccións en España é suficiente para desterrar esta idea, aínda que inevitablemente volveremos ver como a repiten políticos e xornalistas ao día seguinte do 22-M). Si, sobre todo, da evolución da situación económica, aínda que non só. Será clave coñecer como o PSOE xestiona a incerteza sobre o seu candidato á Presidencia e tamén omo se resolve o calendario xudicial do Partido Popular (especialmente na Comunidade Valenciana). A clave final: a (des)movilización da esquerda desencantada co PSOE cando visualice que Rajoy está a punto de volver ao Goberno e con el a dereita máis endurecida de Europa..

¿Expertos?

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Socialistas y nacionalistas acaban de pactar (en secreto, sin que se sepa por qué y con esa actitud vergonzosa que los mortales adoptan cuando se saben culpables de actos impuros) el desbloqueo de la reforma de la ley que regula la radio y la televisión pública de Galicia. Al menos eso dicen sus dirigentes, porque está por ver su voluntad real de pasar de las palabras a los hechos. Lo han hecho, eso sí, anunciando la creación de una comisión de expertos (un amigo mío se echa a temblar cada vez que escucha a un político recurrir a un experto) que no hace sino aumentar las dudas acerca de la verdadera intención de la Xunta. Estas son mis razones para no creer en la sincera voluntad de cambio de nuestro Gobierno.

1) Tres años perdidos. Durante 36 meses, PSdeG y BNG se han limitado a demorar la solución del problema y a gestionar, en su propio beneficio, el modelo del PP. Habrá quien diga que los nacionalistas sí han querido cambiar las cosas, pero no es creíble: sus quejas tienen que ver con el hecho de ser parte perjudicada en el vergonzante reparto que ambas fuerzas políticas hicieron del botín audiovisual. Cuando comenzó todo se repartieron los puestos: las dirección general, la jefatura de informativos de TVG y la dirección de la radio, para el PSOE; la dirección de TVG y la jefatura de informativos de la radio, para el BNG. Hoy es fácil para cualquiera advertirlo en las noticias.

 

2) Nada que inventar. La excusa de que hay que pensar bien los cambios ofende a la inteligencia. Hace muchos años que se sabe cómo solucionar el problema. Es más, lo saben hasta los dirigentes de PSdeG y BNG. Podemos perder el tiempo debatiendo hasta la extenuación si los políticos deben pesar un 49% o un 0% a la hora de decidir lo que la radio y la televisión pública deben o no deben emitir (especialmente en los informativos), pero de lo que no hay duda es de que no debemos permitirles conservar el control. Si lo hacemos, como ellos quieren, sólo estaremos dándoles la razón, admitiendo que la información debe someterse al poder. No pareced un buen mensaje para la salud del sistema democrático.

 

3) Lo que los políticos entienden por expertos. Los políticos entienden por expertos, por regla general, personas que pueden dirigir e una u otra dirección. El que no lo crea que eche un vistazo a la composición del actual consejo de administración de CRTVG en el que, según la ley, sólo deberían sentarse personas de reconocido prestigio (reto a cualquier a citar uno solo que cumpla esta condición).

 

4) La exclusión de los periodistas. A riesgo de equivocarme, me atrevo a adelantar que el comité de expertos no incluirá a los periodistas y, específicamente, a su única expresión legal, el Colexio de Xornalistas de Galicia. No sólo por su independencia, que la tiene, sino porque es sin duda la institución que más tiempo y energía ha dedicado a promover la reforma de los medios de comunicación públicos.

 

¿Todo para qué? Para que el trámite de la ley decaiga con la convocatoria de las elecciones, Y vuelta a empezar…

Hace un mes

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Hoy se cumple un mes desde la celebración de las elecciones generales. Atrás quedan el ruido, las interpretaciones apresuradas, los mensajes interesados, los juicios a partir de las expectativas que siempre tienden a la deformación. Cuatro semanas después ha habido tiempo para ganar cierta perspectiva y poner a cada uno en su sitio. Ya no queda neblina y cada vez hay menos sitio donde esconderse. Veamos dónde están los protagonistas gallegos del 9-M.

Partido Popular. La formación mayoritaria en Galicia celebró la jornada electoral como una victoria, pero la realidad no ha tardado en imponerse. Sólo adoptando la estrategia del avestruz es posible no ver que la nave de los conservadores hace agua y se dirige inexorablemente hacia la pérdida del liderazgo político. Alberto Núñez Feijóo lo sabe, estoy seguro, pero atrapado entre la pared de un grupo parlamentario en el que no se reconoce (fue diseñado para estar en el Gobierno y no para hacer oposición) y la espada de la estrategia de una extrema derecha incompatible con el galleguismo de la herencia fraguiana, al líder del PP gallego le quedaban pocas opciones. Todas eran difíciles. Pero la que él ha elegido es la más improbable: esperar a que las contradicciones entre el PSdeG y el BNG y la desaceleración económica provoquen espontáneamente su caída y fuercen el regreso del PP al Gobierno de la Xunta. Mientras espera, ha perdido los ayuntamientos, la Fegamp y una diputación provincial y se enfrenta a una crisis de liderazgo en el PP español a punto de transformarse en una guerra interna de consecuencias impredecibles. Nada de eso va a ayudar a Feijóo en las elecciones.


Partido dos Socialistas de Galicia. Uno de los rasgos más sorprendentes del PSdeG describe al mismo tiempo su principal debilidad: va camino de convertirse en el partido más votado con la estructura partidaria más raquítica de Galicia. Hay dos factores que pueden explicarlo: la rentabilidad del efecto Zapatero, que funcionó en 2004 y volvió a hacerlo hace un mes, y la capacidad de Emilio Pérez Touriño de sacar partido a su protagonismo al frente de la Xunta. Ambos elementos, y probablemente la orfandad de una amplio sector social ideológicamente indefinido y tradicionalmente identificado con las redes clientelares del poder, ha determinado una interesante novedad: el PSdeG lleva 11 años recuperando apoyo social (tocó fondo en 1997, superado por el BNG y abandonado a su suerte por Francisco Vázquez) pero ahora, por primera vez, no crece a costa del nacionalismo, sino del PP. Ese hecho va a dar alas a los partidarios de desdibujar las políticas de izquierdas, convencidos de que es posible incrementar el respaldo político por la derecha. El congreso de los socialistas gallegos, previsto para después del verano, dará pistas al respecto.

BNG. Los peores augurios no se han cumplido. El nacionalismo recupera posiciones por primera vez en siete años y da la razón a los partidarios de convertir a Anxo Quintana y su política de aggiornamento socialdemócrata en la piedra angular del posbeirismo. El Bloque afronta en muy buenas condiciones el año que falta para las elecciones y está en condiciones de explotar al máximo los dos diputados que tiene en el Congreso (en combinación con un PNV en horas bajas van a permitir a los nacionalistas hacerse valor como nunca en la escena estatal). El veredicto de las urnas desalienta además la disidencia interna y garantiza el apoyo de Francisco Rodríguez, el secretario general de la UPG, que sigue estando en el centro del engranaje político del nacionalismo gallego a pesar de haber abandonado el puesto de portavoz en Madrid.

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Cousas que habería que cambiar

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Ocórrenseme polo menos cinco cousas que habería que cambiar para que o debate entre os líderes políticos galegos que previsiblemente terá lugar na campaña das autonómicas no sexa como o das eleccións xerais que emitiu TVG a semana pasada:

 

  1. Unha organización independente. Sí, xa sei que alguén dirá que CRTVG o foi, pero tamén hai quen sostén o contrario. Polas dúbidas, eupropoño dende xa ó Colexio Profesional de Xornalistas de Galicia, una entidade de dereito público creada co apoio de tódolos partidos e á que todo o mundo (alomenos todo o mundo razoable) recoñece ter mantido posicións críticas coas prácticas da Xunta tanto na época do PP como na do bipartito.
  2. Tres debates en vez de un. O triángulo organizado por TVG distou moito de ser equilátero (ás veces parecía isósceles) e nestas circunstancias o xogo de alianzas adultera a discusión. É, por así decilo, como permitir os pactos no parchís: detúrpase o espíritu do xogo. Eu propoño tres debates a dous: Touriño-Feijóo, Feijóo-Quintana e Quintana-Touriño. Nesta orde ou noutra, eso tanto ten (para eso sí valen os sorteos). Dese xeito os cidadáns terán ocasión de contrastar que separa de verdade a PP e PSOE, pero tamén a PSOE e BNG e a PP e BNG (cuestión fundamental que se nos furtou no debate da galega).
  3. Xornalismo, por favor. Ata o de agora o importante era que debateran, así que ninguén quixo poñer pegas formais. Pero xa temos visto o que pasa cando os políticos son os que fixan as reglas: moito ruido e poucas noces. Por eso fai falla xornalismo, para facer as preguntas que lles interesan ós cidadáns. Se queren conservar un moderador que faga de garda de tráfico, por min ben, pero o que de verdade importa é un panel de xornalistas que fagan preguntas e impidan ós políticos que podan limitarse a ler os textos que levan preparados.
  4. Menos lobos. Os telespectadores dos países nos que o debate políticos é habitual quedarían perplexos vendo cómo tratamos de converter os debates nun espectáculo boxístico para novos ricos. Non viría mal un pouco de sobriedade para centrar a atención no que de verdade importa.
  5. Unha mesa, non un campo de aterraxe de helicópteros. Por que os realizadores se empeñan en situar ós candidatos tan lonxe os uns dos outros? Máis grande non significa sempre nin necesariamente mellor (tampouco en televisión). Aquí tamén deberíamos aprender daqueles países con experiencia e que sentan ós contrincantes tan perto que se poden tocar. Dese xeito e de cando en cando unha soa cámara pode amosar ó que fala e ó que escoita (ás veces ten máis interese ver que fai e como reacciona o que non ten a palabra que fixarse no que está a falar).